Poco serio resultó el congreso diseñado por Eduardo Duhalde en el PJ. Más bien, obra de la chapucería. Todavía anoche no se conocía el acta resolutiva -más de 72 horas pasadas del evento-; ni siquiera la Justicia disponía del documento. Como si todo eso fuera natural, aunque el tema de la vista gorda de los magistrados es aceptado sin reservas. Casi cuesta entender que un dirigente como Duhalde, con experiencia, se permita una operación tan amateur y barrial como desalojar a un adversario (Carlos Menem) sin el consentimiento ni el apoyo del resto del justicialismo. Como si se tratara de números y no de calidades. Más típico de los arrebatadores de tren -que no son insignificantes en el ámbito bonaerense- que de alguien dispuesto, otra vez, a pretender la presidencia o, en su defecto, la gobernación.
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Tampoco se explica que el rencor anidado contra el ex mandatario preso justifique una división del partido. Más bien, esa actitud responde a un odio femenino, impropio del Duhalde convencional (aunque, claro, a veces hay un Duhalde excepcional). Más generosa y gananciosa de su parte hubiera sido la solidaridad con Menem en la cárcel y, en todo caso, reemplazarlo -si dispone del número- más tarde. Una cuestión de paciencia, casi de entendimiento infantil. Pero lo ganó la prisa y habitualmente no es saludable comer una fruta verde por otra madura.
Sus amanuenses buscarán hoy un disfraz jurídico para explicar lo que el mismo Duhalde no podía explicar antes del congreso, cuando pidió a los gobernadores que lo acompañaran porque ya había metido la pata. Lo grave es que no supo sacarla o, lo que parece más cierto, que decidió meterla más adentro. Ganarse la desconfianza de muchos gobernadores -quienes, por otra parte, nunca lo quisieron demasiado-constituye una jugada casi sin sentido; imponer la voluntad bonaerense, al mejor estilo estanciero, como si fuera un oficialismo de la década del '50, no parece hoy prosperar en el interior ni, mucho menos, en la Capital. La gente se ha acostumbrado a cierta transparencia, también a la tolerancia; ya no hay nada peor que confundir fuerza con prepotencia.
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