CUENTOS DE LA PANDEMIA es una sección de Ambito.com donde se publican cuentos breves, historias, relatos, crónicas o ensayos de ficción, vinculados a la pandemia del coronavirus Covid-19.
Cuentos de la Pandemia XXIII: "Descomunicados" (imagen Snowflake-art)
CUENTOS DE LA PANDEMIA es una sección de Ambito.com donde se publican cuentos breves, historias, relatos, crónicas o ensayos de ficción, vinculados a la pandemia del coronavirus Covid-19.
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CAPÍTULO I
El mensajito le llegó tres días después del llanto y la congoja de su madre.
No recuerdo cómo ni cuándo la conocí aunque, supongo, debió suceder poco antes de marzo, gracias a uno de estos sistemas cibernéticos. Un día cualquiera nos enganchamos. Ella recontra psicobolche, lenguaje complicado (lo que me atrajo hasta el orgasmo mental), yo peronista provinciano, vendedor en una empresa árabe de juguetes importados, Jujuy arriba, en plena Capital Federal ahora llamada CABA.
Desde ese entonces comenzamos una amistad en la cual, precariamente, nuestras vergüenzas hallaron un continente de adopción.
En lo relativo a las preocupaciones de la peste, cada cual cargaba con su cruz. A Julieta le obsesionaba el dilema del Zoom con la familia, con los afectos remotos a veinte cuadras o en otras provincias. Cualquier oportunidad era buena para charlar el tema.
- Fotitos móviles, Marcos, eso somos. Fotografías payasescas que se encuentran siempre a destiempo mintiendo novedades – enfatizaba - y cuando el otro se resuelve a hablar, dando motivos para la respuesta en medio de susurros, mascotas y cambios de camiseta del abuelo, la idea ya es ilícita. Son anticuados la alegría o el dolor. Sin embargo, es allí donde el círculo se abre; no una espiral, Marquito, un círculo al lado del otro. Todos reales pero ninguno cierto.
Yo hacía tremendo esfuerzo para comprenderla porque esos dilemas la inquietaban hasta el cansancio físico. Y me inquietaban.
En el laburo, en pleno quilombo pandémico, entraban su Whatsapp: no compran, bajales el precio; compran, subiles dos dólares sin IVA; se nos mete el competidor, ofrecele Batman de segunda sin caja.
- Marcos, escribió mi hijo menor ¿venís al departamento a conversar un rato?
Y allá iba yo violando la cuarentena, barbijo, alcohol en gel, lavandina al volante del Golcito. Era preferible -era necesario- sonreír, alimentar la nostalgia, re-encontrarnos en pacíficos espejos que nos copiaran sin parches, suavemente monótonos.
Aprendí vida con ella, no solo lenguaje… vida y contracara.
CAPÍTULO II
La tarde en que abordamos a fondo esta cuestión del aislamiento no fue una tarde más. Un cielo desconocido, rústico, suspendía nubes de calaveras, de lechuzas y lobizones, moldes que -ingenuos- creíamos no impresos en el cielo de antes. Desde Bluetooth, Paco nos concertaba, nos reunía y separaba al capricho de su juego de guitarra y en tanto la música subía por octavas tercamente puntuales, sólidas e imperfectas, Julieta fue bajando en el repaso, con la mirada colgando del balcón, de rodillas hacia el azul hollín, barbijo y gel.
Se levantó y vio el aparatito sobre la mesa del comedor; Roberto, su hermano mayor, le mensajeaba cada diez días exactos desde Cipolleti. Me lo mostró un instante con una irónica sonrisa desconfiada.
- Leelo bien, yo ya lo hice -dijo-, es casi lo único que nos queda.
Reconocí la foto del perfil en una esquina, la letra de Roberto era simpática o eso parecía, una de las tantas “por defecto”.
- Raro que aún esté aquí -dijo ella-, raro que no lo haya borrado como a los otros.
Sabía que no hablaba conmigo sino con otra Julieta, con aquella que detentaba un lugar privilegiado dentro de Julieta, celosa vigilante de sus sueños.
Arrebató el móvil de mis manos y releyó en voz alta:
- Nada importante -dijo-, lo de siempre: "... papá sigue molesto por no poder salir,laculpaesdelgobiernoperonistasdemierdabienlodicenclarínylanacion, pero -continuaba- de cuando en cuando se le escapa un gruñido orgulloso; mamá te escribirá clandestinamente a espaldas de papá quien, a su vez, sabe que mamá te escribe clandestinamente a sus espaldas. Ya sabés, el jueguito de los viejos..."
Apartó bruscamente el aparatejo y presentí que algo en ella luchaba por desenredar un empedernido bozal de la memoria. Volvió a leer: "papá molesto ... mamá clandestinamente ... a espaldas que sabe ... jueguito viejo..." Su recuerdo tropezó con un miedo obstinado que quiso distenderse, retroceder; Julieta no le dio tiempo.
- Mensajes, intercomunicados a pocas cuadras, barrios o lugares, mensajitos que podríamos estar charlando entre mate y mate,- repitió con voz demasiado aguda, como evocando un conjuro que, sensato, se negara a mostrarse.
- ¡¡¡Mensajes de muertos!!! - gritó de pronto, y el estómago me golpeó en la cabeza.
CAPÍTULO III
Julieta regresó a mi lado y pude seguir su pensamiento literal, ya no psicobolche, totalmente comprensible y sin alboroto ni misticismos, como si otra persona nos fuera dictando, decodificando el sentimiento.
