Al igual que Graciela Fernández Meijide, Carlos Chacho Alvarez también es maestro. Y ayer ejerció esa función docente por los medios más afines, hambrientos de su palabra desde que se llamó a silencio (módico silencio porque siempre logró que algunos periodistas de cabecera transmitieran por escrito y en cadena sus espasmos de pensamiento más de un domingo). Le habló a «la gente» -un latiguillo recurrente como el «nesario» de Carlos Menem o «un médico por favor» de Raúl Alfonsín-, casi sin escuchar preguntas, monologando sin respirar ni tomar agua. Lo curioso es que, al margen de sus propuestas para incorporar al gobierno, lo que hizo Alvarez fue leerle a «la gente» los diarios, como si los ciudadanos comunes no tuvieran acceso a esa información desde que él mismo ingresó a la Casa Rosada, en diciembre del año pasado. Porque simplemente anunció como descubrimiento que no había sido un buen año, tampoco un buen gobierno.
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La novedad es lógica para él: mientras estuvo como vice sólo atendió a su prensa adicta, a los diarios que, favorecidos en sus negocios por la administración, imprimían las bondades que él y los suyos predicaban. Tanto que ni siquiera se dieron cuenta de que la Argentina estuvo a punto de entrar en default. Pero «la gente» estaba enterada por otros medios, no por los émulos de aquel diario de Yrigoyen hecho para un frepasista (a cambio, en este caso, de obvios privilegios como no cobrar el IVA completo a los cables, por no mencionar la indiscriminada cesión de ondas radiales).
Ahora, en su exilio del Varela-Varelita, Alvarez accedió a otra información menos dócil y se le hizo la revelación: ni un buen año ni un buen gobierno, reconoció para indigestión de su ex amigo y ex socio Fernando de la Rúa. Y, por si esto no le alcanzara, desde la lealtad enumeró las fallas del gobierno que él integró y una serie de iniciativas para cambiar ese penoso destino.
No fue catastrófico por cuidar su propio cuerpo y describió la situación actual como «igual a la de la última etapa del gobierno Menem». Repitió el estribillo contra la corrupción -insinuó que De la Rúa no ha querido combatirla en el Senado-y se pronunció contra el mercado, detalle no menor en una persona que se supone con lecturas aggiornadas. Para él, «mercado» es sinónimo de «monstruo», tal vez por contraposición «Estado» sea sinónimo de «bondad». No hablaba así cuando estaba en el gobierno, lo que explica una adhesión natural al teorema de Raúl Baglini: «La responsabilidad de un político es directamente proporcional a su cercanía con el poder». También, como si apuntara a una persona en particular, atacó a FIEL, como si le costara entender sus informes (lo que es probable). Nada dijo, en cambio, sobre su idea -ya difundida en diversos mentideros-de que Domingo Cavallo sea ya el reemplazante de José Luis Machinea, menos de que esa inspiración supone su propio regreso al gobierno como jefe de Gabinete. Para Cavallo esto es condición imprescindible, significaría -a su juicio-robustecer el proyecto Alianza.
Aunque no reveló el contenido completo de la «carpetita» que le acercó a De la Rúa, Alvarez sostuvo que le acercó una profunda reforma impositiva, pero no dio detalles de su contenido. Nadie lo tenía hasta ahora como tributarista. También sugiere la creación de un ministerio de la producción, como si el hecho burocrático de establecer el cargo hará crecer al país. Casi el mismo pensamiento del general Roberto Viola, quien introdujo esa cartera milagrosa en su breve gobierno y el responsable del área duró menos que el militar de los «silencios». El gran enigma hoy, luego de esta recorrida radial y televisiva de Alvarez con sus «colaboraciones», es la forma que encontrará De la Rúa para no ofender a su socio y decir que sólo le plantea obviedades (inclusive, algunas tan comunes que hasta las está instrumentando su gobierno). Sólo es deseable que esas explicaciones de otro con trajín docente no sean tan largas como las de Alvarez.
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