9 de octubre 2003 - 00:00

Estridente, Béliz busca afirmarse con denuncias

Cuando está ya por cumplir 25 años de vida pública, es bien poco lo que el país le debe a Gustavo Béliz. Nadie puede hablar -como de otras repúblicas- de la «ley Béliz», el «sistema Béliz» o la «doctrina Béliz» y eso que la Argentina ha dedicado dineros públicos a construir su perfil de abogado (se graduó en una universidad pública pagada por los contribuyentes), a tolerarlo como ministro -lo fue de Carlos Menem y ahora de Néstor Kirchner-, también secretario de la función pública (con el riojano, obvio), legislador de la Ciudad, etcétera. Fugaz, que se sepa, su paso por el sector privado -cronista en un diario-. Así, por años.

Su método es escalar los titulares con declaraciones resonantes ante los oídos de la burguesía, espantarlos con denuncias que nunca prueba y menos, como la de ayer, que obligaría a investigarse a sí mismo como responsable de la Policía Federal en un período del menemato.

No tiene otro recurso que la rabieta recurrente, sistema que refinó con otro gran dicharachero de la política criolla, Domingo Cavallo, de quien fue compañero de fórmula en el año 2000 contra su actual socio Aníbal Ibarra. La conducta, ante todo.

Arrinconado por una crisis policial que parece para él inmanejable, se aferró a frases que lo sostengan en el cargo y, de paso, ingresar en la corte de adulantes al mandatario con críticas a los '90. No es el único, salvo que él fue protagonista y prebendatario de esos años, de la máxima intimidad y cerca de todos los secretos.

• Empeño inútil

Debe pensar que no lo removerán del cargo si hace acusaciones contra el «narcotráfico», pues si lo alejan -propósito no claro aún- significaría aparecer asociado con alguna mafia. La magia temporal de la permanencia de «zapatitos blancos». De ahí que resulte vano el intento de varios legisladores peronistas para demandarle ayer al ministro una explicación sobre leyes que se aprobaron o vendieron a favor del narcotráfico.

Un empeño inútil:
Béliz pertenece a un tipo de político «grado cero», o sea, explota los significantes, ahuecándolos del significado. Sus declaraciones son alaridos que buscan paralizar la atención con el anuncio del apocalipsis, pero detrás de la exclamación sólo aparece la voluntad de continuar en el poder, productiva tarea en las últimas dos décadas.

Si lo dicho fue serio -y no un alarido para que lo eximan de rendir examen-, debería probar no sólo la presunción de «narcodemocracia» y de la venta de leyes, sino también por qué se agravia a él mismo, a su presidente y a sus colegas de oficio que compartieron con él la política de los '90 quizá sin sospecha de tanta atrocidad que ve hoy Béliz desde su magistratura.

Tampoco lo es cuando omite dar el ejemplo a la sociedad de que no es necesario tener una relación con el poder para alcanzar un puesto público. Algo que hace con prácticas nepotistas como nombrar a su cuñado como jefe de Gabinete (
Francisco Meritello) -por no hablar de las vinculaciones con la salud de su suegro, en el pasado, quien lo padece estoicamente-o pelear para el esposo de su vocera un puesto de candidato a legislador porteño en las últimas elecciones (búsquese al postulante por el puesto 16º de la lista ibarrista; allí aparece Víctor Gabriel Picciano, cónyuge de Natalia Cabrera, portavoz del ministro justiciero). Viene, claro, de servicios al Opus Dei y a un banquero que todavía está en la jaula y seguramente no lo visita.

Menos justo es cuando reviste de solemnidad el propósito de contar con jueces adictos que revela el hecho de bautizar a la remoción de
Eduardo Moliné y la imposición de Raúl Zaffaroni como «la batalla de la Corte». Parece el viejo chiste que compara al Ministerio de Justicia argentino con el de Marina de Bolivia (que no tiene mar). Esa cartera debe dar, además, Seguridad, que no da, y preocuparse por garantizar los derechos humanos. Finalmente, lo más útil que hizo para su negocio fue traficar la presunta información, cuando ya regía la veda electoral, de que el ex jefe de Policía Roberto Giacomino había bajado la inseguridad en la Capital. Como si en ese momento no supiera cómo Giacomino aumentaba sus ingresos mensuales. Pero nadie piense que este funcionario habla por incontinente: hace mucho que dejó la época el párvulo.

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