18 de julio 2002 - 00:00

Abrió local De la Sota en Capital: la Casa Rosada

José Manuel de la Sota todavía no es candidato presidencial. Se definirá después de un lanzamiento mediático que se iniciará la semana próxima. A mediados de agosto, evaluará si su empeño tiene algún tipo de perspectiva y, si la respuesta es negativa, desistirá de la lucha. Todo el experimento fue definido melancólicamente por José María Díaz Bancalari en la reunión que el PJ bonaerense realizó el martes por la noche en su sede partidaria de la Capital Federal: «Ahora vamos a ver si este barrilete emparchado levanta». La de De la Sota es una fantástica manera de atemorizar a Eduardo Duhalde con una posibilidad: que después de un par de semanas de rodaje, abandone su candidatura. El otro cross que espera la mandíbula de Eduardo Duhalde, ya mortificada por la negativa de Carlos Reutemann a participar de la carrera (el Presidente está convencido, a partir de la propia experiencia, de que lo peor es siempre lo más probable).

Inyectado el terror en el oficialismo duhaldista, De la Sota pasó inmediatamente la factura: ayer los miembros del equipo de campaña electoral del gobierno nacional se congregaron en la Casa Rosada para deliberar qué tipo de apoyo económico se le puede brindar a Córdoba como provincia y al gobernador como candidato. Del encuentro no participó Eduardo Duhalde, que se retiró a Lomas de Zamora, indispuesto. Pero sí estuvo Roberto Lavagna, dado que una de las cuestiones centrales que se discutirían en la mesa es la necesidad de financiamiento que presenta De la Sota y, particularmente, la provincia de Córdoba. Del encuentro participaron también Alfredo Atanasof, Ginés González García, Jorge Matzkin, Aníbal Fernández, Eduardo Amadeo, Carlos Ben, José Pampuro, el diputado Daniel Basile y el sociólogo y encuestador Julio Aurelio.

Sobre la relación con De la Sota, los hombres de Duhalde se conjuraron: «Tenemos que ayudarlo, pero que no se note». Hasta ahora no lo logran, como lo prueba la reunión misma que se relata en esta nota. Sin ir más lejos, el martes, uno de los principales operadores políticos del oficialismo, Luis Barrionuevo; y su esposa, la ministra de Trabajo, Graciela Camaño, almorzaron con el dúo que gestiona apoyos para De la Sota en la Capital Federal: su esposa Olga Riutort y el ministro de gobierno provincial Carlos Caserio. En esa reunión, que se realizó en la sede del gremio de gastronómicos de Avenida de Mayo, participaron también Dante Camaño, secretario general del sindicato Capital; y Carlos West Ocampo, el titular del sindicato de Sanidad.

Barrionuevo ofreció durante la reunión el apoyo para De la Sota de aproximadamente un centenar de gremios: van desde los «gordos» de la CGT hasta los disidentes del MTA, como «Momo» Banegas, Omar Viviani o José Rodríguez. Hugo Moyano y Juan Manuel Palacios quedaron aislados en su propia agrupación y se inclinan por auxiliar a Adolfo Rodríguez Saá en su carrera. Ayer Duhalde, convertido en jefe de campaña de De la Sota (también de Carlos Menem, si se lo observa desde la perspectiva de su cadena de errores), intentó inclinarlos hacia el cordobés, el principal enemigo del puntano.

La reunión de gabinete de ayer le sirvió también a Lavagna para argumentar en favor de su permanencia en el gobierno, asunto que lo tiene especialmente preocupado desde que Aldo Pignanelli viajó a los Estados Unidos sin seguir su consejo: «No viajes». El ministro de Economía sostuvo que la administración actual corre el albur de repetir el error de la de Fernando de la Rúa, que él también integró como embajador en Bruselas. «Cuando todo prometía mejorar, le comenzaron a pegar a (José Luis) Machinea y de ese modo desbarrancaron la economía.»

Aurelio explicó las razones para que el duhaldismo, por lo menos el que estaba en ese momento alrededor de la mesa, abandone su derrotismo: «Cada vez son menos los que dicen en las encuestas que el futuro será peor». Un gracioso advirtió: «Claro, la gente advirtió que nos estamos yendo». Pero el sociólogo pasó por encima del chiste y advirtió que los dos millones de prestaciones en materia social y la idea de una transición medianamente pacífica en términos políticos («hasta Menem está dentro del sistema») merecerían un poco más de optimismo por parte del oficialismo, por lo menos como obsequio a las posibilidades de De la Sota, que son todavía sumamente bajas, inclusive en los números del propio Aurelio.

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