21 de octubre 2005 - 00:00

Define el voto el nuevo Congreso y la interna peronista

En las elecciones legislativas del próximo domingo estarán habilitados a votar más de 26 millones de argentinos, pero su nivel de participación en los comicios es una de las principales incógnitas que guarda este proceso. Mientras que en las últimas elecciones en provincias la abstención superó niveles históricos --primero en Santa Fe, luego en la elección a gobernador en Santiago del Estero-para el domingo a ese temor de los candidatos se suman altos porcentajes de indefinición.

• Como en toda elección de renovación legislativa -desde la reforma constitucional de 1994- el domingo se pondrán en juego 127 diputados y 24 senadores nacionales, además de miles de cargos en legislaturas provinciales y comunas de todo el país.

Para la Cámara de Diputados nada cambió en realidad en 1994 en cuanto a la renovación por mitades de sus miembros cada dos años, pero sí para el Senado.

Con la reducción de mandato a seis años y la incorporación del tercer senador por la minoría, la progresión para la renovación por tercios del Senado volvió a sortearse pero esta vez por provincia y no por legislador. Por eso es que, por segunda vez en el país, se elegirán los tres senadores de ocho distritos: Buenos Aires, Formosa, Jujuy, La Rioja, San Juan. Misiones, San Luis y Santa Cruz.

• Para Néstor Kirchner es, además, su primera elección desde que asumió la Presidencia. Es el momento electoral que siempre anunció como imprescindible para ratificar los votos que, dice, Carlos Menem no le permitió al retirarse en la primera vuelta en 2003 y dejarlo electo con 22% de sufragios.

• Complicaciones

Es una de las razones por las que Kirchner en origen del proceso electoral lo convirtió en un plesbicito, al que después le bajó el tono cuando el kirchnerismo comenzó a advertir las complicaciones que podrían presentarse en algunos distritos. La palabra plesbicitar luego se eliminó de los discursos oficiales, pero Kirchner hizo la campaña electoral como si de una presidencial se tratara.

La historia de las elecciones de medio mandato fue en general feliz para los presidentes, salvo para
Fernando de la Rúa. No tuvo problemas Raúl Alfonsín en ganarlas en 1985, aunque la derrota lo encontró en 1987 y de una forma devastadora, cuando todavía los mandatos presidenciales duraban seis años. Carlos Menem recién tuvo turbulencias en la legislativa de su segundo mandato (1997); De la Rúa no hizo a tiempo a disfrutarlas ya que en 2001 el radicalismo fue a las urnas cuando el país se deslizaba ya hacia el abismo económico. Y en 2003, con cronograma electoral modificado, el peronismo consiguió ratificar su poder en el Congreso consiguiendo incluso quórum propio, el que se rompió sólo cuando comenzó la interna Kirchner-Duhalde.

La
provincia de Buenos Aires y la Capital Federal serán el centro de la pelea. Para los bonaerenses porque Kirchner intenta definir un cambio al desembarcar con Cristina Fernández a la cabeza de una lista que pretende desplazar al duhaldismo del esquema de poder peronista. Como corazón de la campaña kirchnerista el efecto bonaerense sobre el resto del país fue similar a una elección presidencial, al punto que el PJ de algunos distritos -como sucedió en Santa Fe-tuvo que explicar a sus votantes que ni Cristina ni Hilda Chiche Duhalde eran candidatas disponibles en esas provincias.

Para el Congreso la elección tiene una incógnita extra: no es sólo la definición de la mayoría con que contará el Presidente para conseguir la aprobación de leyes en los próximos dos años; sino que se define también la interna peronista. Para Kirchner tener quórum propio en Diputados o no, quedará a merced de la existencia de un acuerdo con el duhaldismo o del pase de bonaerenses a las filas del kirchnerismo de acuerdo con el resultado electoral.

No hay victoria posible en el país del Frentepara la Victoria que le garantice hoy al gobierno contar con número propio para sancionar leyes.
La guerra entre duhaldistas y kirchneristas tapó cualquier posibilidad de acuerdo hasta que Alberto Balestrini repitió en dos oportunidades que después del domingo «nos sentaremos a hablar con el duhaldismo», una declaración que fue sistemáticamente desmentida por Alberto Fernández pero que siempre pareció destinada a indicar al elector que Chiche no era en realidad oposición al gobierno. Lo dijo Balestrini nuevamente ayer; le negó después la posibilidad de un bloque unificado José María Díaz Bancalari -»No se pueden incorporar a un bloque quienes ingresan por otro partido», dijo como si ese límite convenciera de la imposibilidad de una reunión de ambos sectores-; pero Chiche Duhalde llegó a razonar que en los grandes problemas «apoyaremos».

Si se confirma una reunión entre ambos sectores del PJ -no se verá quizás en una prolija unión en la bancada, sino en el momento de votar la primera ley-habrán tenido razón Jorge Rivas, Elisa Carrió o Ricardo López Murphy cuando denunciaron una maniobra institucional del peronismo para quedarse con la mayoría de los cargos. El efecto más pernicioso no se verá en Diputados, pero sí en el Senado, donde si el PJ se une en un bloque habrá conseguido quedarse en una decena de provincias con los dos senadores por la mayoría y el de la minoría, al haberse presentado como Frente para la Victoria y Partido Justicialista al mismo tiempo.

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