17 de julio 2001 - 00:00

Es necesario recuperar la confianza

Más allá de los recursos naturales o económicos, la suerte de cualquier país está también vinculada a la fe de su gente en el propio futuro. Porque, en materia de confianza, existe un umbral de sensibilidad traspuesto en el cual desaparecen -desalentados- el espíritu de empresa y la inversión. Y, con ellos, las oportunidades de trabajo.

En consecuencia, todo aquello que tenga efectos corrosivos sobre la generación de confianza puede convertirse en pasaporte hacia la declinación. Más allá de las circunstancias económicas. Y hasta, como nuestra propia historia parece sugerir, a pesar de ellas.

Robert J. Shiller, el autor de «Irrational exuberance», señala que una de las mayores limitaciones de la teoría macroeconómica contemporánea es la falta de consenso acerca de las causas de las recesiones.

Recordemos, además, que ya en 1929 el economista británico A.C. Pigou sostenía que detrás de cada recesión hay factores psicológicos responsables de, por lo menos, la mitad del nivel de actividad económica. Por eso hablaba -en su momento-de «interdependencias psicológicas» entre los actores económicos, de sus «mutuas sugerencias recíprocas» y de la posibilidad de identificar «excitaciones por simpatía», o hasta «epidémicas».

Reacciones

La percepción de Pigou pareciera ser, todavía hoy, la correcta. Es más, los mismos sentimientos y emociones de los actores se transmiten ahora vertiginosamente, a través de mecanismos de información y comunicación cada vez más difundidos. Generando, a veces, reacciones tan instantáneas como masivas, semejantes a las de los rebaños.

De allí que los niveles de tasas de interés (y la dramática ausencia de financiamiento al sector público) no sean necesariamente la causa de lo que nos ocurre. Son, en todo caso, lamentables expresiones de lo que sucede.

La recesión en la que estamos (como todas) coincide con una caída generalizada de la confianza en el andar común. Esto es lo que muchos llaman «pesimismo», sensación que -desgraciadamente-se ha apoderado de demasiados.

Confianza, en cambio, es lo que debemos recuperar. Esto es, esperanza firme en nuestro futuro. Y en nosotros mismos. Y ánimo y vigor para un obrar sensato y coherente. De allí su trascendencia. Y el peso adverso de su ausencia.

Motivo

No es, sin embargo, fácil derrotar la desconfianza cuando lo que ocurre en el plano de la política desequilibra o confunde. Por el motivo que fuere. Sea por falta de calidad en los actores. O, simplemente, por imposibilidad que forjar los consensos necesarios.

El problema, es cierto, no es sólo nuestro. Japón, recordemos, está en su onceavo año recesivo. Pese a haber probado, en el camino, diversas recetas económicas. Esto es, operar con tasas de interés cercanas a cero. Disminuir significativamente la presión fiscal. Y haber, infructuosamente, gastado sumas inmensas en obras públicas de infraestructura, con el propósito de reactivar.

Por espacio de esos once años, sin embargo, Japón ha sido capaz de proyectar confianza a su sociedad en el plano de la política. Y la recesión se ha instalado en una realidad bloqueada al tiempo de las decisiones estructurales sin las que la desconfianza continuará. Con Junichiro Koizumi aparece, recién ahora para el Japón, una demorada posibilidad de salir de esa situación.

En los Estados Unidos, la recesión siguió a años de vivir más allá de las posibilidades. Sin ahorros y sobreendeudados. Después de haber consumido vertiginosamente riqueza presuntamente creada por los aumentos de productividad (hoy reconsiderados) de la «nueva economía», llegó la ola de la desconfianza.

Pero allí la política no está devaluada. Ni de espaldas a la realidad. Razón por la cual, hay razones para el optimismo. Y nadie supone que el estancamiento norteamericano se extenderá por demasiado tiempo, como el de Japón.

En nuestro caso, mientras nos corre -inexorablemente-el reloj, llegó la hora de las decisiones. Tardías, pero inevitables.

Tomadas que fueron, cabe recordar que democracia es algo que una forma de gobierno. Porque la noción incluye una visión. Esto es, una cultura. Vivir en democracia supone tener fe en ella. Y, como fórmula de coexistencia, obrar con una ética: la del diálogo. En un marco de respeto a la ley y a los semejantes.

Sin olvidar -frente a las dificultades-el sentido de la solidaridad, porque es el que civiliza la acción. Sin precipitaciones. Rechazando las alter-nativas «fáciles» que, más allá de la retórica, son en realidad las del atraso. Y también las propuestas que suponen una aventura irresponsable de destrucción de valor. O simples manifestaciones de discordia o resentimiento.

Equivocarse en esta encrucijada, cuando el mundo con su actitud nos dice que ha dejado de creernos, podría ser trágico.

El camino común es el de la civilidad responsable. Para poder recuperar -primero- la confianza en nosotros mismos. Rechazando las propuestas de demolición. Y manteniendo, además, una conducta moderada que, por sensata y transparente, transmita a todos confiabilidad. Cumpliendo, a rajatabla, con la palabra empeñada. No sólo para recuperar la credibilidad extraviada sino porque así debe ser. Por nosotros mismos, entonces.

Dejá tu comentario

Te puede interesar