Retenciones: todo lo que se pierde
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Porque la menor demanda de los sectores no comerciables se ajusta con menor oferta e ingresos, un proceso iterativo propio de los multiplicadores. En cambio, los sectores comerciables impactan el saldo de comercio internacional. Lo que salvó del derrumbe de la demanda fueron las reservas del BCRA y la decisión de usarlas para atemperar las consecuencias. Al vender los dólares que le solicitaban, al tipo de cambio respectivo, financió la salida de capitales y atenuó la intensidad de la contracción de la demanda interna.
Otra forma de exponer las alteraciones es concebirlas como una variación del crédito. Los operadores recortaron el crédito concedido al país, para expandir colocaciones en el exterior. El BCRA satisfizo parcialmente ese cambio de portafolio al vender las divisas demandadas, en el mercado contado y a futuro. De no haberlo hecho, las consecuencias hubiesen sido demoledoras, pues la reversión fue de 12% del PBI. El resto impactó en las cotizaciones de los bonos, acciones, propiedades y otros activos en el país.
En contraste, durante el tercer trimestre de 2007, el BCRA vendió divisas al contado por 202 millones de dólares. De modo que el impacto de la reversión de las compras de divisas sería mucho menor y la contracción de la demanda global se atenuará marcadamente, el próximo trimestre, de no mediar otros chubascos. Por desgracia, la volatilidad de los commodities y los mercados de crédito mundiales podría afectar nuestra coyuntura desfavorablemente. El conflicto con el campo podría reactivarse u otro epicentro surgir.
Las retenciones móviles implican una expropiación encubierta, que el Estado puede agravar aún más por conveniencias políticas, sin aviso previo ni reglas previsibles. Sabemos que, a mayor riesgo, menores incentivos y producción. Anticipamos la aplicación de técnicas menos costosas e intensivas en el agro. La producción agraria exportable será inferior a la posible de haberse mantenido las retenciones anteriores. A mediano plazo, una retención de 47%, contra una de 35% resultaría en una contracción de la producción de 30%. Los actuales 95 millones de toneladas de cosecha constituirán un techo inalcanzable durante la vigencia de la 125. Como mostró Laffer, a mayores tasas impositivasno se corresponden mayores recaudaciones. Las retenciones constituyen un fuerte aliciente a producir para el mercado interno y un castigo a las exportaciones.
Hay otras pérdidas. Durante el conflicto, el Estado suspendió embarques, lo cual disminuyó la confianza en la provisión de bienes agropecuarios de procedencia argentina. Los compradores sufrieron costos por los incumplimientos. Ahora, los granos y oleaginosos embarcados desde la Argentina valen menos que los de otros orígenes. Además, los productores deben soportar el encarecimiento de la comercialización impuesto por la ONCCA, con sus reglamentos y prácticas. La brecha entre los valores fas y los efectivamente pagados en el mercado local agrega 5 puntos porcentuales a las retenciones de soja. Otra pérdida de ingresos de los productores.
El agro provee 60% de las exportaciones, en forma directa o a través de las manufacturas de origen agropecuario. Las demás actividades requieren importaciones y pagos externos que, sin el campo, no serían posibles o insumirían recursos más onerosos. Además, los productores nacionales son los más eficientes del planeta; ningún otro sector agropecuario sobrevive con gravámenes tan elevados. En la Argentina, ninguna otra actividad económica genera tan considerable productividad, medida en términos internacionales. El campo aporta mucho más que puestos de trabajo a los ingresos de los argentinos.
La Justicia de la ley proyectada despierta dudas graves. Por un lado, sanciona un impuesto que no es uniforme en todo el país, como exige la Constitución, art. 75. Además, el porcentaje de retención podría ser juzgado confiscatorio. Por otro lado, las retenciones móviles instituyen un mecanismo de expropiación encubierta, a favor de particulares, violatorio de la Constitución. Pero la falla principal está en que el Estado absorbe cada vez más recursos y no mejoran los servicios públicos. Ello enerva los derechos de propiedad de todos los habitantes. Entre 2002 y 2007, el PBI creció 160%; y el gasto público, 276%. La presión tributaria pasó de 20,3% a 29,4%, en 2007, y sigue en ascenso.




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