Inédito: diario español habló de los negocios de Juan Carlos I

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El diario «El Mundo» de Madrid publicó una nota crítica sobre España contemporánea como modelo de transición de un régimen autoritario a un sistema democrático. Ese tema está hoy en el centro del debate en ese país a raíz de las demandas de regiones como Cataluña de estatutos o Constituciones locales que cuestionan la letra de la Constitución española que sirvió a la salida del franquismo a finales de los años '80. La nota del periodista Jesús Cacho tiene un interés añadido: se atreve a quebrar el tabú de la prensa española y avanza en críticas a la actuación del rey Juan Carlos I en, por ejemplo, promover determinados negocios. No criticar al rey es un axioma periodístico no escrito en España y por eso reproducimos el texto de la nota de «El Mundo» titulada «Los 'paracaidistas azules' y el fracaso de la Transición».

El rey Juan Carlos tiene un importantísimo papel que desempeñar en un momento en que nos jugamos la unidad nacional. El problema reside en la oligarquía económico-financiera madrileña. ¿Qué ejemplo ha dado, puede dar, este Madrid convertido en un gran lodazal a unas periferias que han decidido jugar por su cuenta? Las ramas del árbol están podridas porque el tronco se pudrió antes.

Se lo advirtió José María Gil Robles en La Zarzuela, tres meses antes de morirse Franco, cuando el entonces príncipe le consultó, «¿A quién crees tú?», que, muerto el dictador, debería encargarle enterrar la dictadura y alumbrar la democracia. Y Gil Robles respondió que no le podía dar nombres, empeño absurdo, pero debería ser alguien que no hubiera tenido nada que ver con el régimen, alguien con absoluto pedigrí democrático, porque en caso contrario se volvería en su contra andando el tiempo. «Y mucho cuidado con los paracaidistas azules», advirtió.

A punto de cumplirse 30 años de la muerte de Franco, el episodio del Estatuto catalán, como antes el Plan Ibarretxe (para mayor autonomía vasca), no hace sino poner de manifiesto un fiasco colectivo, el fracaso de la transición, de la salida amañada del franquismo. Se mire por donde se mire, la realidad española de hoy es la de un país que no ha conseguido articularse, de vertebrarse en torno a un proyecto sólido y solidario de convivencia, incapaz de compartir idearios y metas comunes, con una periferia que tira del centro por los cuatro costados como un grupo de fieras que luchan por repartirse los despojos de un rumiante en la sabana africana.

En aquel régimen que se caía a pedazos, la autoridad política y moral de la España de fines de 1975 estaba en el príncipe, el hombre que como monarca se erige en 1976 en la gran y quizá

única autoridad, lo que los ingleses llaman el chef maker, el que hace y deshace a partir de la muerte del dictador, convirtiéndose en el repartidor del poder en España. Y ¿qué hizo el rey con los consejos de Gil Robles? Pues despedir a
Arias Navarro en el verano de 1976, y echarse en manos de Adolfo Suárez. Encomendarse a un paracaidista azul, secretario general del movimiento. Es el virus que infecta el infantil cuerpo de aquella democracia con la que no tantos españoles soñaban. Para expiar su pasado, Suárez legaliza de inmediato al PCE y da luz al Estado de las Autonomías. Café para todos. El rey se echa a dormir. O mejor, se dedica a partir de entonces a hacer dinero. No quiere que le pase lo que a su padre.

