28 de julio 2004 - 00:00

Los 400/500 muertos de la Semana Trágica

Los 400/500 muertos de la Semana Trágica
El hecho más sangriento del siglo pasado en la Argentina, excepto la Guerra de Malvinas en 1982, ocurrió entre el 7 y el 14 de enero de 1919, con 400 o quizá 500 muertes, más de 2.000 heridos y aproximadamente 5.000 detenidos. Tuvo como protagonistas los talleres metalúrgicos de Pedro Vasena, con mayoría de capital inglés, ubicados en las calles Cochabamba y La Rioja (hoy Plaza Martín Fierro), en el barrio de Once sur, y sus depósitos situados en Pepirí y Santo Domingo, en el barrio de Pompeya , también en la Capital Federal.

Los hechos en una mínima expresión habían comenzado en diciembre por un reclamo laboral de reducir la jornada de trabajo de 11 a 8 horas.

La Argentina había recibido una fuerte inmigración europea que trajo todos los principios y luchas sindicales del Viejo Continente, más los anarquistas, más los marxistas entusiasmados porque en noviembre de 1917 acababa de instalarse el comunismo en Rusia, triunfante sobre el régimen zarista.

La Argentina con tanto sindicalismo emigrado de Europa era un país rico al que se quiso transformar en pivot mundial de las conquistas obreras. La jornada de 8 horas reclamada a Vasena, por ejemplo, no regía en el plano internacional aunque sí estaba la de 9 horas, como bien informaba la Unión Industrial Argentina.

También les exigían a los talleres Vasena un aumento salarial de 20% a 40% y de 50% para fiestas trabajadas que finalmente lograrían tras los luctuosos sucesos; que se respetara el descanso dominical único o que se lo abonara a 100% de recargo si era necesario producir; también que se terminara el trabajo a destajo (cobro según producción). El sector anarquista quería igualmente la derogación de dos leyes: de Defensa Social, contra las huelgas salvajes, y de Residencia, para limitar el ingreso como inmigrantes o poder expulsar del país a los que se considere líderes revoltosos provenientes de Europa. Los mismos anarquistas querían la liberación de su compañero Simón Radowitzky, preso desde 1909 por haber asesinado al jefe de la Policía de la Capital Federal, Ramón Falcón. El anarquista Radowitzky lo mató por considerarlo responsable de la matanza de varios obreros en el festejo anarquista del 1 de mayo de 1909. El gobierno conservador había venido desde 1880 a 1910, en pleno esplendor del país agroexportador por haberse producido el descubrimiento de los barcos frigoríficos que llevaban carne congelada junto con granos y traían adoquines europeos para no venir a cargar de nuevo con las bodegas vacías.

Talleres metalúrgicos Vasena era una empresa muy importante que empleaba a 2.500 trabajadores. Tras agotar la instancia negociadora con el abogado de la empresa y figura destacada del radicalismo, Dr. Leopoldo Melo, habían comenzado los paros. Melo había recurrido a una «asociación de trabajadores» que respondía a las patronales que la convocaban y por contrato les ofrecía personal especial rompehuelgas o «crumiros». Estos podían trabajar por los huelguistas o apalear a manifestantes, algo que sucedía muy habitualmente con los trabajadores del puerto, el gremio más influido por el anarquismo.

Como hecho previo, el viernes 3 de enero a las 5 de la mañana se produjo un primer incidente, cuando un camión de los Talleres Vasena conducía a trabajadores y fue interceptado a tiros por unos 50 huelguistas en Zavaleta y Aconquija.

El mismo 3 de enero, por la tarde, 7 chatas cargadas con materia prima con el mismo destino de los talleres fueron nuevamente atacadas por huelguistas. Allí hubo alrededor de 200 disparos con decenas de heridos y las primeras 3 víctimas fatales, aunque ajenas a los trabajadores: Vicente Vilat y Juan Balestrassi recibieron balazos mientras jugaban a las bochas en un local, y la transeúnte Flora Santos, ajena al incidente, recibió otro tiro mortal. Además, los huelguistas volcaron otras chatas con materia prima y cortaron externamente las líneas telefónicas del depósito de Pepirí y Santo Domingo. Destrozaron cañerías de agua y formaron barricadas con adoquines para resistir.

