Bagdad - En el aeropuerto internacional de Bagdad,con sus salas de espera bien acondicionadas pero con sus pistas vacías, en las que sólo aterrizan pequeños aparatos de las líneas aéreas jordanas con arriesgados pilotos y tripulantes sudafricanos, expertos en vuelos peligrosos, y alguna que otra compañía chárter de aviación, los gurkas nepalíes están encargados de su seguridad.
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Estos hombres que continúan una arraigada tradición militar vuelcan todos sus sentidos en su misión. A su lado los policías locales parecen desprovistos de aire marcial. Los iraquíes cobran un salario de unos doscientos dólares mensuales cuando los agentes y mercenarios extranjeros pueden percibir hasta diez mil dólares.
Las atrocidades de cada día, la acción de la guerrilla, los bombardeos y redadas de las tropas estadounidenses, el ambiente de anarquía, el miedo a los secuestros ocultan otro aspecto poco difundido de la vida en Bagdad.
Después de la ocupación estadounidense, los sueldos de los funcionarios y empleados -de aquellos que no fueron licenciados de un plumazo por Paul Bremer-han aumentado varias veces, pasando de 12.000 dinares a 600.000, es decir, de 20 a 500 dólares mensuales. «Durante el régimen derrocado -comentaba un profesor universitario- necesitábamos 20 años para comprar un automóvil, que ahora pagamos con tres meses de trabajo.» Pero pese a esta mejoría para algún sector de la sociedad, la pauperización y la falta de trabajo han aumentado aceleradamente y, a la hora de la verdad, la escalofriante ausencia de seguridad redujo el alivio económico.
Este cronista visitó la Universidad de Bagdad, donde estudian cerca de cincuenta mil alumnos, la última hora del último día del curso, cuando estaban dando las notas. Las aspas de los ventiladores colgados del techo de la cafetería estaban inmóviles por falta de corriente. Ahmad, Hussein, Abbas se habían graduado en lenguas semíticas y bebían latas de jugos sentados alrededor de la mesa. No expresaban ninguna satisfacción por el título conseguido. «No tenemos oportunidad de trabajar si no queremos enrolarnos en el ejército, la policía o los otros cuerpos de las fuerzas de seguridad. Nos gustaría salir del país, ir a Siria o a Jordania para buscar un visado europeo. Muy poca gente apoya a Estados Unidos. Si se celebran elecciones en enero, trataremos de votar a un candidato decente; los que han colaborado con los norteamericanos serán derrotados.»
En Bagdad el calor es abrasador, con 45 o 46 grados. Con las interrupciones diarias de electricidad no funciona el aire acondicionado. Pero en el vecino barrio de Waziria hay una pequeña galería de arte con un jardín umbroso en el que se erigen esculturas, donde estudiantes, pintores y artistas leen, platican y sorben tacitas de café turco. La galería en la que se exponen algunas obras inspiradas en los estragos de la ocupación se llama Al Hiuar, que en árabe quiere decir el diálogo. Saadi Al Tai, conocido paisajista, lamenta la apatía reinante, el exiguo mercado local del arte, la amenaza de la inseguridad, pero afirma, orgulloso y convencido, que el artista de Irak nunca ha dejado de crear.
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