29 de agosto 2002 - 00:00

¿Por qué Bush aún sostiene a O'Neill?

Berkeley - Puede que haya personas en este planeta que no estén furiosas con Paul O'Neill pero si es así, guardan silencio.

La clase dirigente empresarial está irritada por el entusiasmo de O'Neill para meter en la cárcel a algunos de sus miembros que hacen trampas con los libros.
La gente de Wall Street está disgustada con él por sus duras declaraciones sobre ellos. Los demócratas se quejan de O'Neill porque sirve a un presidente republicano, y los republicanos lo critican porque no consideran que lo haga con total sinceridad. (O'Neill describe la manera de hacer política de la Cámara de Representantes como «show business», o puro espectáculo.)

Los periodistas estadounidenses -quienes deberían estar contentos con una figura pública que dice lo que piensa-acostumbran a referirse a O'Neill como una fuente de vergüenza para el cargo que desempeña. En una insólita muestra de solidaridad, «The New York Times» y «The Wall Street Journal» han pedido su cabeza. Una y otra vez.

Y, sin embargo, por mucho que sea odiado O'Neill aquí, sigue siendo más popular dentro de estas fronteras que en el exterior. En un reciente viaje a Brasil, la gente rodeó su limusina y la golpeó con palos, quizás enojada por su sugerencia de que la ayuda internacional que se envíe al país podría terminar en «cuentas bancarias suizas».

Cuando viajó a la Argentina, multitudes aún mayores se juntaron frente a su hotel y amenazaron con causar disturbios, presumiblemente porque el funcionario de Estados Unidos era el que más se oponía a que el Fondo Monetario Internacional amplíe sus créditos al país si el gobierno no toma medidas para bajar el gasto.

A la única persona que no parece importarle el comportamiento de O'Neill es a su jefe, aunque hay muchos rumores de que el presidente George W. Bush está esperando hasta las elecciones de noviembre para despedirlo.

• Intencionalidad

Si su problema fuera la incompetencia, o si lo que él dice simplemente no fuera cierto, O'Neill no sería tan interesante. Pero en general, las declaraciones que lo metieron en problemas no sólo son verdad sino también intencionales.

Cuando les dice a los periodistas que los políticos brasile-ños son corruptos, o que Estados Unidos no tiene una fuerte política respecto al dólar, lo hace porque
a) es cierto, y b) no considera que tenga sentido que la gente piense otra cosa.

El mundo andaría un poquito mejor sin la noción de que el gobierno de Washington manipula directamente el valor del dólar, o de que los políticos brasileños no se guardan lo que no les corresponde.

Una gran parte del problema de O'Neill es que le tocó ser secretario del Tesoro durante el hundimiento del mercado de valores y una recesión econó-mica.
Si se fuera de boca en un mercado optimista sería ampliamente admirado, y quizás hasta le atribuirían parte del crédito por ello. Pero en un mercado pesimista hay dos argumentos en contra de las indiscreciones de O'Neill:

• El primero es que los inversores no responden a la realidad sino a las percepciones. Si una autoridad confiable les cuenta una mentira alentadora, podrían reaccionar mejor que si se les dice la verdad.
Por eso es conveniente mentirles, o al menos no decirles toda la verdad. Eso puede ser cierto, pero en tal caso, ¿qué significa para uno?

• El segundo y más serio argumento contra la forma en que O'Neill encara la política económica es que
no habla en nombre de su jefe. Critica continuamente los rescates del FMI -para la Argentina, Uruguay, Brasil-, pero luego se contradice y los apoya.

No es tan malo cuestionar si el dinero que le da el FMI a Brasil puede terminar en cuentas bancarias suizas, si uno tiene el poder para impedir que el organismo envíe los fondos. Si uno no fuera a dar la ayuda, los inversores se retirarían de todas maneras, por lo que bien pueden hacerlo más bien temprano que tarde.

Pero si uno no tiene el poder para frenar un rescate del FMI, y uno critica al país que a la larga terminará ayudando, está en problemas. Uno crea un clima de inversiones que aumenta el costo del rescate, así como las sumas de dinero que se apilan en las cuentas suizas.

Esta desconexión entre las convicciones de O'Neill y las acciones del gobierno de Bush es el mayor problema del secretario del Tesoro.
Sus palabras apuntan a una política (la de antirrescate que el gobierno de Bush dice defender), pero terminan cumpliendo con otra política (la de los llamativos paquetes de ayuda).

Ese problema no se resolverá reemplazando a O'Neill. Si la administración cree una cosa y hace otra, quien suceda a O'Neill en el papel de portavoz fallará exactamente de la misma manera.

Lo gracioso -en mi opinión lo más simpático-acerca de O'Neill es que simplemente no puede contenerse. Cada vez que decide portarse bien encuentra la forma de meter la pata. Este mismo mes, por ejemplo, les dijo a los periodistas que ya no sería más causa de titulares.
«Me quemé demasiado tratando de darle a la gente una educación», dijo durante una visita a Seattle. «Abandoné cualquier esperanza de lograrlo.» Dijo que de ahora en adelante «seguirá las reglas del juego». Pero la gente que en verdad lo hace no lo dice a los periodistas.

«Seguir las reglas del juego» obviamente significa «mentir»
, o en definitiva no decir la verdad. ¿Cuán bien puede uno decir una mentira si le avisa a la gente por anticipado?

(*) Autor de «Liar's Poker» («Póker de mentirosos»).

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