Se postergó el diluvio universal en Wall Street

Opiniones

Se canceló el diluvio universal. La tormenta se suspendió hasta nuevo aviso. Después de nueve semanas y media bajo presión extenuante, los bancos pudieron aferrarse a una prórroga más que oportuna. Con un cielo cargado de malos anuncios -se supo que la inflación de junio trepó 1,1% y acumula, en el último año, un avance de 5% en los EE.UU. la tregua tuvo menos que ver con causas naturales que con la ingeniería antigranizo. La decisión del Tesoro de apuntalar la suerte de las obligaciones de Fannie Mae y Freddie Mac fue el primer obus para evitar que cayera piedra. No bastó. Pero el esfuerzo oficial no se agotó allí: la prohibición de vender acciones financieras en descubierto -sin antes identificar con precisión la fuente de obtención de dichos papelescompletó la andanada. Las nuevas reglas de la Comisión de Valores (SEC) rigen, es curioso, sólo para 19 acciones específicas.La lista replica un quién es quién de lo más granado de la banca internacional de primera línea más (oh, casualidad)

Fannie Mae y Freddie Mac. Pertenecer tiene sus privilegios: dado que se limita la fluidez de las transacciones, resulta más riesgoso apostar en contra de los papeles marcados. Como esas apuestas ya se amontonaban sobre la mesa, en pilas de creciente tamaño, la irrupción sorpresiva del cambio de normas ayudó a propulsar el rebote de las acciones de los bancos. Con esos 19 nombres a la cabeza.

El presidente Bush, por último, imprimiendo un sorpresivo giro en la relación con Irán -en el que la diplomacia reemplaza a los misiles- desmontó tensiones que crispaban al mercado de energía. Y, en forma sugestiva, otra decisión -la de levantar la moratoria a la exploración petrolera en la plataforma continental de los EE.UU. (adoptada por su padre en 1990)- sumó en la semana una segunda señal en igual dirección. Apurado también por un ascenso inesperado de inventarios, el crudo devolvió 17 dólares desde sus máximos y despejó nubarrones.

Sin embargo, no todo fue fruto de la acción oficial. La especulación aportó lo suyo. Desde mayo, su accionar de implacable perro de presa atacó a los bancos y limó precios y expectativas al extremo. Como ve sangre y se enardece, no es extraño que la especulación se obnubile. Que, de repente, exagere y no entienda razones. Si el balance de Wells Fargo produjo el chispazo que encendió la recuperación no fue porque nadie lo juzgara brillante. Las utilidades por acción, después de todo, cayeron más de 20% cotejadas con igual trimestre de 2007. Pero la vara de comparación yacía por los suelos. Los precios incorporaban la eventualidad cercana de un descalabro y el posicionamiento, gracias a la especulación en auge, estaba sesgado, con ahínco, a contramano de una sorpresa favorable. Otro tanto ocurrió con el balance de JP Morgan Chase y, el viernes, con el de Citigroup. Los tres pudieron más que Merrill Lynch (que se las arregló con soltura para decepcionar a todos). Un período crítico -como la temporada de estados contables, que concentra la difusión de novedades importantes en dos o tres semanases siempre arma de doble filo: esta vez, se salió de la vaina y cortó para arriba. En las tres últimas ruedas, las acciones de bancos treparon 31%.

  • Sorpresa

    Malos balances pueden resultar mejores de lo esperado y gatillar fuertes subas de precio cuando la sorpresa es grande. Pero no pueden -o no debenelevar los pagos de dividendos. Las políticas de distribución son, por naturaleza, muy estables. Sus periódicos ajustes proceden de un análisis conservador, bien meditado. Que, trascartón, Wells Fargo decidiera aumentar 10% sus dividendos supone una definición contundente. A diferencia de Josef Ackermann, el presidente de Deutsche Bank, quien también retomó, la semana pasada, el olvidado latiguillo de que «lo peor de la crisis ya pasó», Wells Fargo habla con su propio capital. Y, en una coyunturatan virulenta, la supervivencia está en juego: si se lo pierde, no hay ninguna garantía de reponerlo. Por ahora, la movida pagó con creces. Tamaña muestra de confianza en el futuro, cotizó al contado rabioso: la capitalización de la firma se disparó en más de 24 mil millones de dólares (casi un banco Wachovia o, si se quiere, dos Lehman) y volvió a superar los 90 mil millones de dólares.

    Lamentablemente, la crisis financiera, a esta altura, no se disipa con un chasquido de dedos o un anuncio inteligente. Si la edad de oro del NASDAQ concluyó con el mercado bajista de la Bolsa de 2000 -y hoy sus cotizaciones vegetan a menos de la mitad de lo que fueron sus máximos- la misma percepción sobrevuela a los bancos. Errada o no, para removerla, habrá que demostrar -y no sólo prometerlo- que son capaces de dejar atrás las dificultades y enderezar el rumbo de sus negocios. La evidencia que arrojan los balances conocidos hasta la fecha dista de ser concluyente. Las pérdidas manan aún con generosidad. Los 400 mil millones de dólares acumulados a causa del temporal (brutos y antes de impuestos) habrán trepado a 500 mil millones cuando la ronda termine. Si se quiere, es una buena noticia: perfila una desaceleración de los quebrantos. Pero, nada sugiere que las heridas cautericen mucho antes de que culmine el año. Y la hemorragia ya consumió el total que esperaba el FMI sumando, para armar esa estimación, un daño en hipotecas comerciales y en préstamos de consumo que todavía no ocurrió (pero que una recesión rápidamente impulsaría). De un total de 945 mil millones de dólares, el FMI proyectaba una factura sobre los bancos en un rango entre 440 y 510 mil millones. Si se escarba en las cuentas, se advierte que la desaceleración que se registra va de la mano del agotamiento de los activos subprime que permanecen en los libros. Merrill Lynch perdió más de 40 mil millones de dólares desde que estalló la crisis; sólo le quedan 20 mil millones más para extinguir dicho renglón. Las posiciones de los CDO de Citigroup, por caso, se consumieron por completo.

  • Convulsiones

    Sin embargo, las convulsiones de los papeles bancarios ya no dependen tanto de la magnitud de las pérdidas. Estas se desaceleran; la volatilidad de las cotizaciones, no. La capacidad de acceder a nuevo capital se pulverizó y se tornó la variable crítica. Citigroup, por ejemplo, debió mudar de estrategia. Como alternativa a la emisión de acciones preferidas (muy cerca del límite admisible para contar como capital tier 1) o a la suscripción de acciones ordinarias (que generaría una formidable licuación con poco aumento de la munición neta) acaba de vender su red de banca minorista en Alemania por 7.700 millones de dólares (con una ganancia de 4 mil millones que impactará en el cuarto trimestre). La idea es desprenderse, en el tiempo, de 400 mil millones de dólares en activos; 99 mil millones fueron talados en el último trimestre. Más que tomar capital fresco a costos prohibitivos, libera el uso de la base patrimonial existente. Si Merrill Lynch no pagó más caro su magro balance fue, precisamente, porque pudo cerrar la venta de su participación en Bloomberg, la agencia de noticias, por 4.500 millones de dólares. Que conserve su joya principal -49% de la administradora Black Rock (por la que podría recibir más de 12 mil millones)- es un elemento estabilizador que lo salva del maltrato que sufren otros bancos de inversión.

    Con todo, el repunte de las cotizaciones es una bocanada de oxígeno. Se sabe que las penurias no se acaban pero, al menos, la cuesta se aplana y provee un estímulo para seguir la marcha.
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