Día del Amigo: ¿qué cambió de la amistad en pandemia?

Opiniones

La amistad no ha cambiado en sus lazos genuinos, sino que se han modificado sus prácticas.

El lazo de la amistad

En tiempos de zozobra de los lazos presenciales, amenazados por el aislamiento social, producto de la pandemia que nos toca atravesar, la amistad en su esencia no ha cambiado. La amistad se ha reforzado, cuando efectivamente había allí amistad. Y han caído aquellos lazos que parecían serlo, o bien eran incluso nominados como “amistad”, pero que no hacían verdaderamente honor a esa designación. La amistad supone la suspensión, al menos parcial, de las rivalidades, intentos de sometimientos, la pacificación de los narcisismos, la sublimación del erotismo y un acompañamiento significativo, especialmente en los momentos de soledad y dolor, por los que atravesamos los seres humanos, así como de la celebración por identificación, de los logros del otro. En tiempos de pandemia, y gracias a las tecnologías con que contamos en nuestra época, las amistades encontraron nuevos modos de darse y de sostenimiento mutuo, a pesar de las restricciones de contacto y de los denodados esfuerzos de aislamiento social preventivo y obligatorio.

En estos tiempos se ha transformado en una práctica habitual entre amigos, el saludo cotidiano a través de los grupos en redes sociales, al menos como un “santo y seña” matinal, que representa una “presencia” en momentos de intensa ausencia física, de alejamiento. La amistad no ha cambiado en sus lazos genuinos, sino que se han modificado sus prácticas. Las redes sociales cobraron una especial presencia mediatizadora para sostener el lazo a fuerza de “likes”, corazoncitos y publicaciones compartidas, no sin cierto toque melancólico en el recuerdo de fotografías de amigos abrazados “de las épocas en que no debíamos cuidarnos con barbijos y distancia social”, como rezaron muchos “posteos”. El alivio de cierta relajación de las medidas estrictas durante nuestro verano en el hemisferio sur, significó una dosis de reencuentros presenciales entre amigos, en cafés al aire libre y con protocolos, una bocanada de aire oxigenado para los intercambios simbólicos que la amistad supone, llevados adelante por unas semanas, en dosis bajas y en presencia.

El encuentro con lo otro del otro

La amistad implica un lugar especial de encuentro, que se remonta a la constitución del sujeto: desde el nacimiento, el ser humano necesita de un otro que lo asista ante su desvalimiento. Esto revela al Otro en una dimensión de “asistente”, un semejante auxiliador en su desamparo y un otro “rival”, un prójimo desconocido y repudiado. Entre estos extremos se dirime un amplio abanico de posibilidades y mixturas que constituyen el lazo social de los seres humanos. La amistad se ubica en un territorio de cierta horizontalidad, en que supone un refugio ante los vínculos verticales e intentos de sometimiento, en cada etapa de la vida y el desarrollo. Cada una de esas etapas está signada por pérdidas de diverso orden y el acompañamiento de los amigos es crucial para atravesarlas. La soledad -también inherente a la naturaleza humana- se hace más soportable gracias a la amistad, en los términos de las características planteadas más arriba. Estos territorios de pérdida y dolor psíquico involucran tanto el refugio entre amigos, tanto en las épocas de la escuela en la primera infancia, como en la adolescencia, la madurez y la vejez. Dadas las mentadas condiciones favorables necesarias para la amistad, se constituye ésta como un oasis en medio del dolor que producen los vínculos en el encuentro con el “prójimo”, ese otro que no es amigo y que despierta rivalidad, tensión y amenaza.

