Mensaje implacable a varios destinatarios
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Así pues, el gobierno israelí de Ehud Olmert tenía pocas opciones, y ninguna cómoda. Podía copiar el patrón de la actual crisis con Hamas, arremetiendo directamente contra Hizbollah. De ese modo, estaríamos ante una página más de un conflicto local y aislado, sin solución fácil, y que habría proporcionado a la comunidad internacional la excusa perfecta para desentenderse tras unas pocas soflamas diplomáticas.
El propio Hizbollah, además, habría salido enormemente fortalecido de un escenario como ése, y el presidente libanés, Emile Lahoud, y su patrón sirio Bashar al-Assad se lavarían las manos, acusando nuevamente a Israel de injerencia en el sur del Líbano. Ningún cambio, pues, en el plano geoestratégico de la región, excepto que Israel tendría que mantener una carrera contrarreloj en dos frentes para liberar a sus soldados.
En cambio, emprendiendo una onerosa acción militar a gran escala, Israel ha responsabilizado al Ejecutivo libanés de albergar, consentir y patrocinar a una organización terrorista como Hizbollah, y ha elegido como interlocutor al propio Lahoud, apuntando directamente a Damasco y Teherán.
Este movimiento afectará forzosamente a todas las fuerzas geopolíticas de la región, y no será extraño que Mahmoud Ahmadinejad, presidente de Irán, o alguno de sus voceros aparezcan pronto en escena, mientras en sus instalaciones se sigue enriqueciendo un uranio cada vez menos pacifista. El doloroso mensaje de Israel es contundente: más allá de sus soldados y de su propia seguridad, no consentirá la más mínima interferencia de Damasco o de Teherán en su contencioso con Hamas.
El costo y calado de esta opción, no obstante, serán mucho mayores: vidas civiles y militares, graves repercusiones económicas, desestabilización aún mayor de un Líbano que desde el asesinato de Hariri vive en la cuerda floja. La complejísima variedad política del país tampoco hace esperar una postura definida ni efectiva; y Hizbollah se ha convertido, ya, en el verdadero gobierno en la sombra del Líbano.
En cuanto a Hamas y a la propia Autoridad Palestina (AP), es evidente que la intromisión de Hizbollah en el delicado escenario palestino-israelí va a ser como la caricia de un escorpión, un regalo envenenado del que deberían desentenderse si aún les quedara alguna agudeza política. Mal le iba a la AP cuando un personaje como Jaled Meshal, huésped de honor de Damasco, cliente preferencial de Teherán y factótum en la sombra del aparato militar de Hamas, se erigió hace dos días como «portavoz único del pueblo palestino», en la crisis del rehén Gilad Shalit; pero peor aún será elegir como cicerone de este laberinto al inquietante jeque Hassan Nasrallah, lugarteniente de Irán en la zona al frente de Hizbollah, organización ampliamente considerada como terrorista.
Mientras tanto, Israel se ha movido, y la agenda de todos ha cambiado: la comunidad internacional deberá involucrarse, de ser posible superando con medidas concretas los melifluos llamamientos al desarme y la concordia, que en esta parte tan seca del mundo son más papel mojado que en ninguna otra.
(*) Profesor de Arabe de la Universidad de Salamanca.


