El coronavirus tiene película propia: ¿y dónde está el Estado?

Opiniones

Muchos de los que contamos algunas décadas en nuestro haber, hemos disfrutado la sátira cinematográfica ¿Y dónde está el piloto?, la cual se desarrollaba en un avión y en donde ambos, piloto y copiloto, se habían intoxicado y no había quien aterrizara la aeronave.

Muchos de los que contamos algunas décadas en nuestro haber, hemos disfrutado la sátira cinematográfica ¿Y dónde está el piloto?, la cual se desarrollaba en un avión y en donde ambos, piloto y copiloto, se habían intoxicado y no había quien aterrizara la aeronave. Un atinado paralelismo con la actualidad global, donde una pandemia inhóspita ha desnudado no solo las capacidades o incapacidades de los gobiernos de turno, sino también lo lábiles e inefectivas que son ciertas ideologías de gran exposición mediática. Ni que hablar de su dudosa moralidad.

Pero primero debemos diferenciar la coyuntura de la pandemia con el escenario de crisis sistémico, altamente dinámico y con altibajos en cuanto a su profundidad: hace décadas que vivimos un proceso de creciente desigualdad socio-económica global, acompañado por un irrefrenable deterioro medioambiental. La pregunta lógica que nos deberíamos hacer es por qué no ha desatado ello un punto de inflexión – o mejor dicho reflexión -, como esta pandemia del Coronavirus que ha ‘movido el avispero’ de las ciencias sociales.

Por un lado, simplemente porque en los dilemas histórico-estructurales ‘todo pasa’, los problemas se suavizan con un buen partido de futbol por televisión, unos mates en familia o un asado con amigos; o sea, nada que la mayoría de los argentinos no pueda hacer. Por otro lado, existe un proceso de normalización de la situación: es lo que nos tocó, podría ser peor, poseo bienes no materiales como el afecto de quienes me rodean. Por último, vivimos bajo el ‘poderío mediático’ promotor de una lógica que pregona el esfuerzo individual que dictamina los bienes que poseemos, que la polución y las pandemias han existido y existirán siempre, o que cada uno debe ser feliz con lo que tiene.

Sin embargo, la característica de esta pandemia es que es horizontal e inter-clasista, tanto en términos inter como intra-nacionales. En cuanto a lo primero, los potencias desarrolladas de occidente esta vez no han podido demostrar su superioridad en tanto a la capacidad de respuesta ante la pandemia y ningunear, como lo han hecho a lo largo de la historia, al resto del mundo en inferioridad de condiciones: que el Ébola ocurrió por la falta de higiene africana, que el quiebre financiero que impactó en el sistema de salud griego se debió a sus ‘vagos’ ciudadanos, o que los corruptos gobiernos latinoamericanos siembre se ‘robaban’ los recursos destinados a la vital infraestructura sanitaria.

Por su parte, fronteras adentro, un sistema desbordado para toda la ciudadanía no deja un gran margen de resguardo en términos de salubridad para las clases que suelen ser privilegiadas a la hora de la atención. Solo cuentan con una ventaja, no menor: la suficiente espalda económica para soportar una larga cuarentena en el confort de sus hogares.

En este sentido, no podemos dejar de destacar la siempre presente ‘puja de intereses’, en la cual mientras las mayorías – incluidas las Pymes, los profesionales, los que viven de la economía informal – intentan desesperadamente capear una caída sustancial de la economía real, las elites económicas buscan socializar una crisis de enormes magnitudes: ya sea con pedido de socorro/subsidios al gobierno, o buscando una reducción salvaje de costos – por supuesto despidiendo personal a mansalva, como lo ha realizado recientemente la empresa más relevante de la industria nacional -.

Un caso emblemático es el de la más grande compañía chilena de aviación, la cual, luego de ‘pelear a muerte’ las paritarias con sus empleados – aun cuando han tenido ganancias corporativas extraordinarias con una utilidad neta de 310 y 190 millones de dólares en 2018 y 2019 respectivamente -, ahora le ruegan a sus trabajadores ser socios cómplices en las pérdidas.

Dado el escenario descripto, en lo único que hay unanimidad al día de hoy en la consideración global, se puede resumir en una pregunta. ¿Y dónde está el Estado? O mejor dicho, podríamos intercambiarlo por una exclamación, dado el requerimiento pragmático de una coyuntura que asfixia: ¡Quiero más y mejor Estado! Aunque es difícil reflexionar en momentos en donde prima la necesidad de actuar con rapidez, estos son los contextos diferenciadores en los que el análisis ideológico nos da muestra de su verdadera utilidad.

No voy a poner el foco en los ya desaparecidos anarquistas, que con el crecimiento demográfico se vieron obligados a recluirse, diluidos en reclamos particulares, bajo otros posicionamientos ideológicos. Pero si me voy a referir a los tan mentados liberales, que han denostado cualquier tipo de política gubernamental activa bajo la harto conocida discursiva del gobierno corrupto e ineficiente en su totalidad – cuando no el famoso, ¿Y dónde están mis impuestos? -, y al día de hoy han quedado semi-enmudecidos ante el crecimiento exponencial del Covid-19.

