31 de enero 2008 - 00:00

Sudamérica: cuando la integración es una farsa

A mayor grandilocuencia, menor existencia. Tal el estado de la integración latinoamericana. En Cartagena, Colombia, acaba de concluir una reunión de cancilleres de la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR), ambicioso bloque regional de doce países: la Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú, Uruguay, Venezuela, Guyana y Surinam. Ese fue el marco elegido por el ministro de Relaciones Exteriores venezolano, Nicolás Maduro, para ratificar las denuncias de su presidente, Hugo Chávez, contra las supuestas intenciones bélicas del gobierno de Colombia.

¿Cuál es la función de esta «Unión» si no emanó de la misma el menor llamado a la cordura al presidente de Venezuela, que no cesa en su escalada contra Bogotá y si los diferendos entre la Argentina y Uruguay por las papeleras y entre Perú y Chile por una disputa de límites deben resolverse en otros ámbitos?

La historia oficial sostiene sin embargo que, tras una década «odiosa» de neoliberalismo, vivimos hoy un intenso proceso de unidad piloteado por administraciones con vocación latinoamericana, nacional y popular. Los panegiristas de la nueva etapa marcan un hito: diciembre de 2005, en Mar del Plata, la 4ª Cumbre de las Américas. Sin embargo, dos años después, podemos enumerar en la región, como mínimo, tres focos de conflicto para nada imperiales sino entre hermanos: Venezuela-Colombia, Chile-Perú, Argentina-Uruguay. Sin mencionar que el «imperio» cambió de táctica: en vez del ALCA ahora promueve tratados bilaterales de libre comercio (TLC) con cada país por separado; y si no avanza más es por su propia oposición interna antes que por una inexistente cohesión latinoamericana.

  • Inconducente

  • Más tarde, Hugo Chávez ya se había apoderado de la vocería latinoamericana para impregnarla de un antinorteamericanismo inconducente e hipócrita por parte de quien es tercer proveedor de petróleo a Estados Unidos y no necesita ningún TLC con ese país porque lo tiene en la práctica. Como lo dijo el presidente colombiano, Alvaro Uribe, «lleno de petróleo uno puede vociferar contra la globalización».

    Dos cumbres después de Mar del Plata, en Santiago de Chile, a fines de 2007, la corriente bolivariana redobló la lucha contra el Imperio -no el de hoy, sino el de hace 200 años-. El rey Juan Carlos mandó a callar a Chávez, mientras Michelle Bachelet le pedía que no interviniese más en su diferendo con Bolivia y Kirchner y Tabaré Vázquez vivían un enésimo desencuentro.

    En 2006, el asesor del presidente Lula da Silva para Asuntos Internacionales, Marco Aurelio García, había expresado el temor de su país de que se desatase una «guerra fría» en la región. «No sé si Chávez está intentando construir una alianza anti-Estados Unidos, pero no queremos en América latina un clima de guerra fría».

  • Apuesta

    Para darle la razón, el presidente de Venezuela sube la apuesta -de momento, verbal-y propone un ejército contra el Imperio. Pero en la práctica apunta siempre a países vecinos. Donde no hay conflictos, siempre se puede inventar uno. Por eso denuncia planes colombianos para asesinarlo, cuando la principal amenaza que se cierne sobre él es la del rechazo de los venezolanos, en las urnas, a sus pretensiones de eternización en el poder.

    Las secuelas marplatenses no terminan allí. De pronto, Lima se presenta ante el Tribunal de La Haya para reclamar una extensión marítima del continente que también es reivindicada por Chile, reactivando así un conflicto de larga data. Se trata de una disputa fronteriza que también podría involucrar a Bolivia y Ecuador, así como un conflicto entre Venezuela y Colombia afectaría a Centroamérica y aun a Brasil. Recordemos que el 13 de diciembre pasado, el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, advertía que su ejército debía estar preparado para una acción bélica. Era en vísperas de que La Haya emitiese un fallo en relación con una disputa territorial que Managua mantiene con Bogotá.

    La desmesura ha sido el signo de las reuniones latinoamericanas post Mar del Plata. Aquella cumbre abrió una etapa de megalomanía en los proyectos, inversamente proporcional a la magnitud de las realizaciones: Gasoducto del Sur, Alternativa Bolivariana de las Américas, Comunidad Sudamericana, UNASUR, Fondo Monetario del Sur, Banco del Sur, OPEP del gas, etcétera. Mientras tanto, un peligro real de enfrentamiento armado entre Venezuela y Colombia no amerita siquiera un comentario por parte de una dirigencia que, en vísperas del bicentenario de la independencia americana, parece haber perdido todo espíritu sanmartiniano.
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