Si EE.UU. sube las tasas, ¿quién nos defenderá?
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• Inflación
Desde principios de 2002, en los EE.UU., aunque desde niveles muy bajos, se empezó a notar una tendencia creciente de la inflación. Hasta ahora, la tozudez de los analistas de mirar el índice «core», al que se le quita el impacto de las variaciones de precios de la energía y los alimentos, permitió que este proceso pasara inadvertido o, más bien, ignorado.
Mirar una canasta de forma arbitrariamente parcial y pretender notar las presiones inflacionarias subyacentes puede implicar quedarse oteando el horizonte hacia el lugar equivocado. El cambio de la demanda internacional generado por el fuerte crecimiento de las economías del este asiático, mezclado con algunos problemas en algunos mercados de bienes en particular, implicó que los precios relativos de los commodities primarios tuvieran que mejorar.
Ahora bien, si los precios de la energía y los alimentos están creciendo, acaparan una mayor proporción del gasto estadounidense. Dada la restricción presupuestaria de todo consumidor, ese fenómeno hace que se gaste menos en los otros sectores, que son los que componen el core; los cuales tendrán menos posibilidad de aumentar sus precios.
Esto es lo que se aprecia, en los EE.UU., cuando se verifica que el índice «core» crece menos que el índice de precios al consumidor. Sin embargo, la canasta de consumo total está aumentando sensiblemente sus precios en el tiempo (1,2% mensual en setiembre, máximo desde Carter, en marzo de 1980) y esto es consecuencia de la depreciación de la unidad de cuenta: el dólar.
Las subas graduales de tasa (de a cuarto de punto porcentual), que empezaron en junio de 2004 y con las que la Reserva Federal intentó detener la depreciación de su moneda, tuvieron un resultado positivo débil y efímero desde finales de ese año y hasta mediados del corriente. En los últimos meses, el valor de la divisa estadounidense se derrumbó. Si esta suba lenta de sus tasas de referencia no es exitosa, deberá comenzar a aumentarlas, por lo menos, de a medio punto y seguramente buscar niveles superiores a los hasta hoy esperados. Esto generaría una fuerte contracción internacional de la liquidez y una creciente tendencia a la suba del dólar en el mundo.
• Coincidencia
Es posible demostrar que todas las crisis económicas argentinas «coincidieron» con fuertes procesos de contracción de liquidez internacional o apreciación del dólar. Por ende, si esto ocurre, ¿quién podrá defendernos? El único que puede evitar que repitamos viejas historias es el actual gobierno de Néstor Kirchner. Y la clave está en qué harán sus funcionarios con los dos pilares básicos del actual modelo: el mantenimiento de la solvencia fiscal y una política monetaria que busca mantener la inflación controlada y que no debe llegar a niveles intolerables para la sociedad ni espiralizarse, aunque pueda ubicarse en niveles altos.
Si la esperable tendencia recesiva que se abatirá sobre la economía argentina lleva al gobierno a abandonar sus objetivos de superávit primario elevados y no se logra un acuerdo con el FMI y/o, en la búsqueda de sostener un «tipo de cambio real alto», se permite una fuerte suba del dólar y de la inflación, no habrá forma de evitar una crisis, con todos los costos que ello significa y que ya hemos vivido. Por lo tanto, empecemos a rezar para que Alan Greenspan y su sucesor tengan éxito en evitar las presiones inflacionarias sin tener que subir demasiado los intereses y, en segundo lugar, para que el gobierno entienda que lo peor para enfrentar un terremoto es demoler los pilares que sostienen el edificio donde nos encontramos.




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