Recuerde a López Murphy flanqueado por Federico Sturzenegger y Daniel Artana (FIEL) en aquella foto de los principales medios del país y “los países serios”. Medio millar de personas ligadas al establishment, empresas privatizadas, multinacionales, sector servicios, ámbito bursátil y finanzas, brindaron su apoyo al plan económico del ministro de Economía López Murphy, basado en el recorte del gasto público y una reforma estructural del Estado.
Memoria activa 2001 (Parte 7)
El establishment aplaudió el plan económico del efímero ministro de Economía, Ricardo López Murphy. ¿Qué pasó después?
Los hombres reunidos en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, escucharon a López Murphy explicar el alcance de las medidas, y con posterioridad manifestaron su satisfacción. La exposición del Ministro de Economía, fue interrumpida en tres ocasiones por aplausos surgidos de la tribuna empresaria que respondió masivamente a la convocatoria del flamante y efímero equipo económico, del cual solo sobrevivió el impenetrable Sturzenegger.
COMO ENTENDER LA CASTA AUTOINMUNE
Mariana Heredia (2015) intenta comprender, a partir de una metodología sociológica y desde una perspectiva argentina, cuándo y cómo los economistas se convierten en agentes determinantes en la política.
Para la autora en la segunda mitad de los años 70 se yuxtaponen procesos y fenómenos que hacen posible erigir a los especialistas económicos en autoridades públicas: la inflación, por un lado, como un fenómeno que desbordaba la realidad, como una especie de flagelo; y por otro, las malas prácticas económicas y malas decisiones políticas por parte de las autoridades. Esto, junto al creciente reproche de la sociedad, reafirma a la ciencia económica en el lugar que estaba comenzando a ocupar.
Y así, los economistas se convirtieron en garantes de “objetividad” y “racionalidad”. Los expertos emprendieron en ese momento una función política en Argentina, y desde entonces pretenden hacerlo desde la racionalidad técnica. Pero no pudieron escapar, sin embargo, de los valores políticos en juego, de la misma construcción de esos valores y de la estructuración de la dinámica social; en el marco de esta tensión es que comienzan a establecer un “nuevo orden”, que no careció de errores y vertiginosidad.
Heredia logra interpretarlos como sujetos heterogéneos, compuestos de cientificidad, pero también insertos en una realidad que no sólo ayudaban a conformar, sino que también los atrapaba, una suerte de retroalimentación; la política de convertibilidad en Argentina fue ejemplo de ello, alzando su reputación primero y dejándolos caer después.
Para Plotkin y Neuburg (2014), en un trabajo enfocado a la historia del Instituto Di Tella, sostienen que la emergencia en Argentina de lo que denominan “una nueva elite intelectual-estatal” se da a partir de la década de 1950.
Este origen y evolución sería producto de dos procesos convergentes: por un lado, una demanda de “burocracia estatal modernizada”, con los nuevos requerimientos que imponía un plano internacional cambiante y la profundización de la presencia del Estado en el campo económico, y por el otro el desarrollo específico que tuvo “la economía como disciplina científica y de Estado” en Argentina, en el marco de la modernización e internacionalización de las ciencias sociales.
Así explican la capacidad de estos profesionales para constituirse como “especialistas formados específicamente para desarrollar su actividad cerca del poder” y a la disposición de éste, cercanía que puede validarse por crédito “en el plano académico o en el mundo de los negocios”.
La cercanía y el prestigio hace que ocupen también un lugar de intermediarios entre “el campo económico nacional y los flujos de dinero internacional”, ya sea cerrando o abriendo ventanas en el ámbito estatal e internacional. Aunque se considera que, debido a su posición, estos economistas no poseen demasiados estímulos “para realizar una inversión mayor en la construcción de instituciones estatales”, quedando por ende signados por una débil lealtad hacia los gobiernos (Plotkin y Neuburg, op. cit, p. 229). Es importante comprender cómo su participación contribuye a ciertos procesos estatales y a la evolución de los conocimientos disponibles en las ciencias sociales, en la disciplina y la sociedad.
En Argentina, para 1950 no se disponía de un buen reconocimiento exterior y los “discursos nacionalistas de Perón” no ayudaban: el país no había sido capaz de “establecer una colaboración amistosa con Estados Unidos”, pilar de la producción académica económica, y esto, de acuerdo a los autores, esto desarrolló “un interés mayor en formar elites latinoamericanas”, que fueran al menos receptivas y “eminentemente técnicas”, además de internacionalizadas.
Argentina no había adherido a los organismos financieros internacionales surgidos de Bretton Woods, a pesar de que en la región la presencia de ellas iba en aumento, especialmente como ámbitos de información y contactos personales. Y aunque contó con algunos aportes y un relativo avance en éste sentido, especialmente a través del entonces director de CEPAL Raúl Prebisch, y dado el interés de contar con “cuadros técnicos” ante las necesidades productivistas, sólo evolucionaría con mayor fuerza tras el golpe de estado de 1955 -llamado “revolución Libertadora”-, en la que se conformaría algo similar a una elite estatal técnica-, conformada por los economistas que habían comenzado a tener mayor autonomía académica y habían podido generar vínculos internacionales (Plotkin y Neuburg, op. cit, p. 231). ¿Recuerda a los alternados Alsogaray, Alemann, Martínez de Hoz, Krieger Vasena?
Continuará mañana.
Profesor de Posgrado UBA y Maestrías en universidades privadas. Máster en Política Económica Internacional, Doctor en Ciencia Política, autor de 6 libros. @PabloTigani
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