Sudamérica: cuando la integración es una farsa
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En 2006, el asesor del presidente Lula da Silva para Asuntos Internacionales, Marco Aurelio García, había expresado el temor de su país de que se desatase una «guerra fría» en la región. «No sé si Chávez está intentando construir una alianza anti-Estados Unidos, pero no queremos en América latina un clima de guerra fría».
Para darle la razón, el presidente de Venezuela sube la apuesta -de momento, verbal-y propone un ejército contra el Imperio. Pero en la práctica apunta siempre a países vecinos. Donde no hay conflictos, siempre se puede inventar uno. Por eso denuncia planes colombianos para asesinarlo, cuando la principal amenaza que se cierne sobre él es la del rechazo de los venezolanos, en las urnas, a sus pretensiones de eternización en el poder.
Las secuelas marplatenses no terminan allí. De pronto, Lima se presenta ante el Tribunal de La Haya para reclamar una extensión marítima del continente que también es reivindicada por Chile, reactivando así un conflicto de larga data. Se trata de una disputa fronteriza que también podría involucrar a Bolivia y Ecuador, así como un conflicto entre Venezuela y Colombia afectaría a Centroamérica y aun a Brasil. Recordemos que el 13 de diciembre pasado, el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, advertía que su ejército debía estar preparado para una acción bélica. Era en vísperas de que La Haya emitiese un fallo en relación con una disputa territorial que Managua mantiene con Bogotá.
La desmesura ha sido el signo de las reuniones latinoamericanas post Mar del Plata. Aquella cumbre abrió una etapa de megalomanía en los proyectos, inversamente proporcional a la magnitud de las realizaciones: Gasoducto del Sur, Alternativa Bolivariana de las Américas, Comunidad Sudamericana, UNASUR, Fondo Monetario del Sur, Banco del Sur, OPEP del gas, etcétera. Mientras tanto, un peligro real de enfrentamiento armado entre Venezuela y Colombia no amerita siquiera un comentario por parte de una dirigencia que, en vísperas del bicentenario de la independencia americana, parece haber perdido todo espíritu sanmartiniano.



