16 de marzo 2004 - 00:00

El Congreso no participa

No habrá sesión en Diputados esta semana, como tampoco las hubo la pasada. La próxima será para repudiar el golpe de Estado de 1976, pero sin debatir proyectos de ley. Por sí sólo el hecho no debería preocupar porque ya ha sucedido en varias ocasiones. Pero preocupa que el gobierno haya emitido en ocho meses 50 decretos de necesidad y urgencia, en temas que deberían haber pasado por el Congreso, cuando siempre se criticó esa práctica en otras presidencias (44 firmó Menem y 30 De la Rúa en similar plazo). No hay voluntad del Ejecutivo en dar participación al Parlamento. Inclusive se festejó hace dos semanas que Roberto Lavagna prometiera que por dos meses no se enviarán iniciativas importantes a las cámaras. Hoy no existen temas de fondo pendientes de tratamiento en el Congreso, a no ser por el proyecto que declara el principio de donante presunto. No se han constituido las comisiones en Diputados y hasta otro ministro, Alberto Fernández, explicó -sin escuchar protesta de la bancada oficialista-que Néstor Kirchner no recibe a diputados "porque no tiene tiempo de hacer sociales".

"El Congreso no existe porque los que tenemos alguna idea no tenemos ganas, y el resto deja hacer al gobierno." Así resumía ayer un diputado peronista la visión que se tiene del trabajo en las cámaras, incluso desde algunos sectores del oficialismo. Lo cierto es que el comienzo del período ordinario de sesiones no ha traído demasiadas novedades legislativas: no hay proyectos para tratar, y el gobierno tampoco parece interesado en enviarlos. En extraordinarias -momento dónde se tratan proyectos pedidos por el Ejecutivosólo se debatió la derogación de la reforma laboral, y ahora la inmovilidad reina en los pasillos.

Hasta ayer, no más de 10 comisiones se habían constituido en Diputados, lo que implica que esos cuerpos no han comenzado a funcionar, salvo raras excepciones, como el caso de Juicio Político
.

Por lo tanto, aunque los diputados tengan iniciativas, no se pueden emitir dictámenes y, entonces, los proyectos no llegan al recinto. Pero ésa no fue la única razón por la que los diputados no sesionaron la semana pasada ni lo harán ésta, y la próxima sólo tendrán un acto de repudio en el recinto por el aniversario del golpe militar del 24 de marzo de 1976. Unicamente, habría actividad el 31 de marzo, si los diputados comienzan a votar el proyecto que declara el principio de donante presunto.

El primer síntoma lo explicó ayer este diario: en ocho meses Néstor Kirchner firmó 50 decretosde necesidad y urgencia, muchos de ellos sin reunir las condiciones que fija el artículo 99, inc. 3, de la Constitución nacional. Es decir, sin estar dadas las condiciones de urgencia y contando con una mayoría en las dos cámaras, el Presidente apela a esa medida extrema, que igualmente usaron con abuso Carlos Menem y hasta el efímero Fernando de la Rúa.

Que el gobierno no tiene interés en dar participación al Congreso en la sanción de leyes clave es una realidad. Eso explica que hoy no existan grandes temas pendientes en el Congreso, a pesar de haberse anunciado hasta el hartazgo el tratamiento de una ley de reforma tributaria, otra previsional, una nueva reforma laboral y, tema casi gastado por su recurrente postergación, la coparticipación federal de impuestos.

• Relaciones complejas

Pero más complejo es aún el entramado de relaciones entre legisladores y el Presidente. Cuando Roberto Lavagna visitó el bloque peronista, hace unos 15 días, deslizó una frase que muchos, con irresponsabilidad, tomaroncomo un alivio: « Quédense tranquilos que por dos meses no vamos a enviar ningún proyecto económico complicado». Hubo quienes, incluso, tomaron ese desprecio al Congreso como un buen síntoma que asegura tranquilidad en la bancada oficialista. Pero lo cierto es que el gobierno está discutiendo suficientes temas -incluso hasta la deuda-en los que el Congreso debiera tener opinión. Por lo menos es lo que dice la Constitución.

Nada se vota en el Congreso sin la venia del Poder Ejecutivo. Esta es una regla que rigió para todos los gobiernos, por lo menos cuando se habla de proyectos importantes y, sobre todo, del área económica.

Pero ahora ese principio se está extendiendo hasta cuestiones personales. La semana pasada, el jefe de Gabinete,
Alberto Fernández, visitó la bancada peronista. Con el presente, y para ejemplificar lo que significa la disciplina partidaria, el bonaerense José María Díaz Bancalari, jefe del bloque, dijo sin inmutarse: «Yo le pido permiso al presidente de la Nación hasta para salir en un programa de televisión».

Otra anécdota para ejemplificar el nivel de sumisión del Congreso: un diputado le preguntó a Fernández por qué el presidente de la Naciónno se reunía con los diputados -nunca los recibió en bloque desde que se inició el mandato-, y la respuesta fue igualmente clara: «No los atiende porque no tiene tiempo para hacer sociales». Sería un buen indicio de independencia entre los poderes del Estado si alguna vez se escuchara en alguna sesión,aunque sea una mínima crítica a alguna medida del Ejecutivo. Por el contrario, no hay planteos, salvo por algún leve grito desde la oposición, y los diputados siguen desviviéndose por volver algún día a comer un asado en Olivos.

Ni siquiera la oposición ha tomado su lugar en este juego.

Desde que se creó la institución del Parlamento quedó claro que ése ha sido el lugar de privilegio para la oposición. La escuchen o no, es el único ámbito donde las minorías pueden unirse y hacer valer su voz. Menos en la Argentina actual, donde el radicalismo sigue reuniéndose en el Comité Nacional para seguir analizando cómo hacer valer sus 70 legisladores, pero al final presta quórum para lo que pida el gobierno. La izquierda se mantiene en el mismo nivel de irracionalidad de siempre y el oficialismo parece con pocas ganas de sentarse a debatir algo.

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