Se puso en manos de
Manolo Prado y Colón de Carvajal, el valido, el hombre de los dineros privados del monarca. Ya en vida de Franco, cuando la multinacional Ford vino a instalarse en España, el todavía príncipe dirigió una carta a Henry Ford II recomendando a su amigo para dirigir la factoría de Almusafes. El mal ya estaba hecho. Empieza el reparto del pastel. El monarca se rodea a partir de entonces de gente en la cresta de la ola del poder económico y financiero del momento: De la Rosa (Kio) cuando sus petrodólares inundaban Madrid; Conde (Banesto) cuando al frente de Banesto parecía un poder emergente para décadas; Emilio Ybarra (BBV) después; Polanco (Prisa) desde hace años; ahora también Botín (Santander), y siempre personajes que a su condición de millonarios unen su amor por la farándula y el sentido hedonista de la vida, tal que Alberto Alcocer. Siempre al lado de los ricos, de los ricos madrileños, se entiende, que son los que hacen y deshacen (sólo los ricos madrileños pueden hacer los grandes negocios. Botín vende Fenosa a March y da una patada en el culo a los millonarios gallegos, con Amancio Ortega -Zara- al frente, que se creían con derecho a entrar en el coto de caza).

• Trepadores

Los que están en la cresta de la ola son mis amigos. Unas veces en el barco, otras en la finca, y casi siempre en la Bolsa.

Nace una clase de trepadores e intermediarios que conforma el madrileño, porque en Madrid es donde está y seguirá estando el poder. La fuente de la corrupción ha sido siempre Madrid, no Palencia o Teruel. Y estos señores son los que deciden hacer de la Corte su particular casino.
Adolfo Suárez y Felipe González miran hacia otro lado. Do ut des. Consienten a cambio de que consienta.

El resultado es que la centralidad del Estado, esa columna vertebral donde anidan las termitas de la corrupción, no ha sido capaz de emerger como faro para las periferias, de destilar una sola lección ejemplarizante, de enviar una señal de conducta moral, de conjurar un proyecto colectivo de país basado en la creación de riqueza, la investigación, la cultura, el trabajo honesto y bien hecho.

Ahí radica el fracaso del proyecto de España nacido de la llamada transición democrática. Si la columna vertebral no es capaz de expandir un modelo de virtud digno de ser imitado, las extremidades se rebelan y terminan reclamando su derecho a participar en el festín. Las elites políticas regionales, preteridas por Madrid, reclaman su derecho a hacer en sus respectivos territorios lo que el madrileño viene haciendo en Madrid desde 1976.

Para que la rueda siga girando es menester maniatar a las dos instancias que distinguen a una democracia digna de tal nombre: Justicia y medios de comunicación. De la primera, totalmente sometida al poder político, no merece la pena hablar. El gobierno de turno la utiliza para proteger al poderoso o castigar al discrepante. Angel Acebes, siendo ministro de Justicia, invitó a almorzar a su despacho, por orden de Aznar, a la jueza Teresa Palacios para recomendarle que se olvidara de Botín. Y cuando un juez se obstina en instruir un sumario contra el tipo más poderoso del país (Polanco), el juez termina fuera de la carrera (Gómez de Liaño) condenado por prevaricador, suprema ironía de un mundo al revés.

Repasemos la lista de los socios de
Polanco en sus distintos negocios: lo más granado del capitalismo patrio. ¿Quién osa desafiar el cañón Bertha del antiguo flecha del Frente de Juventudes? De los grandes asuntos, del big business apenas se habla. Antes por la amenaza de las pistolas de ETA, ahora por la orgía de los nacionalismos, la democracia española sigue en el estado de postración en que la dejaron los paracaidistas azules que la hicieron posible. No hay clase política. A la política, muy mal pagada, se dedican los que no pueden prosperar en la empresa o en las profesiones liberales. El más excelso ejemplo es el del presidente Rodríguez, un tipo que a duras penas podría llegar a jefe de negociado. Cientos de diputados cuyas habilidades nadie conoce vegetan en el Parlamento al socaire de las listas cerradas. A nadie parece importarle la paupérrima calidad de nuestra democracia. A nadie parece interesarle abordar los cambios constitucionales necesarios no para dar más poder a las elites locales, sino para hacer un país más habitable, menos corrupto, más rico, más libre, más abierto, con verdadera separación entre lo público y lo privado, y donde el talento y el esfuerzo personal sean enaltecidos como méritos imprescindibles para el acceso a la riqueza.

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