La Iglesia vuelve a contener la respiración ante los temblores del Papa. En ningún poder del mundo ocurre lo que veremos en el Vaticano. Lo dijo el teólogo David Telleman en «Las sandalias del pescador»: «Qué extraño, cuando muere un presidente buscan a otro en una hora; cuando muere un rey gritan ¡viva el rey!; cuando muere el papa todo se detiene». Todo se paraliza, nada se puede cambiar: «In sede vacante nihil innovatur». Todo sucede con una extrema rapidez. Toda la administración que rodea al Pontífice queda decapitada de forma fulminante.
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Sólo hay tres excepciones: el camarlengo, el vicario de Roma y el penitenciario mayor. Junto con el decano del Colegio Cardenalicio (Joseph Ratzinger), cumplirán los papeles fundamentales de ese tiempo de transición.
La primera de las figuras clave del interregno es el cardenal español Martínez Somalo, camarlengo de la Santa Sede y, por tanto, encargado de la administración vaticana hasta que el cónclave elija al sucesor. Su primera tarea es la de certificar la muerte del Papa a través de un viejo rito: ha de golpear tres veces en la frente del Pontífice con un martillo de plata que figura en el escudo de armas pontificio mientras llama al difunto por su nombre de pila.
En las horas posteriores, todos los cardenales del Colegio recibirán un telegrama: «El Papa ha muerto, venga cuanto antes». Roma se llenará de purpurados. Visitarán San Pedro, donde estarán expuestos los restos del Pontífice. Asistirán a los funerales, presididos por el cardenal Ratzinger, ante el triple féretro: un primer ataúd de cedro, un segundo de plomo para evitar la humedad, y un tercero de madera de pino, sencillo y humilde.
Y sobre el pino unos Evangelios. Cada día, hasta la clausura, los príncipes de la Iglesia se reunirán en la Congregación general, con todos los miembros del Colegio Cardenalicio.
La asamblea -presidida por el decano, cardenal Joseph Ratzinger-, discutirá sobre el estado de la Iglesia, y por tanto establecerá las bases para el voto del cónclave. Sobre la sede vacía, comienza el tiempo de la gran política. No hay candidatos oficiales, no hay campaña, no hay programas.
Pero el intercambio de puntos de vista y de nombres existe. Los días previos discurren en un clima de sigilo, de prudencia, de frases con doble sentido, sutilezas, conversaciones en las que apenas se pronuncian nombres. Como dijo el cardenal König, la opinión de los cardenales se consolida sobre todo en los encuentros previos al cónclave, «mientras se toman unos vasos de vino y se fuman unos cigarrillos».
El célebre cardenal Siri, hombre del ala conservadora, candidato en los dos cónclaves de 1978, cuenta en su biografía que durante los días de las congregaciones generales antes del cónclave que eligió a Juan Pablo I recibió la visita de los cardenales Vagnozzi y Palazzini para sondearlo sobre la posibilidad de convertirse en papa. «Yo les respondí -escribe Siri- «que no preguntaba nada a nadie ni negaba nada a nadie». Así dejó claro que estaba disponible. Los encuentros tienen lugar muchas veces en restoranes, por ejemplo en L'Eau Vive, un exótico local de tono asiático-francés, situado detrás del Panteón. Está regenteado por una orden de monjas belgas. Cuentan que una noche el cardenal König se llevó a cenar a su amigo Wojtyla a L'Eau Vive, y en el camino, a bordo de un taxi de esos que en Roma parecen cohetes sobre una montaña rusa a punto de estrellarse contra los adoquines, König le dijo al conductor: «Tenga cuidado, que lleva a bordo al próximo papa».
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