22 de agosto 2001 - 00:00

Ahora la política

Es indudable que los hombres de Economía enviados a Washington no bastan para superar la desconfianza hacia el país que hay en el exterior, pese a que el anuncio de anoche habla de una ayuda mayor a la que se esperaba. No bastaría ni aunque fuera el propio ministro Domingo Cavallo que ha descubierto -y lo deprime exageradamente- que ya no le alcanza con los viejos contactos constituidos en sacrificados viajes a capitales del mundo con escasas horas de sueño. La actual crisis no se supera con maratones físicas. Tampoco con meros números, gráficos y carpetas, más las reiteradas promesas de «volvernos serios» en lo económico del pasado porque nunca lo cumplimos. Hemos sido hijos de los waiver (perdones del Fondo Monetario concedidos tras nuestros innumerables incumplimientos de promesas de ahorro presupuestario tras haberles extraído ayudas).

Hoy vale más para una solución el llamado que hizo el presidente de Chile, Ricardo Lagos, directamente a George Bush, que todas las carpetas, promesas y horas de discusión, durante casi dos semanas en Washington, de los hombres de Cavallo (Daniel Marx, Horacio Liendo, Guillermo Mondino, Mario Blejer y Federico Sturzenegger). Es lógico, porque esta crisis argentina es -y nunca dejó de serlo- más política que económica.

El presidente Lagos llamó a Bush en su nombre pero también en el de Fernando Henrique Cardoso, primer mandatario de Brasil, y de Andrés Pastrana, de Colombia. Directamente Lagos pidió solución financiera para la Argentina y esto pone más la crisis en el terreno político: George Bush no puede arriesgarse a desairar a tantos mandatarios fuertes latinoamericanos. Pero tampoco puede desconocer a hombres fuertes de su partido -donde el secretario del Tesoro, Paul O'Neill, es sólo la cabeza visible- que interpretan a ciudadanos norteamericanos y del mundo cansados de que sus impuestos vengan a la bolsa sin fondo de una Argentina que quiere seguir viviendo con el conocido engaño de la promesa de volverse austera y gastar desde el Estado sólo lo que el gobierno recauda. Ahora lo dice por ley, es un avance, pero no basta.

Todos los argentinos presentíamos que algún día se iba a terminar esto de lograr fondos externos y prometer reducciones presupuestarias que no cumplíamos y nos perdonaban (waiver). También presentíamos que no iba a durar mucho que un político tomara por asalto el PAMI, la ANSeS, el Banco Provincia o la misma provincia de Buenos Aires y los destrozara financieramente con costosas designaciones partidarias en cargos públicos. Se sospechaba que no podía ser que en la Argentina tuviéramos más cargos legislativos por habitante que en el mismo Estados Unidos. Nadie creía que los sindicalistas iban a poder seguir ricos, jugando simultáneamente a conducir gremios (por lo cual ganaban) y a su vez encarnar empresas alocadas como empresarios. O compraban caballos de carrera o sindicalizaban importantes hoteles, o se metían a administrar la salud pública (en todo lo cual perdían inmensos capitales, que se refleja en el déficit de las obras sociales que vaciaban y sucesivos gobiernos volvían a llenárselas extorsionados por la amenaza de paros generales).

Tampoco podían seguir los políticos que recibían parte de los $ 100 millones -que era cuota habitual en los bancos oficiales- gestionando créditos a empresarios pequeños, hasta ese momento, que jamás podrían pagarlos. Y que todo este acumulado desastre político, sindical y de banca oficial se pudiera seguir solventando alegremente con préstamos de organismos internacionales junto a nuestra picardía criolla para engañar al mundo con promesas de corregir todo eso, sabiendo que no lo haríamos.

Porque todos sospechábamos, aunque no lo admitíamos (ni Domingo Cavallo, que dejó de invitarlo a reuniones de economistas), que el verdadero déficit argentino no era de 6.000 millones de dólares del gobierno nacional sino el consolidado de 10.000 millones de dólares del presupuesto nacional más el de las provincias y el de los municipios, como siempre sostuvo el Dr. Roberto Alemann.

