Recomendaciones que surgen después del default argentino
El ministro Lavagna, a través de la agencia «Reuters», aconsejó una serie de cambios que deberían introducirse a futuro para eventuales default. Propone que informes del FMI se hagan públicos, pero en realidad en su gestión utilizó la potestad que tiene el país para que ello no suceda. Propone un tratamiento diferencial para pequeños bonistas, lo que es adecuado, pero imposible de poner en práctica -el ministro lo sabe- por la equidad que se requiere en materia legal. Además, ¿hasta qué monto se es «pequeño bonista»? Siempre será arbitrario. Critica al FMI por acreedor privilegiado, pero es el único que presta a tasa baja y cuando nadie lo hace. Si después se malutilizan los fondos, ya es culpa de los gobiernos. Pide poner trabas a fondos buitre, lo cual es necesario, pero también muy difícil de efectivizar en lo legal. Esta es la visión del ministro de Economía.
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5) El punto anterior debería complementarse con el criterio de dar un trato diferencial y menos preferente a quienes hayan adquirido los créditos después de situaciones de default abierto.
Estos tres últimos criterios tienen que ver claramente con la naturaleza de los inversores y, por ende, con su diferente comportamiento durante procesos de reestructuración.
• Obstáculos
En muchos casos quienes más obstaculizan los procesos de reestructuración son, precisamente, los que buscan ganancias extraordinarias, rápidas, que cuentan con capacidad de análisis e información asimétrica (privilegiada) y que tienen capacidad de influir y hasta de presionar a los deudores soberanos. La defensa de los intereses de estos grupos suele ir en contra de los inversores más estables y de menor tamaño y, por ende, en contra de un desarrollo estable del mercado.
6) La ambigüedad aún existente sobre la existencia o no de «bailout» debería, por lo menos, contemplar criterios diferentes con los que juzgar la reestructuración según estos apoyos existan o no.
La Argentina que en medio del proceso de recuperación ha hecho pagos netos por más de 9.000 millones de dólares tiene una clara experiencia de cuán diferente es reestructurar cuando hay fondos frescos o, como en este caso, cuando no los hay.
Pretender que el mismo criterio sirve para los dos casos no tiene sentido económico ni ayuda a normalizar los mercados. Las finanzas globales tienen mucho que ganar si se avanza en estos criterios en el marco de dos principios generales:
La buena fe requiere que el acreedor no prometa aquello que sabe que no podrá cumplir.
Requiere igualmente que las reestructuraciones sean sustentables y no meros «mecanismos de escape» de acreedores que cuentan con información y poder asimétrico.




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