Eduardo Duhalde está en un momento complicado. El mismo lo reconoce. La dinámica de la relación con Néstor Kirchner lo puso entre dos pesadillas que lo desvelan. Por un lado, la amenaza de la Casa Rosada de avanzar sobre su feudo bonaerense sin siquiera una negociación previa. O con una que le permita poner un par de candidatos en las listas como si, antes de que lo demuestren las urnas, él ya se considerara hundido. Por otro lado, la desgracia de tener que enemistarse con Kirchner y corroborar de esa manera lo que le imputan Fernando de la Rúa o Adolfo Rodríguez Saá: que él es un experto en devorar administraciones y en sumergir a la Argentina en la ingobernabilidad, no en sacarla de ella, como predica de sí mismo el propio bonaerense. Así está Duhalde, como ese boxeador que debe tolerar cualquier agravio porque, si reacciona, sólo sería para mandar a su adversario al hospital.
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A esta dualidad, parte de su contexto cotidiano, el ex presidente le responde con dos actitudes. Hay horas que lo encuentran promoviendo el pacifismo entre sus seguidores más belicosos. Ayer, por ejemplo, envuelto en los toallones inmaculados del sauna del San Juan Tennis Club, parecía el Mahatma Gandhi de tan manso. Una fila de peregrinos fue a escuchar su consejo y a casi todos les habló de concordia.
En cambio hay momentos en que planifica la jugada mágica capaz de frenar al avasallante Kirchner. Es cuando imagina un frente de centroderecha que, con eje en el PJ, se presente como la garantía de orden y gobernabilidad ante la temeridad oficial. «Si hay una crisis y el manejo del gobierno se le escapa de las manos, debe quedar claro que la produjeron ellos», le comentó Duhalde a uno de sus diputados favoritos, ayer, entre vapores. Recién entonces se anima a esbozar la idea de una alianza en la que converjan su propia candidatura, la de Luis Patti (habló de esto con Carlos Menem cuando almorzaron en Roma), Aldo Rico (quien almorzó el jueves pasado con Eduardo Camaño, junto al diputado «adolfista» Hugo Franco) y, en el extremo de las posibilidades, Mauricio Macri, cuya alianza con Ricardo López Murphy casi naufraga el viernes pasado. El espíritu de esta composición sería presentar al electorado bonaerense una propuesta de orden y moderación frente al desborde piquetero y al conflicto izquierdista con que, desde el duhaldismo, identifican la «nueva política» de Kirchner y Solá.
El primer Duhalde, moderado y prudente, intenta despejar la escena de cualquier exabrupto de sus seguidores. Desea que las versiones sobre negociación que el gobierno destila a través de los diarios sean verdaderas. Pero hasta ahora todo lo desmiente: el lanzamiento de Cristina Kirchner como senadora bonaerense se lo comunicaron por los diarios, sin pedir permiso.
Duhalde lamenta que, en este contexto, sus adversarios no le dejen margen para una negociación digna. «¿Cómo hago ahora para decir que Cristina es mi candidata?», le preguntó ayer al mediodía a uno de sus contertulios, habitual mensajero de las pretensiones del gobierno. El caudillo de Lomas sospecha que Kirchner no tiene interés alguno en negociar con él. Ayer envió a un grupo de intendentes a visitar al ministro del Interior, Aníbal Fernández (quien sufre como nadie el acercamiento entre Kirchner y Solá), para aclarar que las diatribas contra el gobernador no involucran al Presidente. Es más que obvio. Finalizó la operación Hugo Curto, acaso el dirigente que mejor expresa los temores y fantasías de Duhalde, diciendo que «por ahora Cristina es sólo la candidata de los medios». Como si no fuera el gobierno el que anuncia, a través de los medios, que Kirchner apuesta a esa ficha.
• Temerosidad
La jugada de los intendentes es lógica. Ellos no soportarían tan fácilmente la existencia de dos listas de concejales en cada comuna. Muchos de ellos podrían perder la mayoría del Concejo Deliberante y, acosados como es costumbre por causas penales, dejar el cargo frente a una combinación adversa de partidos. Por eso Julio Pereyra, Baldomero Alvarez, Alberto Descalzo o Juan José Mussi se mostraron tan conciliadores ayer con el ministro del Interior.
Temeroso de esa presión por acordar y por la estoica voluntad negociadora de Duhalde, Solá arrincona discursivamenteal ex presidente desde actos públicos con funcionarios del gobierno nacional. «Está preocupado porque perdió la lapicera», fue la última burla del gobernador, aludiendo a la manera en que el caudillo de Lomas hizo siempre las listas del PJ de la provincia, inclusive las que llevaban a Solá como diputado, vicegobernador o gobernador. Ayer, desde Bahía Blanca, Felipe volvió a dinamitar los puentes diciendo que «Chiche se dio cuenta de que las cosas cambiaron. Por eso no se anima a ser candidata y salió el otro día la posibilidad de que sea Duhalde quien se postule». Un ministro de la provincia explicó ayer la agresividad de Solá: «Ahora tenemos que tensar la cuerda al máximo porque si se arma una mesa de acuerdo los que nos caemos somos nosotros».
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