Hasta los gobiernos más conservadores han desempolvado los libros keynesianos para realizar desesperadas políticas fiscales y monetarias expansivas para el durante y la post-pandemia. Aquellas que no solo financian las variables básicas para el funcionamiento de una sociedad, sino que además inyectan recursos económicos para el más eficiente accionar del sistema público de salud, promueven la investigación y desarrollo para detectar los enfermos y encontrar las vacunas, dotan de medios a las fuerzas de seguridad para hacer cumplir la cuarentena, y hacen posible el despliegue logístico de las fuerzas armadas para con el abastecimiento de insumos a lo largo y ancho del país; en definitiva, los héroes anónimos que representan a un Estado que, ni más ni menos, debe hacer cumplir el contrato social y, en este caso de zozobra particular, debe velar con vehemencia por la salubridad de toda la población.

Los neoliberales podrán responder que está situación de pandemia es una ‘excepcionalidad’ y que, una vez que finalice la pandemia, todo vuelva a la ‘normalidad del mercado’. Y podrían citar el ejemplo de Australia: luego de la crisis financiera global del año 2008, el ejecutivo decidió realizar enormes inversiones en infraestructura y el otorgamiento de créditos hipotecarios y productivos con una enorme flexibilidad para salir rápidamente de la crisis. Y una vez que pudieron capear el temporal, volvieron a dejar en manos del sector privado gran parte de su per se orden ‘liberal’.

Como diría algún fanático de los fierros, los grandes corredores se conocen en los circuitos con curvas sinuosas, y no en las rectas donde saca ventaja el que posee el mejor auto. En este sentido, es el Estado el que siempre está en los momentos difíciles, y tomando el ejemplo previo, fue en su momento el gobierno australiano el que comandó la situación, y no el mercado. Como pasó en el crack de 1929’, la crisis financiera de 2008’, etc.

Sin embargo, este no es el punto más importante para rebatir las ideas neoliberales. El argumento central es que la defensa del interés colectivo se construye a lo largo del tiempo y no de un día para el otro, como nos han acostumbrado los fondos especulativos que realizan rápidos movimiento para lograr un alto rendimiento de corto plazo. La infraestructura necesaria para el desarrollo tecnológico, la educación colectiva de calidad para una sociedad pensante, o la investigación vinculada a la producción que mejore la calidad de vida, no se construye en 1, 5 o 10 años; requiere décadas de trabajo de un gobierno, para y por el bien común.

Nadie niega que el sector privado también trabaje a la par, colabore, asista ante la crisis que todos estamos padeciendo. Algunos cederán partes de sus ganancias, otros apelarán a la Responsabilidad Social Empresaria, la mayoría solo intentarán mantenerse a flote, y algunos les pagarán los sueldos completos a sus empleados. Pero seguramente no en pocos casos, los que puedan intentarán aprovechar este momento de incertidumbre y temor para sacar su ‘tajada’ económica en beneficio de su propio negocio. Por ello debe quedar claro que la diferencia es que su objetivo es el lucro, y no el estar preparado para salvar la vida de toda una sociedad. Y esto no va a cambiar porqué es el per se de la lógica que fomenta el éxito individual como propósito previo al derrame de riqueza y el bienestar colectivo.

Para otra ocasión quedará analizar el porqué del ‘triunfo simbólico’ contra el virus de los Estados paternalistas, controladores y desarrollados, como es el caso de China, Corea del Sur o Japón; el futuro de las relaciones inter-estatales con la preeminencia del ensimismamiento y la escasa cooperación inter-estatal como eje (como gran ejemplo tenemos el caso de la Alemania de Ángela Merkel, quien prohibió de cuajo cualquier tipo de exportación de equipamiento médico); el posicionamiento ante la puja distributiva (con la marcha atrás de Jair Bolsonaro incluida, quien ante la presión ciudadana en horas tuvo que anular el decreto que permitía a las empresas dejar de pagar cuatro meses de salarios); o el venerar fanáticamente al ‘dios capitalismo’ ("El cierre de la economía de EE.UU. puede causar más muertes que el coronavirus", en palabras de Mr. Donald Trump).

Lo que no ha dejado ninguna duda esta lucha contra el Coronavirus es la vitalidad y el rol trascendental del Estado. Y como contrapunto, la pérdida de argumentación de los que viven aborreciéndolo. Ahora es tiempo de mirar hacia adelante, pensando solo en generar las herramientas y capacidades para hacerle frente a esta pandemia. Pero cuando todo esto termine, debemos tener la suficiente memoria histórica para sentar las bases de una racionalidad futura que nos permita estar mejor preparados para, dios no quiera, tener que enfrentar una próxima pandemia.

* Economista y Doctor en Relaciones Internacionales. Autor del Libro “La Sociedad Anestesiada. El sistema económico global bajo la óptica ciudadana.”

Twitter: @KornblumPablo

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