En esta hora de la verdad Estados Unidos nos quiere ayudar pero quiere sinceridad y que agreguemos al déficit cero del gobierno nacional lo mismo en las provincias. Que sean austeras y que también apunten al déficit cero, porque ahora tienen un desfasaje de $ 4.000 millones. Quiere que no tengan un piso de coparticipación asegurada sino con riesgo proporcional a lo que recaude el gobierno nacional, como sucede con los empleados públicos. Y también pide una nueva ley de coparticipación porque hay provincias en mejor situación que deben ayudar, antes que el exterior, a las de peor estado en sus finanzas. Y quieren que los políticos usen otra forma que el empleo público para obtener sus candidaturas. Y que los sindicalistas dejen de disfrazarse como «atendedores de la salud pública», vía las deficitarias obras sociales, cuando en realidad también son esos organismos de uso personal y para pagos de activistas cuyo accionar les permite, como a los políticos, mantenerse en sus cargos eternamente. Y ofrecérselos a los políticos para actos de proselitismo a cambio de dañinas prebendas, habitualmente en forma de desafortunadas leyes laborales.

El problema así planteado, con total crudeza, quizá por primera vez, ¿es o no más político que económico? Como efectivamente lo es, ¿qué pueden hacer los técnicos del equipo económico que abnegadamente lucharon en Washington con sus papelitos. ¿La Argentina seguirá junto a la ingenuidad del humorista Hermenegildo Sábat, del monopolio «Clarín», que dibuja al norteamericano Paul O'Neill con un tomatazo en la cara por ser malo y exigir que gastemos lo que logremos sin pedir al exterior?

O la otra ingenuidad de sindicalistas como Hugo Moyano que dicen «no paguemos la deuda», pero no dicen «no pidamos más fondos en el exterior».

No son economistas de Cavallo los que pueden convencer a Estados Unidos, a los países europeos y a los organismos de crédito internacionales que esta vez vamos a cumplir en serio corrigiendo todos esos males.

Deben dar la cara políticos y esto es difícil porque a muy pocos de la Argentina les creen. De nada sirven populistas demagógicos como Raúl Alfonsín o Eduardo Duhalde. Ni los ganadores de internas radicales propiciando posturas igualmente demagógicas y contra su propio gobierno (caso de Leopoldo Moreau, Federico Storani) o esotéricas (Rodolfo Terragno). No sirve la mayoría de los frepasistas lanzados a un frenesí de promesas sociales utópicas. Ni la simpleza mental de una Elisa Carrió.

Es necesario un pronunciamiento aquí para mostrar afuera políticos creíbles. Entonces hay que pensar en Chrystian Colombo y Adalberto Rodríguez Giavarini, casi los únicos que subsisten con credibilidad en este gobierno. Luego, entre los gobernadores, José Manuel de la Sota y Carlos Reutemann -ambos absolutamente indispensables-, más alguno de provincias justicialistas bien administradas -como los mandatarios Rubén Marín, de La Pampa, y Rodríguez Saá, de San Luis-, otros de provincias no tan ricas, pero igualmente bien llevadas, caso de Juan Carlos Romero, de Salta. Algún ex gobernador representativo, como Ramón Puerta, que acumula mucho detrás. Senadores ya importantes y que van a ser reelectos, como el justicialista Carlos Verna. O diputados que actuaron con seriedad, caso del oficialista Rafael Pascual. Quizás el único frepasista con cierta seriedad, aunque esté destrozando su gestión por sustituir hombres probos con otros de pura extracción política fruto de compromisos, como es el titular de la Ciudad de Buenos Aires,Aníbal Ibarra. Se necesitaría mucho al titular del partido justicialista, Carlos Menem, anulado con una detención por la torpeza de un juez y un fiscal en busca de promoción.

Si a los números fríos de los economistas el país sumara este pronunciamiento político (y más aún si lo ratificara con un plebiscito para calmar los planes de lucha de los minoritarios y de los violentos) la Argentina salvaría este difícil momento y se proyectaría hacia un mejor futuro, más allá de apoyos circunstanciales del fondo, porque sin soluciones de fondo siempre serán débiles.

En horas deberían convocarse estas voluntades porque las bajas de las cotizaciones son irrecuperables (ante cualquier repunte siempre vendría la inmediata toma de ganancias en niveles bajos, lejanos a las normalización) y porque el valor de los bonos argentinos marca el riesgo-país y la altísima tasa de interés que está dejando un tendal de empresas cada día más resentidas rumbo a la quiebra, con el consiguiente desempleo, entre otros males.

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