Todo un acto de campaña (pero muy lejos de casa)
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Niños que agitaban banderitas, alguna que otra pancarta -estaban prohibidas, pero alguna se coló- y, sobre todo, mucho entusiasmo: ése era el panorama alrededor de la Columna, un monumento más identificado ahora con fiestas de hoy que con guerras pasadas.
El emblemático monumento se erigió en 1873 para evocar victorias prusianas, el nazismo lo instrumentó para autoglorificarse, pero para el berlinés de hoy su imagen está ligada a grandes carnavales «tecno» o transmisiones multitudinarias de fútbol.
El kilómetro largo hasta la Puerta de Brandeburgo -lugar elegido inicialmente por Obama, pero desestimado porque a la canciller Angela Merkel no le pareció adecuado-no estalló como en esas citas festivas, pero la multitud alcanzó dimensiones que para sí hubiera querido cualquier auténtico presidente de visita en la ciudad.
La fascinación por Obama contagió a la multitud y a las autoridades. «Su encanto es mayor de lo que llegué a imaginar», confesó Klaus Wowereit, el alcalde gobernador de Berlín, quien se presentó en el hotel Adlon, donde se alojó el aspirante, para hacerle firmar el Libro de Oro de la ciudad.
«Estamos con los nervios a flor de piel. Pero vale la pena», admitía el portavoz de la policía, Bernhard Schodrowski, ante las enormes dificultades que suponía velar por un candidato como Obama.
Es decir, un visitante tan expuesto como un presidente de EE.UU. a un atentado, pero sin un aparato de seguridad propio tan cohesionado como el del inquilino de la Casa Blanca.
El parque Tiergarten, que envuelve la Columna de la Victoria, punto ideal para picnics y meriendas veraniegas, fue un festín entusiasta en honor a la «nueva América» que representa Obama.




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