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Algunos voluntarios se ponían a la puerta de los colegios y realizaban «pruebas de alfabetización» a los negros e hispanos que fueran lo bastante irresponsables como para pretender votar, con preguntas entre las que estaban «cuán alto debe ser alguien para que se pueda decir que es alto» o «cuántas burbujas suelta un jabón sumergido en un barril de agua».
Evidentemente, la incapacidad para contestar a esas cuestiones revelaba la incapacidad del ciudadano para votar.
Hoy ya no se hacen esas preguntas. Pero los estadounidenses no votan.
Y eso es particularmente claro entre, por ejemplo, los jóvenes.
En las legislativas de 2002, sólo votó 20% de ese grupo de población.
Hans Riemer, director político de Rock the Vote, una organización de izquierda nacida en 1990 para incentivar el voto joven, cree que los problemas de voto de los jóvenes son los mismos que los del conjunto de la población, y que se derivan de las dificultades para registrarse en los colegios electorales, sobre todo entre un grupo que frecuentemente está estudiando en universidades situadas en localidades en las que no tienen su residencia.
«Las fechas para registrarse han pasado para millones de jóvenes sin que éstos se dieran cuenta», explica.
Esos problemas afectan a grupos que suelen escorarse hacia los demócratas, como los jóvenes y los trabajadores no calificados, que tienen que desplazarse para trabajar -y EE.UU. es un país de distancias inmensas- y, por tanto, no votan en los distritos en los que viven. Lo mismo pasa con las minorías.




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