Tres días después, el lunes 6, la empresa pidió libertad de trabajo al Ministerio del Interior y se negó a cualquier reunión de conciliación con los huelguistas. El gobierno del presidente Hipólito Yrigoyen dispuso que concurran bomberos armados a los talleres y policías del Escuadrón de Seguridad como protección de los camiones y chatas.

Al día siguiente, martes 7 de enero, explotaron con toda su furia los hechos y comenzó «la semana» porque las chatas protegidas continuaron avanzando hacia los talleres y se produjo un primer tiroteo que duró alrededor de 30 minutos y dejó un saldo de 4 obreros muertos, uno de ellos de un golpe de sable policial en la cabeza. Además, hubo 35 heridos, todos civiles. El gobierno ante esta violencia inicial obligó a una cita al empresario Vasena con delegados obreros que se concretaría al día siguiente.

DIA 8 DE ENERO


Frente a los muertos de la jornada anterior la comisión administradora de la Sociedad de Resistencia Metalúrgica, que era el sindicato, dispuso la huelga general que sería el paro más importante producido en el país hasta ese momento. También lo determinaron las otras organizaciones laborales como FORA del V Congreso (de 1905), dominada por los anarquistas, y FORA del IX Congreso (de 1915), con predominio de sindicalistas que querían limitar la huelga a un solo día y a dos puntos de las reivindicaciones pedidas. El día 8 también el tema se trató en el Congreso con oradores como Nicolás Repetto y Mario Bravo, ambos socialistas; el diputado Horacio Oyhanarte, defensor del gobierno radical de Yrigoyen que tenía simpatía por el sindicalismo dentro de un esquema liberal populista, pero de ninguna manera estaba dispuesto a permitir excesos en las calles. El conservadorismo se expresaba por el doctor Agote. Este día 8 fue de preparativos.

DIA 9 DE ENERO


Fue una de las jornadas más sangrientas de «La Semana Trágica». Se fueron sumando columnas detrás de los féretros de los obreros caídos el día 7. La columna arrancó en Pompeya y como muestra de su agresividad unos 150 obreros huelguistas armados marchaban a su frente llevando banderas negras y rojas, anarcosindicalistas, aunque predominaban los anarquistas llamados también ácratas. Una columna que venía por la calle San Juan al 3900 asaltó una armería y se extrajeron armas, repartidas entre los encolumnados. En la intersección de Corrientes y Yatay, rumbo a la Chacarita, se produjeron desbandes de los manifestados reprimidos con ferocidad por la Policía que provocó varios muertos. El comercio había cerrado sus puertas, en distintos puntos de la ciudad se volcaban tranvías y se cortaban cables de electricidad. También se apedreaba con chicos llevados a las marchas faroles de luz, sobre todo en las proximidades de las comisarías, algo que presagiaba una noche caliente. En Retiro y Palermo fueron baleados algunos trenes. Uno de los barrios más perjudicados fue el de La Boca, donde se atacaron varias comisarías, curiosamente una de las más enfrentadas fue la 24ª que, 85 años después sería tomada por piqueteros blandos dirigidos por Luis D'Elía. Hubo fuertes enfrentamientos en Anchorena y Bartolomé Mitre, también en el Mercado de Abasto, y un grupo anarquista intentó sin éxito el asalto del depósito de agua para dejar sin ese líquido a la Ciudad. Un convento del Sagrado Corazón, ubicado en la actual avenida Vélez Sarsfield e Iriarte, en Barracas, fue invadido por manifestantes enardecidos, repelidos desde el interior por la Policía que produjo varias muertes entre los atacantes, además de heridos. Frente a los talleres de Vasena también eran nutridos los tiroteos, pero la principal masacre se produjo en la Chacarita, al procurarse el entierro de los féretros. Hablaba un representante de la FORA IX, la más moderada, cuando se inició un feroz tiroteo que duró dos horas con policías parapetados en lo alto de los paredones sobre la multitud reunida. La gente huía o trataba de parapetarse detrás de unos montículos de tierra.

La prensa opuesta al tumulto hablaría luego de 40 muertos y allí varios centenares de heridos, pero la prensa de los propios obreros, como el diario anárquico «La Protesta», hablaba de más de 100 muertos y 400 heridos. Nadie registraba bajas en las fuerzas militares ni en las policiales. La cruenta masacre prosiguió durante la noche en la Ciudad, donde las turbas dominaban y tiroteaban en varios sectores de la urbe. El gobierno dispuso que el Regimiento 3 de Infantería y el general Luis Dellepiane actuaran en respaldo de la Policía desbordada. El presidenteYrigoyen designó al general Dellepiane comandante militar de la Capital Federal.

