La angustia, el dolor psíquico y la falta de un horizonte

Opiniones

Luego de Elogio de la locura y Elogio de la culpa, ahora se puede hablar de Elogio de la Angustia.

Parafraseando a autores que han escrito acerca del elogio de aspectos emocionales de la mente, como por ejemplo Erasmo de Rótterdam que escribió “Elogio de la locura” en 1511 y, entre nosotros, Marcos Aguinis, autor contemporáneo que escribió “Elogio de la culpa”, me gustaría compartir algunas ideas en relación al “Elogio de la angustia”, tal como se lo podría pensar en tiempos de pandemia.

Para ello comencemos con la pregunta indispensable: ¿Qué es la angustia? ¿Y ante qué situaciones la sentimos? Desde el punto de vista de las sensaciones que experimentamos como vivencia podemos decir que es ese “no sé qué…” “siento una opresión”…, “estoy muy inquieto”…, “ansioso”, “tengo ‘ataque de pánico’”, “pensamientos de muerte”, “ganas de salir corriendo, transpiración, agitación”, “se me acelera el corazón”; esto lo podemos definir de acuerdo a la descripción relatada popularmente como crisis de angustia.

La angustia se diferencia del miedo porque cuando decimos “tengo miedo”, tenemos un causante del mismo. Ejemplo: miedo a salir a la calle, miedo a contagiarme, miedo a morir, miedo al virus, etc.

Sin embargo, la angustia es ese sentirse oprimido en el pecho, como lo describí antes, con falta de concentración y fundamentalmente con incertidumbre acerca de aquello que nos acecha; es no saber qué catástrofe puede sobrevenir, puede suceder en lo inmediato o en lo mediato. Es lo desconocido que nos acecha.

Sin embargo, el psicoanálisis dice que la angustia es una señal de alarma, por lo tanto mantiene a la persona alerta en esa larga e interminable espera de aquello terrorífico que puede acontecer.

El modelo de la angustia es una experiencia primaria, quiere decir temprana, del comienzo de la vida del bebé: es la angustia del nacimiento. Cuando al recién nacido le cortan el cordón umbilical, lo primero que experimenta es un sentimiento de muerte, de desesperación, hasta que logra que se expandan sus pulmones en el grito-llanto y sabe que aprende y puede respirar por sí mismo. Y todos esperamos ese llanto y lo aplaudimos porque si no llora, pensamos que no respira.

Hoy nos encontramos con una paradoja casi siniestra en la cual aquello que nos provoca angustia es justamente advertir que respirando nos podemos encontrar con la enfermedad y la muerte. Triste contrasentido de la vida.

¿Qué alivio encontramos ante estas vivencias?

Hablar, expresarlas, transformarlas en palabras. Pero las palabras como dice el refrán “se las lleva el viento” si frente a nosotros no existe una oreja capaz de escuchar, contener y develar devolviendo algo que alivie a la persona.

Es muy importante poder escuchar y contener a las personas necesitadas de “esa oreja que me escuche”. Quiere decir que la angustia existe, no se la puede suplantar por un certificado de garantía de vida, puesto que para vivir no sólo hace falta respirar aire no contaminado, sino también comer, compartir vivencias terroríficas, cuidar a los niños y a la sociedad más vulnerable y también trabajar. Esta situación actual del virus nos ha hundido en la atemporalidad, la incertidumbre, la angustia, el miedo, porque también el desamparo representa una vivencia tan mortal, tan angustiante tanto como el virus.

Estamos viviendo en una sociedad en atemporalidad, que quiere decir sin tiempo y sin espacio. Sin discriminación de momentos, algunos con ciertas sensación de confortabilidad, otros con ninguna.

Estamos ante una pandemia: Pan-de-mi… familia, amigos y el mío propio (mi pan) que puede llegar a faltar porque no puedo acceder al trabajo.

Este suceso atraviesa a todo el mundo dicho literalmente. Las emociones existen, forman parte del individuo que llamamos sujeto humano: tratemos de entender que así como se enferma el cuerpo, también se enferma la mente porque ambas conforman la unidad “ser humano”.

El dolor psíquico mata como el físico. La incertidumbre implica no avistar un horizonte, esto se define como angustia y qué bueno poder hablar de ello y qué bueno poder ser escuchado por un otro que entienda que significa la angustia.

Demos lugar a que la angustia hable. Y pongamos oreja los trabajadores en salud mental a las palabras proferidas.

Muchos especialistas en salud mental respondemos gratuitamente a dichas inquietudes.

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