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De lo familiar y de la “familia elegida

Muchas veces se ha oído hablar de la amistad y los amigos como “la familia elegida”. Efectivamente hay algo que marca la dimensión de la salida a la exogamia en la amistad, vale decir, son los amigos quienes contribuyen a una saludable “salida” de la endogamia de la familia, para un encuentro con “otras tribus”, a través de ciertas “alianzas simbólicas” entre amigos. Esos amigos que contribuyen con soportar los dolores de la vida y son parte de la alegría por los logros propios, representan referentes simbólicos e identificatorios significativos. Esas amarras identificatorias, son las que nos permiten “sentir” con nuestros amigos, tanto dolores como alegrías, frustraciones como esperanzas. Todo el erotismo que subyace a los lazos amistosos, para poder sostenerse como tales, han de ser sublimados, generando esos lazos de ternura que inundan la amistad.

Ahora bien, las “familias elegidas”, en términos de las posibilidades que actualmente las tecnologías en términos de fertilidad y procreación ofrecen, abre una nueva dimensión al lazo de las amistades, que exceden lo que normalmente fue comprendida como tal. Hay un plus en la concepción de un nuevo ser con los materiales genésicos de un “amigo o amiga”, que abre una nueva y fascinante dimensión simbólica, montada en un elemento biológico, que funda un nuevo lazo que trasciende las meras sustituciones simbólicas y que asientan las bases de un intercambio concreto, del orden de los organismos, que da lugar a alumbramientos de nuevos seres humanos, como producto de esos acuerdos. Evidentemente hay una nueva dimensión simbólica que se genera en ese territorio, que desde la perspectiva psicoanalítica que estoy desarrollando, funda una nueva dimensión de la amistad. Tal vez no tengamos aún un nombre del todo adecuado para estas nuevas conquistas de la Cultura y la Civilización, pero hay algo que inauguran, seguramente apuntalados en un territorio de los amigos, alcanzando ahora una nueva dimensión, desde diversas categorías de análisis, en que pasan a ser ¿progenitores biológicos?, ¿donantes genéticos? Seguramente, si deseamos sostener la categoría de “amigos”, es con un plus a ser nominado.

Del “adentro” y el “afuera” en los vínculos de amistad.

En tiempos previos a las actuales tecnologías, cada vez que un sujeto ingresaba a su hogar, se accedía a un mundo íntimo, limitado por esas paredes, sostenido por ese espacio, y el mundo externo quedaba del otro lado de la puerta, en un afuera claramente delimitado, eventualmente atravesado por algún llamado telefónico, por el que se entraba en contacto, de modo acotado, con alguien del mundo externo. Las actuales tecnologías, hoy en día ya no tan “nuevas”, inauguraron una nueva dimensión, al estilo de una “banda de Moebius”, en que no hay solución de continuidad entre un adentro y un afuera. Esta nueva dimensión, fluidifica la circulación de la mayor de las intimidades hacia el mundo exterior y viceversa, desde el mayor encierro puede accederse a lugares insospechados del mundo exterior, incluidos tanto los rincones más alejados de nuestro propio planeta, como las transmisiones en directo desde la reciente exploración del lejano planeta Marte.

Vivimos en un universo simbólico que crea una nueva realidad, por encima de la realidad del encuentro físico. Es ello lo que permitió el sostenimiento y el contacto eficaz, a pesar del aislamiento físico, tecnologías mediante. La primera “conectividad” fue la de la identificación, aquella que permite comprender al otro, haciendo un trabajo mental inconsciente y comparativo de puntos de contacto, coincidencias y diferencias con el otro. La actual conectividad, la que nos permite el uso de los actuales dispositivos, constituye una dimensión de encuentro apoyada en un espacio isomórfico (similar) que es el universo simbólico en que el sujeto habita.

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En plena pandemia y aislamiento, los jóvenes han hecho nuevas amistades a través de plataformas de juegos, por ejemplo, en que amigos preexistentes han invitado a otros y así se han encontrado en un espacio virtual en que compartir experiencias sublimatorias, y con los que desarrollaron esas mismas condiciones que la amistad requiere para ser tal. La intimidad queda redefinida en términos de un espacio co-construido, entre un adentro y un afuera, donde la separación tajante queda definitivamente abolida.

Miembro Titular en Función Didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Profesor e Investigador de la UBA.

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