Aunque los tiroteos se sucedían en todas partes, Dellepiane se dirigió primero a los depósitos Vasena, que eran los más y atacados por las masas principalmente de anarquistas. La noche fue un verdadero caos, con la Policía atrincherada en las comisarías y dejando las calles a las masas enardecidas. El gobierno de urgencia dispuso un aumento de 20% salarial ese mismo día a los policías para que resistieran. Pero otro hecho que agravó la matanza fueron los rompehuelgas de la Asociación de Trabajadores. Al recrudecer la lucha, el Ejército mandó 30.000 hombres sobre la Ciudad de los Regimientos 1, 2, 3 y 4 de Infantería, 2 y 10 de Caballería, 1 de Ferroviarios y miembros de las escuelas de tiro y suboficiales. A éstos se sumaron 2.000 hombres de la Marina de Guerra. También actuaban los llamados «defensores del orden», grupo de derecha que luego adoptaría el nombre de Liga Patriótica Argentina.

La confusión era tal que el propio jefe de la represión, general Dellepiane, fue atacado a tiros en el mismo Departamento Central de la Policía Federal cuando los propios efectivos le habían cortado totalmente la luz por suponer que eran atacados de afuera, algo que nunca sucedió.

10 DE ENERO


El accionar de los pequeños grupos anarquistas desplazándose por todos lados tuvo su mayor posibilidad de triunfo la noche del 9 de enero, pero el día 10, y particularmente el 11, comenzó una sangrienta caza de los dirigentes de la huelga. El embrión original de la Liga Patriótica, de Miguel Carlés, un organismo paramilitar que recién se conformaría totalmente el 19 de enero en el Centro Naval, actuaba no sólo contra los anarquistas y comunistas sino también contra los judíos, llegando a ataques masivos contra esta colectividad en la calle Viamonte, en las proximidades de la Facultad de Medicina. También con la complacencia policial asaltaban locales sindicales hasta el día 14 de enero. Operaban junto con la ya mencionada Asociación de Trabajadores y junto con un Comité Nacional de la Juventud que en 1918 se había opuesto a la reforma universitaria y había actuado contra Yrigoyen por no haber roto relaciones con Alemania durante la Primera Guerra Mundial. Este comité también intervenía contra obreros y judíos.

Los días 11 y 12, el Congreso se iba en discursos pero finalmente la Cámara de Diputados dio media sanción al estado de sitio por 65 votos a favor y 5 en contra, correspondiendo éstos todos a socialistas.

El radicalismo apoyaba esta sanción junto con los conservadores y los demócratas progresistas, pero para su política populista de acercamiento a los sindicatos decía que no necesitaba el estado de sitio, de tal manera que éste no fue ratificado en el mes de febrero siguiente.

La magnitud de la huelga la daba el hecho de que simultáneamente se declaró una huelga general en Montevideo, país también sometido a emigraciones del sindicalismo europeo.

También había huelgas declaradas en el interior argentino, principalmente en Rosario, aunque el campo, con alta producción, nunca se sumó al paro porque defendía al país agroexportador aunque eso no respondía a la necesidad del trabajo de los habitantes que requerían industrias.

Algunos obreros persistieron en la huelga hasta el día 13 y la FORA V era la única que insistía en mantener la huelga general, inclusive pasando a la clandestinidad.

El día 11 se llegó a detener a casi 5.000 obreros, inclusive a Pedro Wald, a quien se acusaba de querer instalar los soviets marxistas en Buenos Aires. En realidad Wald, de origen judío, era un redactor de un periódico alemán. Se lo incluía en el término maximalista que confusamente identificaba a los marxistas impresionados por la revolución rusa y a algunos socialistas como Wald.

El día 20, los últimos huelguistas que retornaron al trabajo fueron los que faltaban en los talleres de Vasena; los episodios quedaban entonces sólo para el análisis histórico. «La Vanguardia», periódico socialista, hablaba de 700 muertos. Pero los analistas más desapasionados hablaron de 400/500. Igualmente, una cifra enorme.

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