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Catherine Repond confesó todo lo que sus verdugos querían oír. Murió a los 68 años.
La historiadora Josiane Ferrari-Clement, autora de un libro sobre Catillon, defiende la tesis de que los patricios locales querían deshacerse de un personaje incómodo, que sabía todo sobre el tráfico de moneda falsa.
Nacida en 1663, Catillon habitaba en el pueblecito de Villarvolard, que domina el lago de la Gruyere, donde llevaba una existencia bohemia y vivía sobre todo de la mendicidad.
Relacionada con ambientes poco claros y con mala reputación -al parecer entró en contacto con la banda que falsificaba moneda- nada en la vida de Catillon podía justificar -según la historiadora- que en su juicio por "brujería" los testigos la acusaran de todo tipo de males, desde que agriaba la leche hasta que estropeaba el queso o hacía enfermar al ganado.
Como ejemplo de lo que llegaba a decirse de ella, el beato Nicolas de Montenach, magistrado de Corbieres, la encerró en el calabozo en mayo de 1731 y la acusó de haberse convertido en zorro.
Y es que el otoño anterior, estando de caza, él mismo había herido a uno en la pata, y Catillon tenía un pie en muy mal estado.
Sometida a torturas, Catherine Repond confesó todo lo que sus verdugos querían oír: que asistía a ritos sabáticos, que bailaba con los demonios, que se había entregado al diablo en varias ocasiones, hasta que fue estrangulada y después quemada en septiembre de 1731, a la edad de 68 años.
Los archivos citados por la historiadora narran que durante los interrogatorios Catillon no cesó de exponer hechos que no eran tomados en consideración, incluso se atrevió a acusar a un cura de haberla violado.
Y durante el proceso, acusó concretamente a un tal Jacques Bouquet, un curandero que era el padre de dos hijos de su hermana, de haber instalado una estufa para fundir el metal con el que se hacía la moneda falsa.
La historiadora asegura que los jueces hicieron oídos falsos a todo porque tenían miedo. Sabían que Catillon tenía relaciones entre el patriciado de Friburgo.




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