Elección en EE.UU. no amigó al votante con la tecnología
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La elección en la cual George W. Bush (en la foto festejando) ganó un segundo mandato presidencial en los EE.UU. deja un cúmulo de lecciones que le sirven a la Argentina, que tiene mucho para aplicar en materia electoral.
Seguramente no, y allí está en parte la diferencia.
Los partidos, aunque fraccionados y llenos de matices, no se permiten disensos mayores a la hora de proponerle a la Nación un presidente. La opinión pública o, mejor dicho, «publicada», como dijera alguna vez un jefe de gobierno español, no vota.
Pocas veces, en la historia de los Estados Unidos, un candidato a presidente obtuvo la adhesión de tantos diarios y medios de comunicación masiva, entre ellos, los más influyentes del mundo. A pesar de lo cual, el presidente Bush fue acompañado por 286 electores y Kerry sólo por 252. La circunstancia es aun más clara si se observa que obtuvo cerca de tres millones y medio de votos más que su contradictor.
Cabe preguntarse entonces, ¿es esto una demostración de la falta de percepción de esos medios o se trata de la toma de posición pública ante las cuestiones que estaban en el centro de la campaña? Nadie puede afirmar que el resultado de los comicios era predecible, pero sería ingenuo creer que ninguno de los diarios en cuestión consideró siquiera la posibilidad de que el presidente de los Estados Unidos resultase reelecto.
Debemos concluir entonces que los medios no pretenden ya mostrarse «prescindentes» acerca del resultado de una elección y que no creen necesario mantener la percepción de objetividad de la que antes hacían un bastión de la libertad de prensa. Una prueba irrefutable en la que se asienta esta conclusión radica en el contenido de los editoriales de los días posteriores al 2 de noviembre, en los que se llamó insistentemente a la unidad del pueblo estadounidense, más allá de posiciones políticas antagónicas. No hubo pues errores de cálculo, sólo posiciones públicas que no llegaron a influir, en el grado deseado, en la sociedad norteamericana.
No todos los nuevos electores promueven el cambio. Vulgarmente suele afirmarse que los nuevos electores son detractores de los esquemas políticos instalados. Kerry se presentaba como «el cambio». En este caso, la excepción hizo la regla. El nivel de interés que despertó el proceso electoral y la marcha de descomunales estructuras destinadas a captar voluntades -que en nuestro país hubiéramos descalificado señalándolas como «clientelismo»- produjo que el número de ciudadanos que decidieron inscribirse para ejercer sus derechos electorales aumentara sensiblemente, alrededor de once por ciento.
• Confianza
Recordemos que el registro electoral no es obligatorio allí, como sí lo es en la Argentina y que gran parte de la población vive «a la vera» de la contienda política agonal durante toda su vida. Muchas son las explicaciones que se han intentado y otros tantos son los sectores que reivindican ese éxito.
Para tratar de entender tal comportamiento puede agregarse que no sólo se inscribieron «jóvenes» sensibilizados por el conflicto en Irak, sino también «padres de familia» de los estados centrales de ese enorme país que se parece a nosotros lo suficiente como para hacernos creer que lo entendemos, cuando en realidad eso nos excede.
Ohio no fue Florida. Todos esperábamos el conflicto en el estado que gobierna el hermano del presidente y donde se suscitó la controversia electoral más importante de la historia hace cuatro años, pero esto nunca sucedió.
El resultado en Florida fue muy favorable a Bush -52% contra 47%- y más allá de algunas inconsistencias técnicas que hubieran sumido en una guerra civil a cualquier país latinoamericano, entre ellas la « desaparición» de trece mil votos en una «urna electrónica» de última generación instalada en el condado de Volusia; todo resultó dentro de los parámetros esperables. Nadie estaba seriamente conforme, pues la diversidad de opciones técnicas utilizadas -más de cincuenta- dificultaba o aun imposibilitaba su auditoría, pero los números globales no eran lo reñidos que se auguraban y tal vez por eso la tensión se centró en Ohio.
Allí, y más allá de los tiempos que insumió el sistema de recuento y de la proximidad de los resultados obtenidos -51% a 49%-, sólo quedaron sin contabilizar esa noche los sufragios «observados», que no superaban en total 0,4% del cuerpo electoral, esa mínima cantidad, que no podría darle la victoria a Kerry, disipó rápidamente cualquier disputa.
La tecnología no es sinónimo de confianza. El sistema electoral es sólo eso, una construcción de confianza. Los Estados Unidos aprendieron esa lección pagando el mayor de los costos, pusieron en riesgo sus instituciones más preciadas para reparar errores surgidos de otro de sus orgullos, la tecnología. Por ese motivo, cambiaron normas y estándares convirtiendo el mercado tecnológico electoral en uno de los más competitivos. Hoy circulan en este medio no menos de mil millones de dólares en contrataciones estatales cada cuatro años. Sin embargo, todos los esfuerzos empeñados no reconciliaron a la ciudadanía con las « máquinas de votar». Allí donde el ciudadano pudo optar, lo hizo en favor de los métodos más tradicionales y eso justificó las enormes colas que estuvieron presentes en todos los noticieros del mundo. Sin embargo, los conflictos no estuvieron ausentes. En Pennsylvania, abogados republicanos presentaron una protesta relacionada con las urnas electrónicas instaladas en la ciudad de Filadelfia, aduciendo que antes de la apertura de los locales de votación, en la mañana del martes, había ya cerca dos mil votos registrados.
Nadie se arriesgó a ofrecer encuestas a boca de urna. La experiencia que dejó la noche en la que Al Gore fue presidente por algunas horas, sembró un sinnúmero de advertencias. Por ese motivo, esta vez las cadenas de televisión no se aventuraron a ofrecer proyecciones basadas en encuestas a boca de urna, hubo en los medios muchas y muy variadas fuentes de información pero todas vinculadas con el proceso de escrutinio. Reinaron la prudencia y un universo de datos parciales incomprensibles para el lego. Los resultados oficiales son, por cierto, más rápidos que los que ofrece nuestro régimen, pero también es cierto que no está contemplado un «escrutinio definitivo» como instancia de verificación no contenciosa del resultado.
En otras palabras y como conclusión, hemos visto desarrollarse las elecciones más costosas y muy probablemente más tensas de la historia contemporánea de Occidente. La clave de su éxito no ha radicado en las normas que las regulan ni en los fantásticos medios técnicos puestos a su servicio, sino en la cultura cívica y política del pueblo norteamericano, que asumió con igual convicción el interés en participar, la confrontación política, y el acatamiento a un resultado, en algún punto, difícil de explicar más allá del imperio.
(*) Ex juez federal, ex diputado nacional y ex secretario general de la gobernación de la provincia de Buenos Aires.




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