Estudian posible desestabilización
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«La popularidad que en su momento tuvo Fernando Henrique Cardoso fue más de tipo racional, por los logros de su plan real en materia de control de la inflación. La de Lula es más bien pasional», dijo a este diario Helena Chagas, jefa de Redacción del diario «O Globo», de Brasilia. Pero admite que la pasión puede ser un vehículo de velocidad supersónica entre el amor y el desprecio. Sin embargo, recuerda que las mismas encuestas que arrojan la mencionada popularidad de 83% señalan que la gente tiene más paciencia de la que se cree y que no espera cambios inmediatos. Fijan, en cambio, un plazo mínimo de entre 10 y 12 meses para ver encauzadas sus aspiraciones. Pero ¿el escenario internacional admite expectativas de drástico mejoramiento económico y social para Brasil, aun en ese lapso?
La proximidad de una nueva guerra en el Golfo Pérsico, concuerda Chagas en sintonía con otros especialistas, podría dar por tierra con la estrategia oficial en materia económica.
La apuesta del ministro de Hacienda, Antonio Palocci, es que la política ortodoxa adoptada permita a mediano plazo la llegada de capitales al país, la reducción de las tasas de interés y el consecuente margen para aplicar políticas más activas.
Tanto es así que Lula anunciará el próximo lunes un fuerte recorte de 15% en el gasto público federal a fin de incrementar el superávit primario (antes del pago de intereses de deuda).
• Peligro
Sin embargo, el haber cruzado los dedos con fuerza puede no surtir el efecto deseado, y una guerra prolongada en Irak podría provocar un retiro de esos capitales de todos los mercados emergentes, disparar el precio del dólar, las tasas de interés internacionales y el petróleo. En ese caso, la expansión económica quedará para tiempos mejores.
Palocci ha dicho que la línea económica ortodoxa es una transición necesaria hacia un nuevo modelo económico futuro. Consultada acerca de la duración de esa política, Chagas contestó con humor: «Creo que esa transición durará 4 años u 8, si Lula es reelecto». No dudó en calificar la situación financiera brasileña de «dramática» y resaltó que el gobierno sigue sin saber de dónde sacará los fondos necesarios para hacer frente a su ambiciosa agenda social.
La realidad le dio la razón: según se reveló ayer, el gobierno pedirá al sector privado que se haga cargo con donaciones del plan «hambre cero» en un millar de municipios.
Chagas no cree que la alianza del gobierno sufra una sangría demasiado grande por izquierda (para ella la salida de legisladores petistas radicales sólo alcanzaría a un muy pequeño puñado de dirigentes). También considera que el gobierno ha avanzado en la conformación de una base parlamentaria que le permita sacar adelante, al menos, la principal reforma, la de la seguridad social.
Con todo, alerta sobre otro peligro: la imposibilidad de Lula de atender a los reclamos de la clase media, sobre todo, en materia de empleo (la desocupación llegó a 19% en San Pablo) y de seguridad en las grandes ciudades.
Pero la reactivación del mercado interno -la necesidad que subyace a los reclamos de la clase media- parece por ahora estar lejos de las expectativas oficiales.




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