Raúl Alfonsín, Carlos ALvarez, Fidel Castro y Fernando de la Rúa.
En Raúl Alfonsín nació durante las últimas horas una solidaridad desconocida con Fernando de la Rúa. No se debe a razones ideológicas, lo que resulta impensable; tampoco a esa complicidad que aparece en los partidos cuando reciben agresiones del adversario. La proximidad del jefe radical con el Presidente la ocasionó un tercero, Carlos Chacho Alvarez, quien le aplicó a Alfonsín la misma «medicina» que en su momento debió asimilar De la Rúa. Los temas son lo de menos: en este caso, Cuba.
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Cuando hubo que adoptar una postura pública sobre las denuncias de coimas en el Senado, el Presidente le hizo redactar a Alvarez una declaración en presencia de varios ministros.
Era una manera, si se quiere ingenua, de encuadrarlo en un criterio, una conducta. A Alfonsín le gustó el método, aunque se revelara insuficiente. Por eso cuando consiguió el acompañamiento de Chacho para pedir que la Argentina no condene al régimen cubano por sus violaciones a los derechos humanos lo hizo suscribir un comunicado conjunto.
Como De la Rúa, Alfonsín descubrió ayer lo inconducente del método: Alvarez le pidió respetuosamente a Adalberto Rodríguez Giavarini que no insista con mantener una conversación sobre el problema, como se propuso el canciller. Los allegados al ex vicepresidente explicaron que no quiere pronunciarse acerca del dilema, que prefiere hablar más adelante. Nuevamente Alfonsín quedó desencantado con la complicidad de su socio, tan efímera. Sucede que él sí recibió a Giavarini el viernes pasado y recibió del ministro los antecedentes que existían hasta ese día respecto de la situación cubana. Una verdadera formalidad, ya que ningún argumento sería vinculante para Alfonsín. Para él, el problema no es Cuba sino la relación de la Argentina con los Estados Unidos. «Yo no quiero molestar ni hacer daño pero creo que deberíamos asumir posturas más moderadas, más amplias», reclamó Alfonsín el viernes y depositó las carpetas en una mesa auxiliar de su escritorio.
La respuesta de De la Rúa a esa conducta se conoció el domingo. Con uno de sus habituales circunloquios, dijo: «En Cuba no ha cambiado nada». Traducido: «Votaremos igual que la semana pasada». El Presidente interpretó que, si hacía falta esa definición, no fue porque su autoridad se viera dañada en lo formal. Para él a través de la discusión sobre el voto sobre Cuba se tramita un ataque contra el alineamiento de la Argentina con los Estados Unidos, que proviene del seno de la Alianza.
Igual que cuando se ataca a Pedro Pou se apunta a la política monetaria del Banco Central y, en último término, a la convertibilidad. En otras palabras, se ponen en tela de juicio las dos claves de bóveda de la economía y la política exterior de los últimos diez años.
Las palabras de De la Rúa hicieron que Chacho no acompañara a Alfonsín en la resistencia. Ayer le explicó a Giavarini que prefiere no hablar del tema y postergar cualquier definición. Lo mismo le pasó a Federico Storani, quien se vio cerca de la puerta como nunca antes por sus declaraciones a favor de la abstención.
Aunque la postura de Storani puede tener un matiz que la diferencia de la de Alfonsín: es casi comprensible que el ministro del Interior, encargado de las fuerzas de represión en el país, quiera curarse en salud y mirar con contemplaciones las violaciones a las garantías individuales que se producen en otras tierras.
Si Alvarez y Storani lo dejaron en la estacada, Alfonsín consiguió un nuevo compañero de ruta a partir de ayer. Diego Armando Maradona dijo que «no podemos hablar de derechos humanos los argentinos después de haber tenido 30.000 desaparecidos». La lógica de ese argumento resulta débil pero, además, se vuelve en contra del defendido: que no deba hablarse de derechos humanos en Cuba por lo que sucedió en la Argentina, no significa que no haya violaciones en Cuba. Seguramente Alfonsín no se sentirá del todo cómodo con su nuevo socio si insiste en tales argumentos.
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