10 de diciembre 2007 - 00:00

Más "voceros" se prestan al juego cínico de las FARC

¿Qué le pasa al mundo con Colombia? Un conflicto que hasta ayer parecía transcurrir ante la más completa indiferencia atrae súbitamente la atención de muchos. De pronto, la escena se llenó de «voceros» de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) que a coro piden al gobierno colombiano que ceda al chantaje de un grupo insurgente que hace tiempo mató toda política y se limita a conservar a sangre y fuego su poder en ciertas zonas rurales, desafiando la autoridad de un Estado democrático.

Se trata de una guerrilla rica, pertrechada merced a la droga y al secuestro extorsivo, en cuyo poder se encuentran decenas de rehenes «políticos», siendo la franco colombiana Ingrid Betancourt, ex candidata a presidente, la de mayor notoriedad mediática debido a la insistencia con la cual Francia reclama su liberación.

El presidente galo Nicolas Sarkozy picó en punta grabando un mensaje televisivo en su despacho del Eliseo en el que le habla directamente al jefe de las FARC, el septuagenario Pedro Antonio Marín, alias Manuel Marulanda o Tirofijo. Como era de prever, «Monsieur Marulanda» (sic) se envalentonó. Y replicó invitando al jefe de Estado francés a ser más imparcial: «Una mediación internacional no debe favorecer a una u otra parte porque perdería su credibilidad».

  • Clave

  • En este planteo se resume la clave del problema. Las FARC buscan instalar la idea de que en Colombia hay dos partes equivalentes en pugna: ellos y el gobierno. Y en esta pretensión se ven auxiliados hoy por la actitud de ciertos dirigentes que, en momentos en que el propio presidente colombiano Alvaro Uribe los invita a colaborar, parecen preferir ir «por izquierda» tratando directamente con la guerrilla y llevando así agua al molino de la insurgencia.

    Cuando Uribe designó a Pilar Córdoba, una senadora opositora, como facilitadora de la negociación truncada que encabezó Hugo Chávez, le dijo algo muy significativo: «Te nombro para que veas lo que son las FARC, con ellos no se puede tratar». El presidente colombiano sabe lo que dice.

    Andrés Pastrana, su antecesor en el cargo, se reunió en dos ocasiones con Marulanda, en 1998 y 1999. Aceptó entonces desmilitarizar una zona de 42.000 km cuadrados, equivalentes a la superficie de Suiza. Pero las FARC utilizaron esto para ganar tiempo y consolidar su poder militar, saboteando toda posibilidad de acuerdo. Cuando en febrero de 2002, Pastrana se rindió ante la evidencia y ordenó al Ejército retomar el control del territorio, la imagen negativa del grupo armado ascendía a 96% y Alvaro Uribe era el claro favorito para ganar las elecciones presidenciales, lo que se verificó en mayo de ese año.

    Este antecedente no les impidea los jefes guerrilleros reclamar ahora nuevamente, como condición para el canje de rehenes por prisioneros, el «despeje» de dos municipios por 45 días. Uribe se ha negado siempre. Sin embargo ahora, a instancias de la Iglesia Católica colombiana, acaba de anunciar una nueva propuesta de intercambio humanitario, consistente en una zona de encuentro de 150 kilómetros -en donde no residan civiles- por 30 días. Allí, no habrá militares ni policías, sólo veedores internacionales.

    Pero antes de que las FARC den una respuesta ya aparecen voceros espontáneos -en este caso, los corresponsales que escriben desde Colombia o los familiares de los secuestrados con expresiones tales como que «la guerrilla no parece dispuesta a darle algún rédito político a un presidente que antes que negociar con ella lanzó la propuesta por los medios». O bien, como señaló Juan Carlos Lecompte, el esposo de Ingrid Betancourt que se encuentra de visita en nuestro país, «no creo en la nueva propuesta de Uribe, es para distraer».

    Lo más grave de las críticas al presidente por no ceder, es que llevan implícita la idea de que la defensa de la soberanía de un Estado y de la integridad del territorio de un país es un mero capricho.

    Nicolas Sarkozy les escribió también a varios jefes de Estado latinoamericanos para que se sumen a su cruzada. Respondieron al llamado Alan García y Daniel Ortega. Este último dio la nota al llamar «hermano» a Marulanda.

    Tampoco los Kirchner resistieron a la atracción de lo políticamente correcto del caso Betancourt y, pese a su escasa inclinación por la diplomacia, parecen decididos a abocarse al tema. Hasta se llegó a decir que el presidente saliente estaba dispuesto a internarse en la selva para ir al encuentro de Marulanda.

    Es positivo que los gobiernos latinoamericanos hayan salido de la indiferencia respecto del drama colombiano pero su interés puede ser un arma de doble filo para aquel país si no va acompañado de un claro reconocimiento a las atribuciones soberanas de un gobierno surgido de las urnas y de un contundente rechazo a las pretensiones rebeldes.

  • Repudio

    El 5 de julio pasado, millones de colombianos salieron a la calle en diferentes ciudades del país para repudiar los secuestros de las FARC, bajo el lema: « Libertad sin condiciones ya». La actitud de los familiares de los rehenes es excusable pues está dictada por la desesperación y años de sufrimiento. No puede decirse lo mismo de los representantes de otros gobiernos. Algunos rozan la ingerencia. Con la excusa de la nacionalidad de una de las rehenes, el gobierno francés dejó trascender que tiene agentes en contacto directo con las FARC. Esto sería equivalente a que un gobierno latinoamericano estableciera, por ejemplo, interlocución con la ETA o con algún grupo independentista corso.

    En este contexto, la exhortación hecha hace un mes por Evo Morales a las FARC, en el sentido de que depongan las armas, es la primera cosa razonable que se escucha por parte de un líder latinoamericano y posiblemente también el primer gesto del presidente boliviano que justificaría su postulación al Premio Nobel de la Paz que promueven, entre otros, las Madres de Plaza de Mayo.

    También resultó positivo que la presidencia del Brasil haya emitido un comunicado aclarando que cualquier acción brasileña se guiará -como debe ser- por un «estrictísimo» cumplimiento de los principios de no intervención en los asuntos internos de Colombia.

    Desde el indigenismo y el separatismo que trastornan hoy el paisaje geopolítico de varios países andinos hasta la pobreza y la exclusión de amplias capas sociales en todo el continente, pasando por el bolivarianismo que, aunque gravemente herido después del No a la perpetuidad de Hugo Chávez, pugna por abrir una sucursal del Eje del Mal en la región, América Latina tiene ya suficientes problemas y amenazas que atender como para que algunos se empeñen en instituir a la insurgencia y tolerar y aun avalar la extorsión a un Estado soberano. Salvo que se quiera convertir a todo el continente en una gran Marulandia.
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