La peste y el derrumbe de los mercados

Opiniones

La crisis del coronavirus se está transformando en un duro golpe para la economía global y amenaza con una recesión pocas veces vista en el último siglo.

"Todas las desgracias de los hombres provienen de no hablar claro."

Albert Camus, La Peste

La crisis del coronavirus se está transformando en un duro golpe para la economía global y amenaza con una recesión pocas veces vista en el último siglo. A su vez bolsas, acciones, bonos, petróleo y otros activos, prolongan un repliegue que no se recuerda desde los peores días de la gran depresión de 1929, a punto tal que el mismísimo Wall Street se ha visto obligado a suspender en varias oportunidades su cotización para evitar operaciones de pánico, mientras que los anuncios de nuevas medidas de liquidez de la Fed y del BCE, si bien atenuaron en algo la situación, muestran a las claras un agotamiento de los instrumentos tradicionales de intervención.

De esta manera la respuesta ante los efectos del coronavirus por parte de los organismos citados en cuanto a la compra de más deuda e inyección de liquidez no sólo no han producido el efecto esperado, sino que ha empeorado la situación; los mercados –sin duda- esperan mucho más. Parece evidente que la política monetaria convencional -que bien puede ser necesaria- ya no es suficiente en esta ocasión, poniendo en evidencia la necesidad de respuestas más creativas, con más opciones, que busquen ampliar el menú y aplicar con diligencia un potente plan de choque fiscal. De no ser así el riesgo de caer en una depresión económica de magnitud es cada vez más cercano.

Hay coincidencia entre analistas e inversores de que la única alternativa posible para salir de la parálisis es la política fiscal, siendo aquí donde se necesita, no sólo de la Fed y del BCE, sino de una respuesta globalizada. El problema es de tal dimensión que de no asumirse el quiebre -de no reaccionarse en tiempo y forma-, bien puede devenir en un colapso económico generalizado. Es un momento de esos en los que hay que ir directamente al punto, añadir nuevas líneas de defensa y hacer de la política fiscal una parte explícita y contundente de la respuesta. No hay tiempo que perder: es hora de desplegar todo el potencial sin escatimar la carga, que debe ser suficiente y efectiva.

Esta peste que nos toca vivir traza un antes y un después no sólo en lo económico, sino también en lo social, en lo político, en lo cultural y, en fin, en la diversidad de los aspectos de nuestra historia cotidiana. Sin embargo, no somos pesimistas: los países antes temprano que tarde están tomando las medidas adecuadas y posibles, y las crisis han actuado siempre como catalizadoras, mientras los seres humanos hemos sabido sacar los recursos que nos han permitido continuar construyendo nuestra historia.

Entonces, ¿qué tiene que ver la peste con los mercados bursátiles?

Mr. Market es un hombre que apuesta en estos mercados motivado por el pánico, a veces por la euforia y otras por la apatía. Se trata de un personaje imaginado por Benjamin Graham en su libro "El inversor inteligente" de 1949, hoy un inversor bipolar que pasa súbitamente del optimismo al pesimismo. La metáfora le permite a Graham decir que en el corto plazo las bolsas se comportan como Mr. Market: reaccionan con una emocionalidad incontrolada ante las malas y las buenas noticias, haciendo que los mercados suban y bajen como si se tratara de una montaña rusa. ¿No es algo así lo que estamos viviendo, expectantes?

Una acelerada propagación del coronavirus y la caída del precio del petróleo se han visto reflejados en los mercados, extremadamente volátiles. Hace algunos días atrás, Wall Street caía más de 7,5% en la peor jornada bursátil desde la crisis de 2008, en tanto que el día siguiente subía 4,9%, animada por el anuncio de medidas de estímulo económico por parte de Donald Trump.

Un factor clave para el precio de las acciones son las expectativas, vale decir lo que los inversores creen que puede ocurrir en el futuro. En el caso de las bolsas, hay millones de personas que opinan sobre cuánto vale una empresa y, por lo tanto, el precio de sus acciones. Al final se llega a una especie de consenso respecto al valor de una compañía, pero es un consenso que cambia segundo a segundo. Y lo que vale una empresa que opera en bolsa (según la opinión de los inversores) es lo que determina el precio de las acciones.

Una acción es una participación en la propiedad de una empresa que ha salido a la bolsa como una forma de conseguir financiamiento, especialmente cuando tiene planes de expansión. Cuando compramos la acción de una compañía, es porque creemos que a la empresa le irá bien y recibiremos dividendos o incluso un precio más alto por nuestras acciones. La clave está en qué momento conviene comprar y cuándo conviene vender. Y ahí es donde, además del análisis técnico sobre la salud financiera de una compañía, entra en juego el factor psicológico ya que las bolsas se mueven en relación con las expectativas de las personas.

Resulta pertinente saber también –muy especialmente en momentos como estos- que se puede invertir en índices bursátiles, conjuntos de acciones de distintas empresas usados como referencia. Un índice bursátil tiene un valor numérico, que se calcula según el precio de mercado de cada una de las empresas que lo componen y bien puede representar la evolución de las acciones de un determinado país o sector.

Ahora bien, ¿por qué se desploman las acciones como nos está ocurriendo en estos últimos días? Si los mercados bursátiles tienen que ver con las expectativas y psicología de una sociedad, en una situación de pánico o estrés financiero tal como la que estamos viviendo, es de suponer que los interesados en comprar querrán hacerlo a un precio muy barato, mientras que los interesados en vender estarán dispuestos a hacerlo a cualquier precio. Así, en medio del juego de la oferta y la demanda, los compradores aprovechan la oportunidad de los precios bajos y la cotización de las acciones se hunde.

Empero, en el largo plazo el precio y el valor real de la acción siempre tienden a encontrarse, razón por la cual es bueno en momentos como estos centrarse en este horizonte temporal. El corto plazo está muerto para el común de los mortales, para los inversores de carne y hueso como Warren Buffett. Es aquí donde se contradice la predicción de Keynes, elaborada para una situación y contexto disímiles: “En inversiones en el largo plazo estamos todos vivos”.

La peste será, como todas a lo largo de la historia, una geometría efímera. Las inversiones, un ajedrez insenescente.

Autores: Dr. Aldo Lozano, docente y director académico de la Diplomatura en Asesoramiento Financiero (Universidad Blas Pascal) y Dr. Manuel Lozano Gombault, asesor de cátedra Coaching Financiero.

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