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Quien quiera abandonarlo puede hacerlo, pero sólo se llevará 96 centavos. No es el primer traspié en registros -la misma suba de tasas que provocó el Tequila disparó el antecedente señero en 1994-, pero es un estreno ingrato en una temporada con demasiadas novedades en cartel.
Altamente regulados, tutelados por la Investment Company Act de 1940 y las previsiones restrictivas de la regla 2a-7 en los EE.UU. y, en otros países, por normativas similares, los fondos comunes del mercado monetario deben invertir en activos de bajo riesgo, diversificados y de corta duración. Aun así no están libres de avatares.
Un temporal persistente -como el actual- logra, de hecho, salpicarlos. ¿Cuáles son las razones? ¿La comedia de enredos de los commercial papers? ¿El capítulo específico protagonizado por los fideicomisos (ABCP)? En forma directa, no. Muchos instrumentos, se dijo, no fueron renovados al vencimiento. Pero los bancos (o las compañías de seguros) contratados ex ante para proveer liquidez alternativa salvaron la situación. Canadá, se sabe, es otra historia. La extensión de los pagarés es, en casos minoritarios, una prerrogativa concedida al emisor hasta que se tranquilicen las aguas. En Canadá, la franquicia se tomó de prepo y no se arribó todavía a una solución definitiva. Pero esa es la excepción y no la regla.
Las acechanzas sobre la regla provienen de otro frente. Cuando se habla de los vehículos especiales de inversión -SIV-se enfatiza la espada de Damocles que pende -desde fuera de balance-sobre los bancos de primera línea. Sin embargo, queda en el tintero la realidad de que sus grandes inversores son, precisamente, los fondos comunes del mercado monetario. La idea de montar plataformas de arbitraje -pertrechadas con activos de larga duración-y financiarlas con papeles de corto plazo saca partido de la gran masa de recursos en poder de los fondos comunes, de su avidez por mejorar los rendimientos más allá de lo que es dable esperar en los confines estrictos del mercado monetario y de los huecos que deja la regulación.
¿Cómo defenderse y evitar sorpresas, sin renunciar a un activo atractivo por la doble combinación de liquidez y rendimiento? Los prospectos de los fondos -sus propias restricciones estatutarias -permiten discriminar los peligros. Allí se definen los tipos de riesgos en que pueden incurrir. No es lo mismo un fondo que sólo invierte en títulos del Tesoro o que no está autorizado a apalancarse que otro que goza de mayores libertades. Pero el análisis del prospecto no es el único filtro disponible. Ni siempre la opacidad de la letra chica es descifrable con facilidad. Por fortuna, la voluntad de los administradores de preservar su reputación es un factor importante. GEAM quebró la regla tácita del dólar, la mayoría de los jugadores preferirá no lesionar a la gallina de los huevos de oro. Sólo en EE.UU., los fondos comunes monetarios alojan 2,97 billones de dólares. Y así como nadie construye un supermercado sin dotarlo de estacionamientos, estos fondos son necesarios para soportar una estructura mucho más amplia y rentable de negocios. No debe sorprender, entonces, que Bank of America, por ejemplo, haya apartado 300 millones de dólares para preservar la regla del dólar en sus fondos, el trimestre pasado, y que sume ahora otros 300 millones. Firmas como Legg Mason, SEI Investments o Sun Trust Banks anunciaron -en forma oficial- políticas de similar tenor.
La quiebra de Cheyne Finance-Plc -junto con el alemán Rhinebridge, los dos primeros SIV en sucumbir-forzó a los tenedores de su deuda a absorber pérdidas tangibles. La suerte de los demás SIV -el valor de cuyos activos netos cotiza hoy a un descuento cercano a 30%- no resulta para nada indiferente a la industria de fondos. Se afirma que sus diez principales jugadores tendrían en cartera unos 50.000 millones de dólares de deuda de estos conductos. Obligaciones, por lo visto, ya no de «corto plazo». Aunque uno debería creer que con un estatus superior a las notas de capital. Así se entiende mejor la idea del « superconducto» -o megafondo- propulsado por los tres grandes bancos estadounidenses y el Tesoro. De ahí, que la iniciativa -pese a un mal bautismo mediático- prosiguiera su curso. Con seguridad, cuando finalmente se concrete, la industria de fondos será otro de los invitados sentados a la mesa. Es también su dinero el que está en juego.




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