6 de diciembre 2005 - 00:00

Chávez II

Venezuela terminó de ingresar el domingo en esa lista de mala fe de las «democracias no-liberales» (illiberal democracies) (en lo político, porque hay democracia sin liberalismo económico, como en Chile. O la inversa, como en China), que es como llama el politólogo estadounidense Fareed Zacharia a aquellos países donde el régimen democrático se limita al ejercicio pasivo -a desgano, a reglamento, se diría- de las normas de representación pero donde la voluntad del gobierno está dedicada a eludir su cumplimiento pleno.

La no participación de la oposición a Hugo Chávez en las elecciones del domingo es un problema de ese sector, pero es también un problema que debió resolver el extravagante amigo de Néstor Kirchner. Ayer sus voceros en EE.UU., como el presidente del Freedom Forum, señalaron a esos opositores como los responsables de atentar contra la democracia. Ese abstencionismo sumado a la baja asistencia a las urnas le deja a Chávez un Congreso con adhesión unánime al cual podrá reclamarle lo que quiera, primero que nada la reelección indefinida. Un estatus parecido al de Cuba, pero con la diferencia de que en Venezuela rigen, formalmente, las libertades republicanas. Como en todas las «democracias noliberales».

El politólogo Zacharia usó para acuñar su concepto de las «illiberal democracies» el ejemplo de la Argentina y la firma de los decretos de necesidad y urgencia de Carlos Menem. En la primera formulación de ese concepto, a mediados de la década de los años '90, Zacharia señala a la administración menemista porque había firmado algunos decretos de necesidad y urgencia para eludir el voto del Congreso. Lo que dirá cuando actualice su libro y cuente todos los que firmó Menem hasta 1999 (258) o todos los que ha firmado hasta ahora Néstor Kirchner. (140 hasta setiembre pasado).

Como ejemplo de cómo se desarrollan las «democracias no-liberales» en América latina, Zacharia describió en su libro «The Future of Freedom» los casos, para él extravagantes, de Arturo Illia, que había sido presidente con 25% de los votos, y Salvador Allende en Chile con 34%. Dos casos para él llamativos de cómo se podía cumplir con la legalidad democrática sin ejercerla plenamente.

La democracia en Venezuela le importa a la Argentina, y sus dirigentes no van a poder decir durante mucho tiempo que es cuestión de los venezolanos
. Primero, porque el gobierno Kirchner ha elegido a ese país para halagarlo en todos los terrenos, desde financista hasta importador de productos pasando por la promoción desde el Estado de asociaciones entre Caracas y la burguesía nacional que ya no se baja más del Tango 01.

Segundo, porque el pegamento de esa amistad casi carnal de las dos administraciones es la evocación de los años '70, cuando corrió sangre por la escasa fe de todos los bandos en que era posible organizar el país desde la democracia liberal. Con ese descentroderecha,creimiento era inevitable la guerra en un país armado hasta los dientes.

Que Chávez tiene poca fe en ese sistema es claro.

Menos claro es qué negocio tiene Kirchner en estrechar más el trato con un gobierno que se ha puesto en el borde de la legalidad republicana
. Cada vez que le preguntaron a Kirchner sobre Chávez, repitió que en Venezuela había libertades públicas. Cuando se lanzó el plebiscito y se discutió con qué padrones se votaría, Kirchner hizo alardes de que junto a Rafael Bielsa lo había convencido a Chávez de admitir quejas de los opositores. Por la misma razón de que no hay libertades, ha evitado viajar a Cuba.

Deterioro

La tercera razón por la cual el problema de Venezuela tiene que preocupar en el país es por el deterioro del sistema de elección en la Argentina, que lleva dos presidentes consecutivos que accedieron al sillón tras perder las elecciones -Eduardo Duhalde fue derrotado por Fernando de la Rúa y a los dos años estaba reemplazándolo sin que hubiera transcurrido el mandato por el cual compitió y perdió; Néstor Kirchner ganó la presidencia por abandono tras perder ante Carlos Menem en primera vuelta-.

Una ley de internas abiertas para elegir candidatos ha sido suspendida en 2003 y trampeada por decretos en 2005, que autorizaron a anotar candidatos sin tener partido, afiliados, plataforma y que fueron a las urnas sin el más mínimo control de calidad. De ese trámite es consecuencia Borocotó, sobre cuya solvencia es tan responsable él como Mauricio Macri que lo puso en su exhibidor para que lo votasen. También Cristina de Kirchner, que no pudo ni votarse a sí misma en su polémica, aunque legal, migración de distrito.

La respuesta chavista a los reproches es esperable: que está asegurada la participación pero que si los opositores no quieren jugar es cuestión de ellos, o de la Justicia. Es como respondió
Fernando de la Rúa cuando le preguntaron sobre la detención de Carlos Menem en 2001. Es cuestión de la Justicia, dijo; como era cuestión de él y del país que estuviera preso un ex presidente que conducía una porción considerable de la oposición, el problema era de él y no pudo terminar el año sentado en la Casa de Gobierno.

La misma respuesta («Es cosa de la Justicia») dijo
Eduardo Duhalde cuando le preguntaron sobre la muerte de dos piqueteros en el puente de Avellaneda. Era también cosa de él, y por eso debió adelantar la salida del gobierno con elecciones tan apresuradas que terminaron instaurando a quien hoy es su más encarnizado adversario.

También lo dijo
Aníbal Ibarra sobre Cromañón; no le ha servido para arrancar un peregrinaje con destino tan incierto como fatal.

Seguramente la sabiduría de un político esté en saber cuándo un problema de otros empieza a ser problema de él. La suerte de Chávez como presidente de una democracia depende de que se entere de que la no participación en elecciones de la oposición es problema de su propia gobernabilidad. A menos que quiera convertir los gestos extremos que se permite riendo en la base de una dictadura. Con lo cual será más problema aún para la Argentina.

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