26 de abril 2005 - 00:00

Lamentos por Kirchner de cardenales, ayer, en Roma

Antonio Baseotto
Antonio Baseotto
«Tal vez en la Argentina ya no se pueda citar el Evangelio, por el riesgo de que a uno lo tomen literalmente y termine condenado penalmente.» Irónico, en un perfecto español, el cardenal Jean Louis Tauran se refirió de esa manera al conflicto abierto por el gobierno de Néstor Kirchner por las declaraciones del obispo castrense Antonio Baseotto, quien citando las Sagradas Escrituras había dicho que «quienes escandalizan a estos pequeños merecen que se les ate una soga al cuello y se los tire al mar». Baseotto contestó así a las declaraciones de Ginés González García en favor de la despenalización del aborto.

Tauran es el archivista y bibliotecario de la Santa Sede. Antes ocupó la secretaría para las relaciones con los Estados. Por 13 años fue el canciller de Juan Pablo II. No se pronunció como se consigna arriba en público. La frase hay que ponerla en el contexto de un almuerzo con otros prelados y varios argentinos, que se sirvió ayer en el Hotel della Minerva, en el corazón barroco de Roma.

• Presente

Al lado del cardenal Tauran se sentó el cardenal Renato Martino, quien preside el Consejo Pontificio para la Familia. Antes había sido el representante del papado ante las Naciones Unidas. A la mesa del restorán La Cesta se sentó también el obispo Marcelo Sánchez Sorondo.

Es argentino y oficia como canciller de la Pontificia Academia de las Ciencias. Allí compartió hasta la semana pasada su trabajo con el entonces cardenal Joseph Ratzinger, designado académico por el Papa Wojtyla. Así se completó el arco de prelados que dedicaron ayer el almuerzo a hablar de la Argentina, entre otras pasiones. Junto a ellos, varios laicos: el concesionario de Aeropuertos Argentina 2000, Eduardo Eurnekian; el presidente de esa empresa, Ernesto Gutiérrez; el titular de Compromiso para el Cambio y presidente de Boca, Mauricio Macri; y el ex embajador ante el Vaticano y organizadorde la reunión, Esteban Caselli. Antes de ingresar al Minerva, Macri había visitado a Sánchez Sorondo en la espléndida Casina Paulo IV, palacio que sirve de sede a la Academia, en los jardines vaticanos, junto a San Pedro.

El menú fue variado y exquisito: comienzo de langosta, después pañuelos de mozzarella y un segundo plato de pescado. Falangina, el blanco, y un chianti, Brunello di Montalcino, el tinto. Eurnekian agradeció la presencia de los tres eclesiásticos y le contestó el cardenal Martino: «Siempre tenemos presente a la Argentina por la defensa que ejerció, en el pasado, de los valores cristianos. No era, como se suele decir, un alineamiento automático. Era la expresión de una convicción y de un gran espíritu cooperativo, del que tuvo tantas manifestaciones el embajador Caselli y del que el cardenal Tauran fue testigo durante trece años».

Era inevitable que se hablara del conflicto en torno al obispo Baseotto. El cardenal francés lamentó que «ahora dicen que la carta que se envió censurando la actitud que tuvieron con el ordinario castrense no existió. ¿Qué pretenden? ¿Que la publiquemos por los diarios? Somos un Estado y un Estado serio. La carta le fue enviada al embajador Custer y fue con pedido de confidencialidad. La intención era no discutir con el gobierno a través de los medios, ya que cualquier profesional sabe que no es la mejor manera de hacerlo». Después los obispos aventuraron algunas hipótesis sobre cómo seguirá el conflicto. Uno de ellos preguntó si el cardenal Jorge Bergoglio ya había aclarado públicamente que a Baseotto no lo puede remover el gobierno y que el único que puede hacerlo es el Papa. (Ver nota en pág. 15.) La pregunta dejó en claro que la declaración de Bergoglio no fue una espontaneidad. Con ella el gobierno perdió al último negociador. Macri, quien tiene trato muy frecuente con Bergoglio, elogió al arzobispo.

• Opciones

Como se barajaron algunas opciones sobre el curso que tomará ahora el conflicto, los cardenales se apresuraron a descartar una salida que sí se había considerado antes de las «desatinadas declaraciones del canciller Bielsa», como se dijo allí, en referencia a la aclaración de que «lo de Baseotto es irreversible e irrenunciable». «Ahora es imposible nombrar a un coadjutor que reemplace discretamente a Baseotto porque se intepretará que lo hemos sacrificado al obispo por defender un principio que todos abrazamos», dijo uno de los cardenales. Macri, que escuchaba en silencio, preguntó: «¿Podrán declarar a la diócesis militar 'sede impedida'?». Nadie se animó a afirmarlo pero sí se advirtió que el obispo removido «irregularmente» reclamó por su situación por la vía administrativa.

• Defensa

Los jerarcas de Roma comenzaron a conocerlo con algún detalle: «Vivió en una diócesis pobre, en Añatuya, sin siquiera una casa durante años, y terminó construyendo 500.000 metros cuadrados en obras de caridad. Ahora quieren hacerlo aparecer como uno de los marinos que tiraba al mar gente dormida», se explayó el cardenal Martino.

Este prelado está especialmente intrigado con la conducta del gobierno ya que cuando visitó Buenos Aires, en noviembre, Kirchner y Alberto Fernández salieron en su defensa frente a unas primeras declaraciones del ministro Ginés González García sobre la despenalización del aborto.

La reunión se desgranó en historias, como la que narró uno de los prelados sobre el antecesor de Benedicto XVI, Benedicto XV: «Nadie recuerda hoy día que fue tan caritativo que, a raíz de la guerra, casi quebró a la Santa Sede. Fue tan así que para realizar el cónclave que elegiría a Pio XI, a su muerte, hubo que pedirle un crédito a un banquero amigo de la curia». Final para los brindis, con espumante: uno en honor del nuevo Pontífice, uno por Italia y otro por la Argentina.

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