Por Paula Echeverría*
Cómo salir airosos de la jaula solitaria del poder
La soledad, la autoexigencia y el peso de la decisión convierten el éxito en una carga silenciosa para muchos líderes y empresarios.
-
El precio de la ropa: los desafíos de la industria textil argentina
-
Lesa humanidad, reglas e institucionalidad: un test crítico para la seguridad jurídica
El poder puede parecer libertad desde afuera, pero desde adentro suele vivirse como responsabilidad y silencio.
Muchas películas y series, en los últimos años, retratan la vida de los poderosos. La cima suele imaginarse como un lugar de libertad, lujos, control y seguridad. Se piensa en margen de maniobra, en decisiones rápidas, en éxito económico y acumulación de riqueza.
Si bien algo de eso que se piensa desde afuera es realmente así, desde adentro el poder se vive de otra manera. No como liviandad, sino como responsabilidad. Y muchas veces, como silencio. En otros casos, con el peso de no tener un par con quien compartir las responsabilidades.
Quienes ocupan lugares de alta exposición, como dueños de grandes conglomerados empresariales o funcionarios de alto rango, no son personas distintas al resto. Tienen las mismas necesidades emocionales, los mismos miedos y las mismas contradicciones. La diferencia es que todo ocurre bajo observación. Tanto de los pares como del mercado, los organismos de control, etc. Y eso cambia profundamente la experiencia interna.
Existe una cierta soledad en el poder. No es la soledad de estar sin gente alrededor, sino la de no tener espacios donde bajar la guardia. A medida que aumenta el nivel de decisión, disminuye el margen para mostrarse vulnerable. No porque no haya dudas o cansancio, sino porque expresarlos tiene consecuencias reales. Entonces muchas personas aprenden a funcionar sin decir lo que realmente les pasa. Rodeadas de gente, pero emocionalmente solas.
La diferencia entre comprender esa carga y vivirla es clave. No es lo mismo ser empleado que ser dueño. El empleado -si bien tiene desde el vamos muchas otras desventajas respecto de los dueños- puede en algunos casos desconectar al tomarse vacaciones o haber cumplido su horario de trabajo. Quien dirige una empresa, aún lejos, sigue siendo responsable de pagar sueldos, mantener estructuras, anticipar riesgos.
La exigencia del éxito
A lo anterior se suma un rasgo común en muchos líderes. Historias de vida que los llevaron a ser extremadamente eficaces, productivos y autoexigentes. Personas que construyeron su identidad alrededor del logro. Pero… El problema aparece cuando la balanza se desequilibra: poco descanso, mala alimentación, nulo espacio para el disfrute. No por falta de información, sino por lealtad a una imagen interna.
Todos vivimos siendo fieles a nuestro “yo soy”. Yo soy exitoso. Yo soy el que puede. Yo soy el responsable. El conflicto no está en esa identidad, sino cuando esa identidad, justamente, se convierte en una jaula. Porque una vez que ese “yo soy” se arraiga, todo el sistema trabaja para sostenerlo.
Y allí es donde aparece otra confusión frecuente. La del operador y el dueño. El operador está en la cancha, en lo cotidiano, en el hacer constante. El dueño, en cambio, construye equipos, toma distancia del día a día y se involucra en decisiones estratégicas. El verdadero quiebre no es crecer más, sino dejar de necesitar demostrar todo el tiempo. Muchos líderes siguen operando como operadores no porque el negocio lo exija, sino porque su identidad lo necesita.
Aunque puedan rodearse de consultores y expertos, cosa que técnicamente hacen en muchos casos, hay cuestiones que no se delegan. ¿Cuáles? El miedo a equivocarse, la culpa, el cansancio de mantener una imagen, la sensación de estar siempre en deuda con algo. Eso no se terceriza. Y cuando no encuentra salida, se filtra en el cuerpo, produciendo síntomas como insomnio, estrés crónico, desconexión emocional, dificultad para disfrutar.
Una meta siempre lejana
Se podría pensar que, en algunos de esos casos, el empresario en cuestión debería sentirse plenamente realizado, siendo que ya llegó a donde pretendía. Pero la mala noticia es que eso rara vez se siente. El logro calma, pero no llena. La presión no desaparece con el éxito; a veces se sofistica.
Por eso, cada vez más líderes buscan espacios donde trabajar no la estrategia, sino lo interno. Terapias que permiten diferenciar lo que uno es o hace de rol, ambición de autoexigencia, liderazgo de sacrificio permanente. Herramientas para revisar creencias arraigadas, soltar personajes que ya no son necesarios y volver a conectar con una forma de liderazgo más consciente. No para bajar el nivel, sino para que el éxito no se pague con el cuerpo, el sueño o la paz mental.
Cuando un líder deja de operar desde la supervivencia interna, algo cambia. Las decisiones se vuelven más claras. El poder deja de ser una carga permanente y empieza a ser una elección. Se sufre menos la soledad. Y ahí, paradójicamente, no solo mejora la vida personal sino también, como consecuencia, mejora la forma de liderar.
*La autora es experta en Terapia Transformacional Rápida.
- Temas
- Riqueza
- Empresarios






Dejá tu comentario