Fueron a Colombia a enterarse recién ahora cómo actúan las FARC
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Hugo Chávez se pasó cuatro días mirando el reloj. Con el correr de las horas comenzó la impaciencia, preludio del fracaso final.
Es obvio que la conducta imprudente de Ingrid Betancourt no justifica en modo alguno el calvario de seis años que las FARC les han hecho vivir a ella y a su familia, pero sí debería hacer reflexionar a quienes pretenden ser protagonistas de un drama cuyo entramado desconocen. También debería esclarecer las razones de Uribe para ser tan cauteloso.
Para «explicarles a los comisionados» por qué «estamos llenos de motivos para desconfiar», el presidente colombiano relató otros antecedentes análogos al de Betancourt: el del gobernador del departamento de Meta, Alan Jara, secuestrado mientras participaba de una caravana de Naciones Unidas; el de Gilberto Echeverri, gobernador de Antioquia, y Guillermo Gaviria, ex ministro de Defensa, secuestrados por las FARC durante una caminata por la paz y posteriormente asesinados. Según el relato de sobrevivientes, Echeverri y Gaviria les preguntaron a las FARC: «¿Por qué nos secuestran si somos amigos del diálogo, amigos de ustedes para la paz?». La respuesta, relató Uribe, fue: «Ustedes no son nuestros amigos, ustedes son nuestros enemigos de clase, son nuestros idiotas útiles».
¿Habrán entendido los comisionados el mensaje? Cabe esperar que, lo que no se aprendió antes de viajar, se haya entendido ahora. Cuando empezó a tomar conciencia del atolladero en el cual se había metido, Kirchner se escudó en la palabra «humanitario», pero ésta fue una operación de autopromoción y de desgaste del gobierno y del estado colombianos. Entusiastas adherentes a una iniciativa promovida por el principal aliado que hoy tiene George W. Bush en el mundo -el hiperactivo presidente francés Nicolas Sarkozy- califican a Uribe de aliado incondicional del gobierno norteamericano. Además de apoyar los argumentos de los sectores más belicistas respecto de Irán, Sarkozy acaba de amenazar con romper diplomáticamente con Siria y, de paso, con la tradicional política exterior antiatlantista de su país.
Mientras los comisionados de la «Operación Emmanuel» hacían de actores de reparto en los teatrales ensayos protagonizados por Chávez y filmados por Oliver Stone -el «norteamericano bueno»- al pie de las montañas colombianas, el principal instigador de esta movida prefería el escenario de las pirámides de Egipto para vivir un mediático romance.


