A cierto modo la invocación iba dirigida a San Hilario, patrono de Parma, capital agroalimentaria de Italia escandalizada por la caída de uno de sus hijos predilectos, Calisto Tanzi, fundador de Parmalat, el gigante lácteo venido a menos, que arrastra un agujero contable de al menos 10.000 millones de euros. El 13 de enero, festividad del patrono, el alcalde, Elvio Ubaldi, anunció en un discurso «el nuevo renacimiento de Parma», llamando a «abrir justo en este momento una nueva fase de la historia de nuestra ciudad». Con toda probabilidad, su auditorio compartía la misma mezcla de estupor y rabia provocados por el crack de Parmalat, fechado oficialmente el 19 de diciembre, y similar alivio al constatar que, apenas seis días antes, la ciudad del queso y del «prosciutto» (jamón) había logrado hacerse con la Agencia de Seguridad Alimentaria de la Unión Europea.
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«Hay mucha gente que dice que la culpa no es sólo de los Tanzi y compañía, es también de todos esos abogados y asesores, y de los bancos, que bajaron el nivel de control», resume Andrea Lorenzani, viajante de la empresa de golosinas Perfetti van Melle y residente en Collecchio, localidad cercana a Parma que alberga la sede de Parmalat. La ira de Parma y provincia se percibe en los corrillos de señores que comentan la crisis en la plaza Garibaldi, corazón de esta silenciosa ciudad del Norte, repleta de bicicletas, donde hasta la escultura del héroe de la unificación italiana mira ceñuda desde su pedestal, como atónita ante los acontecimientos. Se afianza la idea de que lo ocurrido se debe a la conspiración de silencio ante el contradictorio comportamiento de Parmalat.
Parmalat, pese a que sus balances aparentaban liquidez, no paraba de endeudarse emitiendo obligaciones para recabar dineros con los que sufragar ni se sabe qué. Oficialmente, para financiar la expansión en EE.UU. y Latinoamérica, o para el lanzamiento de galletas, jugos y salsas, o para el descabellado proyecto del agua mineral. En la realidad, se trataba de creativas operaciones financieras en paraísos fiscales como las islas Caimán, agravado por repetidas «distracciones» de fondos hacia otras empresas de la familia Tanzi.
• Orgullosos de la empresa
«Todos se preguntan cómo ha podido suceder algo así, porque el señor Tanzi era una bellísima persona a la que todos conocíamos, porque él es de aquí y muchos le han visto prosperar desde el pequeño negocio que heredó de su padre», dice Luana Oppici, dueña del bar de la estación de Collecchio, que estos días ha oído todo tipo de improperios de sus indignados parroquianos. Su cuñado trabaja en la fábrica, como 1.100 ciudadanos más de esta localidad de 12.000 habitantes, a sólo diez minutosde tren de Parma, que hasta ahora se sentíaorgullosa de acoger al gigante lechero. «El señor Tanzi era para nosotros un benefactor, era siempre generoso con las obras sociales, recuerda desde la barra Oppici, que sigue preparando los «capuccinos» a sus clientes con leche Parmalat, «porque es muy buena». Cada viernes frente a la fábrica hacían cola Cáritas y asociaciones de voluntarios para proveerse de leche, yogures y jugos, a veces a punto de caducar, cierto, pero gratis.
Tanzi competía en beneficencia y patrocinio con los Barilla, creadores de la famosa marca de pasta y también benefactores públicos, que acaban de levantar el Barilla Center, un complejo de multicines, restaurantes y tiendas para el esparcimiento de los 170.000 habitantes de Parma. Al final, eso ha sido lo peor de las fechorías financieras de Calisto Tanzi y su ex director financiero, Fausto Tonna, detenidos desde diciembre: sus vecinos consideran traicionada la confianza depositada en quienes eran líderes económicos y sociales de la comunidad.
Las malas lenguas dicen que este queso delicioso, que rallado ilumina cualquier plato de pasta, y un estratégico silencio del primer ministro, Silvio Berlusconi, sobre la inminente crisis de Parmalat explican la concesión a Parma de la codiciada Agencia Alimentaria durante la última cumbre de la UE de la presidencia rotatoria italiana. La agencia se instalará a mediados de este año en el palacio ducal, donde vivió María Luisa de Austria, breve esposa de Napoleón, en tiempos saboreados con nostalgia. Entre la burguesía pudiente aún es de buen tono referirse a Parma, en francés, como «la petite capitale», y la ciudad respira un cierto ambiente pregaribaldino, de elegancia dieciochesca, con ricos señores y señoras paseando por las calles empedradas con abrigos y gorros forrados de piel.
La Agencia Alimentaria llevará 200 técnicos a su nuevo cuartel general en Parma, además de una escuela internacional para sus hijos y de vuelos directos a Bruselas y Londres desde el aeropuerto Giuseppe Verdi, nacido en la provincia. La agencia, el queso y el «prosciutto» aguardan ese cambio de mentalidad de la clase dirigente suplicado por el alcalde en la festividad del patrón de Parma, San Hilario.
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