Comenzó la guerra oficial contra la inflación. La decisión del Banco Central Europeo (BCE) equivale a una declaración formal. Pero, a fuerza de ser sinceros, las hostilidades se iniciaron mucho antes. ¿Quién abrió el fuego? ¿La institución que preside Jean-Claude Trichet con la modesta (y anunciada) suba de un cuarto de punto de la tasa de refinanciación que la deposita en 4,25%? ¿O fue la batería incesante de aumentos de los precios de la energía y los alimentos? Mientras en los últimos once meses los bancos centrales se prodigaron en contener, a duras penas, los desbordes de la crisis financiera, el petróleo multiplicó sus cotizaciones por dos (en dólares). Ayer mismo, el crudo encabezó desafiante el comité de recepción. Clavó un nuevo récord absoluto (nominal y real) de 146 dólares por barril.
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El BCE había prometido, un mes atrás, quebrar la tregua de un año de inacción. Y cumplió con su palabra. No debe haber sido una decisión fácil. Nunca es bueno exigirse en el combate a dos frentes. Ya en agosto el BCE planeaba conducir sus tasas al peldaño de 4,25%. Lo insinuó, pero no lo pudo concretar: el súbito estallido de la tormenta financiera lo obligó a cambiar de prioridades. En vez de restringir liquidez, hubo que ofrecerla de apuro y sin mirar a quién. A esta altura, las vicisitudes del crédito permanecen sin solución definitiva (lo sabe bien el BCE, que todavía asiste a los bancos, once meses después, sin poderlos desconectar de las líneas de financiamiento excepcional de corto plazo). Para peor, la economía de la zona del euro se debilitó.
Países emblema del éxito de la integración regional, como Irlanda o España, pasaron de la lozanía a un frenazo brusco. Es un cliché que los políticos aborrecen de las subas de tasas pero, esta vez, hay que reconocerles el motivo de sus quejas: la crisis los dejó con un mísero tenedor y el BCE les derrama un plato de sopa caliente.
A diferencia de Napoleón cuando lanzó la campaña de Rusia, a Trichet no lo moviliza la ambición. No busca, con este segundo frente, ganar nuevos territorios para su Imperio.En apariencia, su aspiración debería conmover por lo modesta: el BCE apenas procura recuperar la estabilidad de precios que, antes de la crisis, daba por sentada. Los estatutos que lo rigen demandan una inflación minorista levemente inferior a 2%. Y tal es el promedio de los últimos diez años. Pero, maniatado por la zozobra financiera, el fuerte encarecimiento de la energía y los alimentos, llevó la cuenta a límites cuestionables. La estimación de junio -un hostil 4%- resulta difícil de ignorar.
La guerra contra la inflación -cuando ésta deriva del desbalance de oferta y demanda mundiales de energía y alimentos- debiera ser una guerra de alianzas. Así, más de 30 bancos centrales de la periferia están embarcados ya en contener sus propias desventuras con los precios. A la sazón, la pujante demanda de China todavía persiste pero la de la India se descascara con rapidez. Lo mismo parece respirarse en la plaza siempre traicionera de las monedas. La idea de un entendimiento entre los países del G-7 (con precisión: la noción de que los EE.UU. ya no son indiferentes a una caída renovada del dólar) evitó una masacre obvia. Nadie diría que las turbulencias financieras se encresparon de nuevo si sólo abrevara en los mercados de divisas: el consabido baño de sangre con el dólar no se produjo. Ni cuando el BCE adelantó sus intenciones ni ayer, cuando las ejecutó.
Preferencia
Que Trichet confirmara, después de la suba de un cuarto de punto, que la política monetaria del BCE carece de «sesgo» significa que la institución no planea repetir su acción la próxima vez que se reúna, en agosto. Concuerda con la preferencia histórica del BCE por la cocción a fuego lento: gradual pero sostenible en el tiempo. Sin embargo, pensar que su faena concluyó sólo porque la entidad saltee un ajuste en agosto sería apresurarse. Lo que el BCE ensayó es una prueba piloto.
Querrá comprobar sus efectos antes de aumentar la dosis. De tal examen dependerá, más adelante, la decisión de escalar o no.
En tal sentido, convendría prestarle atención a lo que ayer ocurrió no lejos de Francfort.El banco central sueco copió los pasos del BCE (y por las mismas razones).
Elevó sus tasas de repo un cuarto de punto y las dejó en 4,50%. Su dilema es un calco: la inflación nativa alcanzó 4% (la más alta desde mediados de la década de los 90). Guarismo mine diciembre, para que el fragote de los precios amaine. Con suerte, bastarán para que la inflación descienda a 3% en setiembre de 2009 y recién converja a la meta un año más tarde. Como Suecia no es Noruega, el shock petrolero la perjudica de lleno. La suba de tasas no le saldrá gratis: el crecimiento está en la picota. De expandirse 2,7% el año pasado, se desacelerará a 2,1%. Y 2009 será más duro: se prevé sólo 1,2%. En consecuencia, cualquier parecido con la zona del euro no es mera coincidencia. Cabe preguntarse: ¿puede ser muy distinto el derrotero que imagina navegar el BCE?
La guerra contra la inflación, para ganarse con contundencia, requerirá, por último, la participación de la Fed, en su rol de emisor de la unidad de liquidez internacional. Nada sugiere que la Fed tenga previsto entrar en acción en el futuro próximo. Pero esta fase experimental le viene como anillo al dedo para definir su propia estrategia. La escalada de la energía, si probara ser incesante, la forzaría al ruedo; aun antes de los comicios presidenciales. Si, en el otro extremo, el edificio de los commodities crujiera, la Fed podría tentarse de intervenir. Fuera de programa, un retoque de un cuarto de punto, en agosto o setiembre, podría facilitar la tarea de todos, al darle un tiro de gracia al desasosiego que hoy siembra la marcha pertinaz de las materias primas.