Un dirigente de marcados contrastes
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Otro hecho controvertido de su trayectoria estuvo dado por su polémica visita a la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén, tercer lugar santo del Islam después de La Meca y Medina. Eso fue considerado una provocación por el nacionalismo palestino más radical y, según analistas, detonó a fines de setiembre de 2000 la segunda Intifada (« levantamiento»).
En las elecciones generales del 6 de febrero de 2001 logró una aplastante victoria al frente del Likud -«Bloque», partido de la derecha nacionalista-, tras obtener el apoyo de diferentes sectores críticos con su antecesor, el laborista Ehud Barak.
Convencido de que el extinto líder palestino Yasser Arafat promovía el terrorismo islamista contra Israel, el gobierno de Sharon lo mantuvo cercado durante casi tres años en su cuartel general de la Mukata. Su política de línea dura le valió la reelección en enero de 2003.
La muerte de Arafat el 11 de noviembre de 2004 pareció abrir una nueva oportunidad para la paz y Sharon buscó mejorar las relaciones con el sucesor de éste, Mahmud Abbas (Abu Mazen). En noviembre último abandonó su partido Likud, fundó Kadima («Adelante») y, proponiendo un acuerdo de paz, arrastró consigo a buena parte de la dirigencia de su anterior agrupación. Las encuestas lo daban incluso ayer como cómodo vencedor en los comicios del 28 de marzo.
Curiosa parábola de la Historia, el hombre que estimuló como pocos la implantación de poblaciones judías en Gaza y Cisjordania logró en agosto último la retirada de las tropas y colonos israelíes del primero de esos territorios, poniendo fin a 238 años de ocupación, lo que fue calificado por la comunidad internacional como un importante avance hacia la paz y lo enfrentó a la derecha más dura.



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