17 de mayo 2001 - 00:00

Más desaire para De la Rúa: Cardoso homenajeó a Alfonsín

A Fernando de la Rúa ya le había sucedido con Fidel Castro: el jefe cubano envió a su embajador a hablar con Raúl Alfonsín ignorando al canciller Adalberto Rodríguez Giavarini y, por supuesto, al Presidente, calificados ambos como «lamebotas de los yanquis». Pero De la Rúa consideró esa discriminación como un detalle indigno de atención y mucho menos de celos. Ahora la escena se repite pero ampliada en su dimensión; también en sus consecuencias. Fernando Henrique Cardoso decidió, el domingo por la noche, recorrer los 100 metros que separan su casa de la de su amigo Fernando Gasparián, en el paulistano barrio de Higienópolis, para encontrarse en una comida privada con Alfonsín. Basta completar este gesto con otro: hace poco más de un mes Cardoso resolvió suspender una visita a De la Rúa, para comprender que la intención del brasileño fue ningunear a su colega.

A la mesa de Cardoso y Alfonsín se sentaron también el ex presidente José Sarney; el gobernador del estado de San Pablo, Geraldo Alckimin; el ministro de Justicia, José Gregori, y uno de los dueños del Banco Itaú y ex canciller de Sarney, Olavo Setúbal. «Vamos a practicar el protocolo armenio», dijo Gasparián, conteniendo la risa. Cuando Raúl Alconada Sempé preguntó de qué se trataba, el dueño de casa le explicó: «Los hombres por su lado y las mujeres por el suyo». Así que allá fue Ruth Cardoso, la antropóloga primera dama a presidir un gineceo del que participó también la principal accionista del Itaú y mecenas de las artes Milú Vilela.

Sin comentario

Además de periodistas y dirigentes políticos -entre ellos Arnaldo Jardim, diputado del Partido Popular Socialista y yerno de Gasparián-, en la comida estuvieron también el embajador ante Brasil, Juan José Uranga, y el ascendente cónsul en San Pablo, Guillermo Hunt.

Cardoso no quiso hacer comentarios sobre su enojo con el gobierno argentino, que excede la irritación que tiene con Domingo Cavallo. Le pareció suficientemente expresivo el hecho de asistir a la invitación de Gasparián, que fue en 1984 quien por primera vez le presentó a Alfonsín en Buenos Aires, cuando los dos llegaron, junto a Ulyses Guimaraes (fallecido y representado esa noche por su hijo) viajaron a la Argentina como representantes de Tancredo Neves, aquel mandatario electo que no llegó a asumir en el Planalto. Editor, profesor de economía en Oxford durante los años de la dictadura militar de su país, el anfitrión del domingo conoce al jefe radical por su militancia en la Internacional Socialista. Se notaba, por otro lado, su confianza con Cardoso en algunas bromas, las de quien preguntó si no convenía traer velas a la mesa: es sabido, el gobierno brasileño está siendo torturado por la crisis energética que se expresa en cortes de luz permanentes. Alfonsín, que podría dar clases sobre cómo terminar los mandatos a oscuras, no esbozó siquiera una sonrisa.

A pesar de lo pulido del trato, esa noche se recogieron informaciones jugosas en ese departamento de San Pablo. Un legislador con banca en Brasilia y conocedor de la diplomacia de su país comentó lo que Rubens Barbosa le dijo a Adalberto Rodríguez Giavarini en los Estados Unidos. Barbosa, embajador ante ese país y una de las figuras principales de Itamaraty, le habría comentado a Giavarini, según se dijo en la comida: «No vayan a creer que el malestar de Cardoso con el gobierno argentino es difuso o indeterminado. No. El presidente está profundamente irritado con Domingo Cavallo, a quien conoce de sobra desde que ambos eran ministros en la década anterior».

Al rato apareció una prueba de esas palabras de Barbosa que se reprodujeron en la casa de Gasparián. Un periodista extrajo de su bolsillo un artículo escrito por Luiz Felipe Lampréia, el diplomático más cercano a Cardoso, a quien sirvió durante más de seis años y que ahora preside un instituto de análisis internacional que le permite expresar a Brasil «como académico y no como funcionario», por decirlo en términos de Cavallo.

La nota resultó muy interesante, según uno de quienes la leyó allí, mientras disfrutaba del cuscus a la paulistana con salsa de camarones. Lampréia comenzó elogiando a Cavallo como una figura única en la historia argentina contemporánea. Pero después le recuerda, con el tono que adquieren las peleas entre parientes, una serie de auxilios económicos de su país a la Argentina que comienzan en 1992, cuando el actual ministro era canciller y su colega brasileño, Cardoso, consiguió compras especiales de petróleo y trigo argentinos para atenuar una crisis del gobierno de Carlos Menem. Sin embargo, lo más interesante del texto de Lampréia sería que, además de pedirle respeto por su país a Cavallo, consigna que ni bien asumió como «bala de plata» en el gobierno de De la Rúa el ministro viajó a Brasil y, ya entonces, advirtió que la Argentina se separaría del Mercosur en la gestión de acuerdos económicos internacionales. Preciosa información que, de ser cierta, desmentiría a otro convidado de esa noche, el embajador Uranga, que tanto se empeñó en desmentir esa versión mientras ocurrieron los hechos.

Dejá tu comentario

Te puede interesar