- Covid antiguo, Marquito, muertos mucho antes del Covid! ¿Cómo no lo vimos venir? Virus milenario y sin vacunas que denuncia reproches largamente evitados, con sabor a bronca, hedor a furias contenidas, espantando la realidad como a un mal bicho con tal de sobrevivir en medio de la puta individualidad, el barcito, las Cruzadas, el joggin, la Inquisición, el gim, los desaparecidos... Exorcismo desbocado donde esconder amores u odios no resueltos.
Me escuché respondiendo sin querer hacerlo, la impotencia disputando a la tristeza los costados y rincones del escenario:
- Sí, virus necesario de código incompleto, aderezado para despistar al miedo: "... el Ruben enfermó con bastante fiebre, los médicos se lo llevaron a las tres de la mañana; no creemos que sea tan grave, la tele dice que no es para tanto...”
Mensajes de muertos, sí.
Muertos que comen, trabajan, se jubilan, rentan, son rentados, empiezan la escuela, la adolescencia por Zoom, amor de masturbaciones religiosamente aconsejadas en video llamadas. Muertitos que cuentan cómo y por qué compran seguros de vida o verdura de estación, envejecen, por qué y cómo miran televisión, opinan y se aplauden en foros de iguales, hacen pocas preguntas, por qué dictan sentencias totalitarias...
-...papá -decía Julieta- ¿cuándo murió papá por primera vez? ¿Cuántas veces?
A su padre lo habíamos eliminado cruzando una calle imaginaria bajo las ruedas de un imprudente colectivo; rodando distraído las escaleras de la Universidad o destrozado en alguna carretera a causa de una infortunada velocidad. Nunca por Covid.
Los rastreábamos en las páginas web; con sensual apetito pasábamos las crónicas policiales, los avisos fúnebres, las estadísticas, el rebrote, la noticia roja. Esperábamos el alivio, la confirmación. Descomunicados con amigos de Azerbaiyán, Brujas, Miami, Breslavia o Ámsterdam que asesinan con la misma técnica. Auténticos profesionales de la muerte, de lo innombrable, habíamos arribado a la consumación del crimen perfecto: sin armas delatoras ni cuerpo del delito nos matamos cada día para poder watsapearnos al siguiente ¿Qué muerte habremos sufrido nosotros? ¿Qué habrá ideado mi padre, EPOC e hipertenso, para mí?
Comencé a girar con la guitarra de Paco que giraba.
-... y en ese ínterin morirá mamá, Juan, Silvina, papá, Estela -proseguía Julieta-; seguiremos adelantando muertes cada vez más complejas a fin de no sufrir un funeral sin presencia. Y escribiremos tonterías profundas que serán tarde o demasiado temprano, o no serán.
Por un momento la razón se distrajo, una intuición grotesca nos ganó la boca e hicimos el amor sin estridencias pero con forro.
La lluvia, afuera, oscurecía el contorno de esta ciudad vieja, casi extranjera a pesar suyo.
EPÍLOGO
La noche en que su madre le dio el llanto y la noticia nos hallábamos en mi casa; incorregible transgresora de las reglas, en vez de Whatsapp fue un llamado telefónico.
Julieta sonreía con impetuoso dolor y el celu en una mano; preguntó un par de veces cómo fue, por qué no me avisaron. Cortó el llamado y sin mirarme dijo:
- Murió mi hermano: Covid, che... murió Roberto.
Fueron dos días de pésames y amigos virtuales.
Al siguiente, Julieta me aguardaba a la salida del trabajo con un mensaje en su iPhone. Me lo alcanzó con gesto repugnante y placentero. Le había llegado esa misma mañana pero los cortes de luz e Internet denunciaban un atraso de tres días, normal para el sur del país.
Era escueto porque: "... no quería contártelo antes para no afligirte y, aunque debilucho aún, ya puedo decírtelo: anduve un poco enfermo. Nada serio, che, quedate tranquila. Si te lo digo por Whatsapp es que no pasa nada. En el Hospital dicen que… y ..."
La letra de Roberto era simpática.
Para leer más Cuentos de la Pandemia:
CUENTOS DE LA PANDEMIA I: "Clase a distancia en cuarentena"
CUENTOS DE LA PANDEMIA II: "La Rabia"
CUENTOS DE LA PANDEMIA III: "Qué día es hoy"
CUENTOS DE LA PANDEMIA IV: "Retorcijones"
CUENTOS DE LA PANDEMIA V: "La casa de los sordos"
CUENTOS DE LA PANDEMIA VI: "El amante pandémico"
CUENTOS DE LA PANDEMIA VII: "WENYI"
CUENTOS DE LA PANDEMIA VIII: "La tormenta"
CUENTOS DE LA PANDEMIA IX: "Olivia tiene miedo a salir"
CUENTOS DE LA PANDEMIA X: "La selva que hay en mí"
CUENTOS DE LA PANDEMIA XI: "Como luciérnagas en el pulmón de manzana"
CUENTOS DE LA PANDEMIA XII: "Una excursión al mundo exterior"
CUENTOS DE LA PANDEMIA XIII: Despertarse cada mañana y preguntarse: ¿qué día es hoy?
CUENTOS DE LA PANDEMIA XIV: "La Cocina de Teresita"
CUENTOS DE LA PANDEMIA XV: "El ritual de la soledad"
CUENTOS DE LA PANDEMIA XVI: "Coronita"
CUENTOS DE LA PANDEMIA XVII: "Te quiero"
CUENTOS DE LA PANDEMIA XVIII: "En el Teatro, el show debe continuar"
CUENTOS DE LA PANDEMIA XIX: "El supermercado de zapatos"
CUENTOS DE LA PANDEMIA XX: "Suite presidencial"
CUENTOS DE LA PANDEMIA XXI: "El último vivo de los Rolling Stones"
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