Madrid - En el colegio andan todo el día alertas para que los 11 huérfanos sean un poco menos huérfanos. Y lo van consiguiendo. Pero, de vez en cuando, uno de los mayores, de los que no han cumplido aún 12 años, se mete en el despacho de la psicóloga y le hace una pregunta: «¿Y yo no podría volver atrás?». Son cosas que pasan sólo en un colegio del mundo.
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Estamos en el colegio público Ciudad de Valencia, el centro escolar más golpeado por los atentados del 11-M por las bombas que mataron a ocho padres y a tres abuelos de alumnos. Seis niños perdieron a sus madres; dos hermanos, a su padre y a su madre; y tres niños, a sus abuelos, que vivían con ellos hasta aquella mañana.
En este involuntario grupito de huérfanos, hay niños desde los 3 hasta los 12 años, un arco de tiempo suficientemente amplio como para no poder hablar de reacciones comunes. «Los más pequeños casi ni se enteran. Pero los de 9, 10, 11 y 12 años sí comprenden lo que pasó. Hablan de ello con los profesores y con la orientadora. Y, ¿sabe una cosa?, han asumido el hecho con más fortaleza que los adultos. Aunque no se olvidan.» Habla Modesto Pardo, director del Ciudad de Valencia y único interlocutor público de la nueva vida de estos niños.
El consejo escolar del centro decidió hace un mes que, cuando se acercaran los periodistas a preguntar por el año que ha pasado, sólo contestara el jefe. «No participaremos en ningún acto público, ni siquiera haremos un minuto de silencio. Quien lo desee irá al funeral que organiza la parroquia por la tarde o guardará un minuto en un despacho.
El consejo escolar creyó que los niños deben seguir centrados en clase y que todo eso podría hacerles revivir la tragedia.» Cuando las mochilas de dinamita dejaron aquí 11 niños distintos, los profesores del colegio se plantearon qué hacer con tantas aulas doloridas.
La estrategia fue «volver cuanto antes a la normalidad». Si el atentado fue un jueves, los niños regresaron a clase el lunes siguiente. Y, a partir de ahí, a juntar la m con la a, a memorizar la tabla del seis, a aprender las capitales del mundo y a hablar de la muerte si hace falta.
«La clave es estar abiertos a lo que quieran. Si quieren tratar el tema, se trata, jamás se les oculta. Se ha hablado del 11-M en clase, pero hemos intentado ir normalizando la convivencia, de tratar a las víctimas y a los demás niños igualitariamente para que los huérfanos no se sintieran protagonistas de algo tan desgraciado», dice Pardo.
Normal es la palabra del año en el Ciudad de Valencia. No la rompen ni los carteles contra el terrorismo colgados en recepción ni el folio con los números de la cuenta corriente abierta por la asociación de padres para ayudar a los alumnos, ni los fotógrafos que circulan por el colegio, ni los trenes de la estación de Santa Eugenia que se ven en cuanto te asomas al patio...
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