4 de junio 2004 - 00:00

Venezuela: un país "maldecido" por el petróleo

Hugo Chávez, el hombre que cimentó su poder sobre las ruinas del sistema político tradicional de Venezuela. Ahora podría ver su mandato cercenado en virtud de lo que estipula la Constitución que él mismo impuso.
Hugo Chávez, el hombre que cimentó su poder sobre las ruinas del sistema político tradicional de Venezuela. Ahora podría ver su mandato cercenado en virtud de lo que estipula la Constitución que él mismo impuso.
Caracas - Cuando los detractores de Hugo Chávez hablan de restituir los fueros democráticos en Venezuela como quien evoca un paraíso perdido, tendrían que definir a qué tipo de democracia se refieren. Ciertamente, entre 1959 y 1994 la transmisión del poder se llevó a cabo -exceptuando el paréntesis de dos golpes militares- mediante elecciones libres. Pero los partidos que se turnaban en la Presidencia, el social cristiano COPEI y Acción Democrática (AD) no hicieron más que envilecer al régimen constitucional, con la repartición de regias prebendas a sus clientes y engrosando sus propias cuentas bancarias.

La corrupción ha estado presente en todas las etapas de la historia venezolana, pero alcanzó dimensiones grotescas a partir de la explotación sistemática de los yacimientos petrolíferos.
En rigor, la rapiña del erario se remonta a la época del auge del cacao, a finales del siglo XIX, cuando el general Antonio Guzmán Blanco se concedió la extravagancia de pasar la mitad de su mandato en París, desde donde gobernaba a una nación con un índice de 56% de analfabetismo y una mortalidad infantil superior a 38%.

Si comparamos el presente con el pasado, nada nuevo brilla bajo el sol del Caribe. En 2002, poco después de que la asonada contra el actual inquilino del Palacio de Miraflores culminara en un fiasco, el británico Paul Simonson publicaba una biografía, «Chávez. Retrato de un Caudillo», en la que atribuía la alegría popular por el triunfo de Chávez a la «incultura cívica» de los venezolanos.

• Antecedente

Simonson compara el comportamiento «irracional» de los chavistas con el antecedente histórico que encarna Carlos Andrés Pérez (AD) cuyo primer mandato, entre 1974 y 1979, coincidió con el alza sideral de la cotización del petróleo a raíz del embargo que decretaron los Estados árabes tras la guerra de 1973. Durante su presidencia, Pérez se las arregló para volatilizar los vertiginosos 85.000 millones de dólares que las exportaciones ingresaron en las arcas fiscales.

¿En qué se iban esas sumas de ficción? Desde luego no en mejorar las condiciones de los habitantes de los villorios de Caracas, que se fueron extendiendo por los cerros que circundan a la capital como una metástasis de miseria. De acuerdo con la visión de Simonson, una parte considerable de los ingresos por la exportación de crudo fue a parar a los bolsillos de los contratistas cercanos al poder, quienes edificaron 400 rascacielos y habilitaron la red de autopistas adecuándola a los veloces automóviles que se importaban de Estados Unidos. El dinero fácil que ingresaba en el país a merced del boom del petróleo se utilizó para sobornar a la pequeña pero instruida clase media, que criticaba la venalidad de los dirigentes a través de los medios de prensa. Pérez subvencionó por ley no sólo de la gasolina sino también la educación en instituciones privadas. Al mismo tiempo, 32% de la población se mantenía bajo el nivel de pobreza y 30% carecía de agua potable o de suministro eléctrico.

El sueño de opio en que se mecía Venezuela cesó durante la presidencia de Jaime Lusinchi (AD) a quien le tocó el infortunio de suceder a Pérez justo cuando los precios del petróleo cayeron en picada.


¿En quién convergieron entonces las expectativas de los sufridos caribeños? En el mismo Carlos Andrés Pérez, quien no tuvo empacho en prometer al público que en el plazo de unos meses el cuerno de la abundancia volvería a derramar sus caudales sobre Venezuela. Sin embargo, forzado por los organismos internacionales que amenazaban declarar en bancarrota al país, tuvo que deshacer el encanto de sus promesas y los venezolanos despertaron un día para encontrar que la canasta de alimentos básicoshabía experimentado un alza de 200%, lo mismo que el transporte público. Como consecuencia del encarecimiento de las materias primas, las empresas despidieron hasta la cuarta parte del personal con lo cual el desempleo llegó a afectar a 25% de la población.

Aturdidos por el mazazo que el gobierno sin aviso previo descargaba sobre sus humildes hogares, centenares de miles de pobladores descendieron de los cerros, desatando una ola de violencia, conocida como el Caracazo, que dejó un saldo de más de un centenar de muertos y un país que desde entonces vive en ebullición.

Cuando en 1992 el teniente Chávez se alzó en armas para derrocar a Pérez, muchos de sus actuales simpatizantes y la mayoría de los mandos del ejército salieron a defender al régimen constitucional, pese a la repugnancia que les inspiraban sus representantes. El presidente
Rafael Caldera, un paladín de la democracia, dos años después del fallido golpe concedió la amnistía al insurrecto, allanándole el camino hacia el Palacio de Miraflores.

El 7 de diciembre de 1998, Chávez ganó las elecciones por una amplia mayoría dejando atrás a la decadente alianza « anticomunista» que formaron el COPEI y el AD. ¿Qué hizo el ex oficial golpista para granjearse la confianza de sus compatriotas? Muy sencillo: seguir el ejemplo de Pérez.

• Potencial

Quizá los infortunios que padecen los venezolanos se deban a lo que Juan José Olmedo, politólogo de la Universidad de Caracas, denomina «la maldición del petróleo». A partir de la II Guerra Mundial, Venezuela, poseedora de las mayores reservas de combustibles fósiles del Hemisferio Occidental se convirtió en el quinto exportador mundial de crudo, con una producción de 2,59 millones de barriles diarios y, lo que es aún más significativo, el segundo proveedor de los Estados Unidos. Por ello la Casa Blanca se abstiene de colocar a Chávez en la misma categoría satánica en que puso a Saddam Hussein.

En febrero de 2003, tras la paralización de Petróleos de Venezuela (PDVSA), las exportaciones bajaron 19%. Más de la mitad de los ingresos del Estado dependen de este gigante, y de ahí los esfuerzos del gobierno por controlar su dirección.

Según Olmedo, marcados por la ley del mínimo esfuerzo, los gobernantes no se preocuparon de desarrollar la agricultura en los fértiles llanos del interior. En su abulia, a los próceres de esta nación tampoco se les ocurrió diversificar la industria, lo que explica que medido hacia finales de 2003, el Producto Bruto Interno experimentara una caída de 27,8%, una cifra récord en la historia venezolana.

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