En 2005, cuando Facebook todavía era una pequeña empresa de California, David Choe recibió un encargo para pintar las paredes de sus oficinas. El grafitero de Los Ángeles ya se ganaba la vida con sus obras, pero aquel trabajo terminaría dejándole millones de dólares y una fama que nunca había buscado.
Rechazó cobrar u$s60.000 en efectivo y terminó con una fortuna inesperada gracias a Facebook
Llevaba años ganándose la vida con sus pinturas, pero nunca imaginó que uno de sus trabajos terminaría valiendo tanto dinero.
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David Choe llevaba años viviendo de sus pinturas cuando recibió el encargo que terminaría haciéndolo conocido en todo el mundo.
Por entonces, el artista tenía una carrera bastante particular, marcada por sus viajes, sus problemas con la ley y una forma de pintar que llamaba la atención. Su llegada a la red social fue casi una casualidad, gracias al interés de uno de sus primeros directivos.
Quién es David Choe y cómo se convirtió en millonario
David Choe nació en Los Ángeles en 1976, en una familia de inmigrantes surcoreanos. Desde chico le gustaba dibujar, aunque fue durante la adolescencia cuando empezó a interesarse por el grafiti. Las calles de California se convirtieron en su primer lugar de trabajo y allí desarrolló un estilo lleno de colores intensos, figuras exageradas y rostros deformados.
Su juventud fue bastante agitada. Abandonó la escuela secundaria, viajó por distintos países y tuvo varios problemas con la policía. Incluso pasó una temporada en prisión en Japón, donde siguió dibujando con los pocos materiales que tenía a mano.
Al principio le costó encontrar galerías interesadas en sus pinturas. Como no conseguía dónde exponerlas, terminó colgando sus cuadros en una heladería de Los Ángeles, donde los clientes comenzaron a comprarlos. El dueño quedó tan conforme con las ventas que le permitió seguir mostrando sus obras durante dos años.
Con el tiempo, el estadounidense empezó a hacerse conocido por sus murales y publicó "Slow Jams", una historieta independiente que consiguió una beca para su edición. También trabajó como ilustrador y comenzó a participar en exposiciones dentro y fuera de Estados Unidos.
Para mediados de los años 2000, Choe ya podía vivir de su arte. Sus pinturas habían despertado el interés de coleccionistas y sus creaciones callejeras tenían cada vez más reconocimiento. Fue entonces cuando Sean Parker, uno de los primeros presidentes de Facebook, lo contactó para decorar las oficinas de la compañía.
Una apuesta a ciegas: cómo se transformó el pago de Facebook
Cuando el grafitero llegó a las oficinas de Palo Alto, Facebook apenas tenía un año de vida. Mark Zuckerberg había creado la plataforma mientras estudiaba en Harvard y su crecimiento todavía estaba concentrado principalmente en las universidades estadounidenses.
Parker quería que las paredes tuvieran un aspecto diferente y pensó que los dibujos de Choe encajaban con la personalidad de la empresa. El pintor pidió u$s60.000 por el trabajo, pero al momento de acordar el pago apareció una alternativa que no esperaba.
En lugar de recibir el dinero en efectivo, podía quedarse con acciones de Facebook por un valor equivalente. El problema era que aquellas participaciones no tenían una cotización pública y nadie sabía cuánto podrían valer en el futuro.
A Choe la idea de la red social le parecía ridícula. No entendía demasiado bien para qué servía ni por qué la gente querría pasar tanto tiempo utilizándola. Sin embargo, confiaba en Parker y estaba convencido de que sabía hacer negocios, así que decidió arriesgarse.
La elección resultó mucho mejor de lo que imaginaba. Facebook empezó a expandirse fuera de las universidades, sumó usuarios en todo el mundo y atrajo inversiones cada vez más grandes. Lo que había nacido como una página para estudiantes estaba convirtiéndose en una de las empresas tecnológicas más importantes del planeta.
En mayo de 2012, cuando Facebook salió a cotizar en Wall Street, las acciones del muralista fueron valoradas en aproximadamente u$s200 millones. Habían pasado siete años desde aquel encargo y los u$s60.000 que podía haber cobrado en efectivo parecían insignificantes frente a semejante fortuna.
Eso no significa que Choe hubiera recibido los u$s200 millones en su cuenta bancaria. La cifra representaba el valor estimado de sus participaciones y nunca se conoció con precisión cuántas conservó o vendió posteriormente.
La vida actual de David Choe con sus millones
Hoy, a sus 50 años, David Choe sigue trabajando como artista y tiene un patrimonio estimado en u$s300 millones. Es una cifra aproximada, porque se desconoce cuánto conserva de sus antiguas acciones de Facebook y qué parte de su fortuna corresponde a otras inversiones.
Aunque el dinero cambió su situación económica, la fama le resultó bastante más difícil de manejar. Cuando su historia comenzó a circular por todo el mundo, recibió llamadas de periodistas y ofertas para aparecer en televisión. En una entrevista con Barbara Walters, reconoció que extrañaba la privacidad que tenía antes de hacerse conocido.
También contó algo que sorprendió bastante: ya hacía prácticamente todo lo que quería cuando no tenía semejante fortuna. Podía viajar, pintar y pasar tiempo con sus amigos, por lo que el dinero no había cambiado demasiado sus intereses personales.
El estadounidense siguió dedicándose a la pintura, pero encontró otras maneras de trabajar. En 2021 estrenó "The Choe Show", un programa en el que conversaba con distintas personalidades mientras realizaba retratos. Las entrevistas tenían un estilo poco convencional, muy parecido a la forma en que siempre había encarado sus obras.
En 2023 llegó su oportunidad como actor con "Beef", la serie de Netflix protagonizada por Steven Yeun y Ali Wong. Allí interpretó a Isaac Cho, un personaje que le permitió mostrarse ante un público que probablemente nunca había visto sus murales.
Entre sus trabajos más personales está Munko, una pequeña ballena que empezó a dibujar hace más de dos décadas. El personaje aparece en pinturas, esculturas e ilustraciones, y con los años se convirtió en una de sus creaciones favoritas.
Choe llegó a contar que había pasado años sin vender sus cuadros, pese a recibir mensajes de personas interesadas en comprarlos. En su estudio, instalado en la casa donde pasó su infancia, llegó a acumular miles de dibujos de Munko. Seguía pintando todos los días, incluso cuando no tenía intención de poner sus obras a la venta.





