19 de enero 2021 - 00:00

Manaos no supera la falta de oxígeno y pone más la lupa en Bolsonaro

Manaos - Habitantes de Manaos peregrinan en busca de oxígeno para improvisar unidades de terapia intensiva en sus casas, donde creen que sus seres queridos tienen más chances de sobrevivir que en los hospitales de la capital de la Amazonia brasileña, desbordados por la segunda ola de covid-19.

“Todos aquí tienen un familiar tratándose en casa. Prefieren eso a dejarlos morir en los hospitales”, dice Fernando Marcelino mientras señala a decenas de personas que, como él, esperan bajo un calor de 30º y desde hace más de doce horas una carga de oxígeno en un punto de venta de ese nuevo mercado.

Muchos pacientes hospitalizados, no solo por el nuevo coronavirus, murieron en las últimas semanas por la escasez de oxígeno, sumiendo en la pesadilla a una de las ciudades que había sido una de las más golpeadas por la primera ola de la pandemia, que ya dejó 210.000 muertos en Brasil.

Amazonas, estado en el que recientemente se ha encontrado una nueva cepa que se sospecha es más contagiosa, es proporcionalmente el segundo de los 27 estados brasileños más afectado, con 149 muertos por 100.000 habitantes. En su capital, Manaos (2,2 millones de habitantes), la tasa de óbitos aumentó en los últimos días de 142 a 187 por cada 100.000 habitantes.

El Gobierno de Jair Bolsonaro, acusado de pasividad ante la catástrofe, aceleró el fin de semana los envíos de oxígeno a esta ciudad conectada con el resto de Brasil principalmente por vía aérea o fluvial. Y ayuda a evacuar pacientes hacia otros estados.

“El oxígeno está llegando, pero no sabemos cuánto va a durar”, explica Marcelino, protegido con doble máscara, guantes y lentes.

Este pastor evangélico supo a través de conocidos que una empresa en la zona industrial vendía oxígeno a quien tuviese cilindros para llenarlos por entre 300 y 600 reales (57 a 114 dólares), según el tamaño. Decenas de autos se alinean en la estrecha calle que corta el verde a las afueras de la ciudad.

Una persona muestra videos filmados en un hospital público, donde tiene internado a un familiar. “Esto es inhumano”, dice, señalando la pantalla del teléfono donde se ven pacientes en camas alineadas en los pasillos.

“El sábado fue nuestro peor momento, porque el oxígeno se estaba acabando”, cuenta Roberto Freitas, un administrador de obras de 32 años, que durante dos días buscó desesperadamente una recarga para el padre de su cuñada.

Un empleado de Alcaldía “me dijo que el oxígeno no llegaría y que podía contratar un camión frigorífico (para el cuerpo). No sabés qué pensar, solo lo peor, es solo llorar”, afirma. Sin embargo, tras conseguir una pequeña recarga, se enteró por vecinos de que una empresa suministraba oxígeno y se colocó en la cola de madrugada.

Freitas también teme por su padre, que muestra síntomas de la enfermedad, pero a quien no quiere internar porque “no hay hospital con estructura”, apunta.

En Manaos, hasta el personal de los hospitales teme ser tratado en el lugar. Luciana, una enfermera de 26 años que esperó por un cilindro de oxígeno durante todo el día, no ve la hora de sacar a una colega del principal centro especializado en covid-19. Ella se acerca a la barrera de metal donde todos se agolpan. La policía custodia el lugar. Cuando los primeros en la fila cargan al hombro sus cilindros, ya es de noche en Manaos.

Los demás siguen aguardando, inmóviles. Fábio Costa, que llegó al mediodía, sabe que demorará en irse, pero no teme ser multado por incumplir el toque de queda decretado a partir de las 19. “Lo que me asusta es no llevar ese oxígeno hoy”, afirma.

Agencia AFP

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