Inédito: diario español habló de los negocios de Juan Carlos I
El diario «El Mundo» de Madrid publicó una nota crítica sobre España contemporánea como modelo de transición de un régimen autoritario a un sistema democrático. Ese tema está hoy en el centro del debate en ese país a raíz de las demandas de regiones como Cataluña de estatutos o Constituciones locales que cuestionan la letra de la Constitución española que sirvió a la salida del franquismo a finales de los años '80. La nota del periodista Jesús Cacho tiene un interés añadido: se atreve a quebrar el tabú de la prensa española y avanza en críticas a la actuación del rey Juan Carlos I en, por ejemplo, promover determinados negocios. No criticar al rey es un axioma periodístico no escrito en España y por eso reproducimos el texto de la nota de «El Mundo» titulada «Los 'paracaidistas azules' y el fracaso de la Transición».
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• Trepadores
Los que están en la cresta de la ola son mis amigos. Unas veces en el barco, otras en la finca, y casi siempre en la Bolsa.
Nace una clase de trepadores e intermediarios que conforma el madrileño, porque en Madrid es donde está y seguirá estando el poder. La fuente de la corrupción ha sido siempre Madrid, no Palencia o Teruel. Y estos señores son los que deciden hacer de la Corte su particular casino. Adolfo Suárez y Felipe González miran hacia otro lado. Do ut des. Consienten a cambio de que consienta.
El resultado es que la centralidad del Estado, esa columna vertebral donde anidan las termitas de la corrupción, no ha sido capaz de emerger como faro para las periferias, de destilar una sola lección ejemplarizante, de enviar una señal de conducta moral, de conjurar un proyecto colectivo de país basado en la creación de riqueza, la investigación, la cultura, el trabajo honesto y bien hecho.
Ahí radica el fracaso del proyecto de España nacido de la llamada transición democrática. Si la columna vertebral no es capaz de expandir un modelo de virtud digno de ser imitado, las extremidades se rebelan y terminan reclamando su derecho a participar en el festín. Las elites políticas regionales, preteridas por Madrid, reclaman su derecho a hacer en sus respectivos territorios lo que el madrileño viene haciendo en Madrid desde 1976.
Para que la rueda siga girando es menester maniatar a las dos instancias que distinguen a una democracia digna de tal nombre: Justicia y medios de comunicación. De la primera, totalmente sometida al poder político, no merece la pena hablar. El gobierno de turno la utiliza para proteger al poderoso o castigar al discrepante. Angel Acebes, siendo ministro de Justicia, invitó a almorzar a su despacho, por orden de Aznar, a la jueza Teresa Palacios para recomendarle que se olvidara de Botín. Y cuando un juez se obstina en instruir un sumario contra el tipo más poderoso del país (Polanco), el juez termina fuera de la carrera (Gómez de Liaño) condenado por prevaricador, suprema ironía de un mundo al revés.
Repasemos la lista de los socios de Polanco en sus distintos negocios: lo más granado del capitalismo patrio. ¿Quién osa desafiar el cañón Bertha del antiguo flecha del Frente de Juventudes? De los grandes asuntos, del big business apenas se habla. Antes por la amenaza de las pistolas de ETA, ahora por la orgía de los nacionalismos, la democracia española sigue en el estado de postración en que la dejaron los paracaidistas azules que la hicieron posible. No hay clase política. A la política, muy mal pagada, se dedican los que no pueden prosperar en la empresa o en las profesiones liberales. El más excelso ejemplo es el del presidente Rodríguez, un tipo que a duras penas podría llegar a jefe de negociado. Cientos de diputados cuyas habilidades nadie conoce vegetan en el Parlamento al socaire de las listas cerradas. A nadie parece importarle la paupérrima calidad de nuestra democracia. A nadie parece interesarle abordar los cambios constitucionales necesarios no para dar más poder a las elites locales, sino para hacer un país más habitable, menos corrupto, más rico, más libre, más abierto, con verdadera separación entre lo público y lo privado, y donde el talento y el esfuerzo personal sean enaltecidos como méritos imprescindibles para el acceso a la riqueza.



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