La renuncia de Carlos Mesa ha desatado una avalancha de interpretaciones de lo más eruditas acerca de la complejísima interna sociopolítica boliviana. Que Evo Morales se va a oponer a que se acepte la renuncia para no aparecer como un golpista, como cuando voltearon a Gonzalo Sánchez de Lozada. Que la alarmante expansión del indigenismo politizado ya retumba en Ecuador y en Perú. Que el crecimiento de cocaleros e indigenistas favorece a la expansión regional del chavismo. Que Mesa está atrapado por la pinza del oriente gasífero y petrolero de Santa Cruz de la Sierra, por un lado, y la izquierda de Morales, Felipe Quispe y Abel Mamani, asentadas en el alto occidente minero, por el otro. Que el chauvinismo antichileno está creciendo para torpedear la exportación de gas. Que la casi triplicación del porcentaje de las regalías por el subsuelo es inminente. Que, en un país riquísimo, 70% de su población vive casi como en Haití. Que las fuerzas armadas apenas pueden sostener la institucionalidad. Que la sociedad boliviana está harta de los partidos tradicionales y busca nuevas alternativas como recientemente en Uruguay, etc., etcétera. Si uno consigue no enredarse, conviene seguir el proceso de fondo que corre por debajo de esas anécdotas. Proceso profundo que nos toca a todos, también a los argentinos. Ese proceso pasa por la vigencia de la democracia. En los años '80, todos celebramos su reinstalación, que fue algo fantástico. Pero lo exageramos. Muchos creyeron que bastaba con tener democracia y todo lo demás vendría por añadidura.
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Desgraciadamente, no fue así. No es cierto que con la democracia se cura, se come y se educa. La democracia es lo mejor. Pero no basta. Si queremos progresar, además de la democracia, hay que hacer otras cosas. Las mismas cosas, las mismas políticas que hicieron crecer a países que nos tocan tan de cerca como España o Italia. O, aquí nomás, a Chile. O Irlanda, o Nueva Zelanda. Hay muchos ejemplos. Pero esas políticas, por ser estructurales, toman tiempo. Diez, quince años. Y en América del Sur ninguna política dura tanto. Cambian los gobiernos, y cambia todo. A empezar desde cero, ya que el que viene arrasa con lo que hizo el anterior. Sin embargo, hay tres países en los que las cosas no suceden así: cambian sus gobiernos, pero las políticas permanecen. Y no es casualidad que a esos tres les va mucho mejor que al resto. Esos tres países son Chile, Brasil y Uruguay. En Chile, ya van tres gobiernos democratacristianos y socialistas seguidos que continúan aplicando políticas iniciadas veinte años atrás. El presidente Ricardo Lagos es socialista, de formación marxista, pero no demoniza a la globalización, sino todo lo contrario: ha firmado un tratado de libre comercio con EE.UU. que en otras partes ni lo hubieran soñado. Lula da Silva proviene también de la ultraizquierda, pero continúa las políticas económicas de Fernando Henrique Cardoso y acentúa su giro hacia el centroderecha y la apertura al mundo. El discurso de asunción de Tabaré Vázquez ha sido un modelo de moderación, y su ministro de Economía es Danilo Astori.
Son tres países vecinos que entienden cómo funciona el mundo, como hace rato lo han entendido la China comunista y la siempre contestataria India, hoy embarcadas a pleno en la globalización. ¿Y por qué sucede esto?, ¿por qué Chile, Brasil y Uruguay pueden cambiar gobiernos, incluso entre partidos muy opuestos, muy diferentes, y sin embargo, las políticas permanecen estables? Porque tienen un acuerdo básico. Porque, además de democracia, tienen políticas de Estado, cimientos para mantener constantes a las políticas más gravitantes, que son la económica y la política exterior. Si ese acuerdo básico no existe, nunca conseguiremos progresar, por más que tengamos democracia, votaciones, senadores, diputados y miles de concejales y un ejército de lucientes servidores públicos.
La democracia sola no alcanza. Lo malo es que quien termina pagando el pato es justamente la democracia. Cualquiera puede entrar por Internet en las encuestas de Latinobarómetro y comprobar que ya son mayoría los latinoamericanos que aceptarían perder la democracia a cambio de prosperidad económica. Y eso es caldo de cultivo para el totalitarismo. De izquierda o de derecha. Da lo mismo: es una película que nosotros ya sabemos cómo termina. (*) Ex vicecanciller argentino.
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