Ahora la política
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En esta hora de la verdad Estados Unidos nos quiere ayudar pero quiere sinceridad y que agreguemos al déficit cero del gobierno nacional lo mismo en las provincias. Que sean austeras y que también apunten al déficit cero, porque ahora tienen un desfasaje de $ 4.000 millones. Quiere que no tengan un piso de coparticipación asegurada sino con riesgo proporcional a lo que recaude el gobierno nacional, como sucede con los empleados públicos. Y también pide una nueva ley de coparticipación porque hay provincias en mejor situación que deben ayudar, antes que el exterior, a las de peor estado en sus finanzas. Y quieren que los políticos usen otra forma que el empleo público para obtener sus candidaturas. Y que los sindicalistas dejen de disfrazarse como «atendedores de la salud pública», vía las deficitarias obras sociales, cuando en realidad también son esos organismos de uso personal y para pagos de activistas cuyo accionar les permite, como a los políticos, mantenerse en sus cargos eternamente. Y ofrecérselos a los políticos para actos de proselitismo a cambio de dañinas prebendas, habitualmente en forma de desafortunadas leyes laborales.
El problema así planteado, con total crudeza, quizá por primera vez, ¿es o no más político que económico? Como efectivamente lo es, ¿qué pueden hacer los técnicos del equipo económico que abnegadamente lucharon en Washington con sus papelitos. ¿La Argentina seguirá junto a la ingenuidad del humorista Hermenegildo Sábat, del monopolio «Clarín», que dibuja al norteamericano Paul O'Neill con un tomatazo en la cara por ser malo y exigir que gastemos lo que logremos sin pedir al exterior?
O la otra ingenuidad de sindicalistas como Hugo Moyano que dicen «no paguemos la deuda», pero no dicen «no pidamos más fondos en el exterior».
No son economistas de Cavallo los que pueden convencer a Estados Unidos, a los países europeos y a los organismos de crédito internacionales que esta vez vamos a cumplir en serio corrigiendo todos esos males.
Deben dar la cara políticos y esto es difícil porque a muy pocos de la Argentina les creen. De nada sirven populistas demagógicos como Raúl Alfonsín o Eduardo Duhalde. Ni los ganadores de internas radicales propiciando posturas igualmente demagógicas y contra su propio gobierno (caso de Leopoldo Moreau, Federico Storani) o esotéricas (Rodolfo Terragno). No sirve la mayoría de los frepasistas lanzados a un frenesí de promesas sociales utópicas. Ni la simpleza mental de una Elisa Carrió.
Es necesario un pronunciamiento aquí para mostrar afuera políticos creíbles. Entonces hay que pensar en Chrystian Colombo y Adalberto Rodríguez Giavarini, casi los únicos que subsisten con credibilidad en este gobierno. Luego, entre los gobernadores, José Manuel de la Sota y Carlos Reutemann -ambos absolutamente indispensables-, más alguno de provincias justicialistas bien administradas -como los mandatarios Rubén Marín, de La Pampa, y Rodríguez Saá, de San Luis-, otros de provincias no tan ricas, pero igualmente bien llevadas, caso de Juan Carlos Romero, de Salta. Algún ex gobernador representativo, como Ramón Puerta, que acumula mucho detrás. Senadores ya importantes y que van a ser reelectos, como el justicialista Carlos Verna. O diputados que actuaron con seriedad, caso del oficialista Rafael Pascual. Quizás el único frepasista con cierta seriedad, aunque esté destrozando su gestión por sustituir hombres probos con otros de pura extracción política fruto de compromisos, como es el titular de la Ciudad de Buenos Aires,Aníbal Ibarra. Se necesitaría mucho al titular del partido justicialista, Carlos Menem, anulado con una detención por la torpeza de un juez y un fiscal en busca de promoción.
Si a los números fríos de los economistas el país sumara este pronunciamiento político (y más aún si lo ratificara con un plebiscito para calmar los planes de lucha de los minoritarios y de los violentos) la Argentina salvaría este difícil momento y se proyectaría hacia un mejor futuro, más allá de apoyos circunstanciales del fondo, porque sin soluciones de fondo siempre serán débiles.
En horas deberían convocarse estas voluntades porque las bajas de las cotizaciones son irrecuperables (ante cualquier repunte siempre vendría la inmediata toma de ganancias en niveles bajos, lejanos a las normalización) y porque el valor de los bonos argentinos marca el riesgo-país y la altísima tasa de interés que está dejando un tendal de empresas cada día más resentidas rumbo a la quiebra, con el consiguiente desempleo, entre otros males.




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