Peronismo no habla de ruptura en el Congreso
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Las calles
porteñas
fueron
inundadas
ayer con
afiches del
Frente para
la Victoria,
con Cristina
Fernández y
Néstor
Kirchner
agradeciendo
el caudal
de votos que
recibió su
partido. Fue
un émulo a
los carteles
de Chiche
Duhalde.
Tendrá la forma más cómoda de un Interbloque de kirchneristas -a la usanza de las uniones de bancada que tienen los diputados de partidos provinciales- donde convergerán distintos bloques o subloques, una figura ideal para que el duhaldismo blando pueda encontrar una ubicación elegante. Hasta que se empiece a hablar de la próxima ruptura -se está hablando del peronismo y la división de sus bancadas es un deporte que nadie se priva de practicar-será esa la geografía más probable que adopte el oficialismo.
Por ahora, la violencia verbal entre ambos grupos sigue en marcha, pero dando cabida a las nuevas formas: «El bloque oficialista debe expresar los resultados de las elecciones y representar a una nueva mayoría, que no tiene que estar ceñida a los perímetros partidarios», dijo ayer Jorge Argüello, uno de los integrantes del cuarteto que conduce hoy el bloque PJ y que aspira a quedarse como presidente único.
• Cuestión general
El problema ya no es qué debe expresar el bloque oficialista, sino qué debe expresar el presidente de la Cámara de Diputados. El control del bloque será parte de una disputa interna del kirchnerismo, en la que los duhaldistas ya no tienen nada que ver. Pero el reemplazante de Eduardo Camaño es una cuestión general que involucra a todos los bloques.
Hasta ahora, Alberto Balestrini, recién electo, parece guardar las mismas chances para ocupar ese cargo que tenía hace dos meses. Sobre todo porque es funcional a otra definición que tendría Kirchner sobre la bancada PJ: debe estar presidida por un referente del Frente para la Victoria del interior del país que contenga representantes de todo el país. Para los bonaerenses -como fue siempre- quedará la conducción de la Cámara. Esta versión conspira de lleno con las posibilidades del porteño Argüello.
Camaño, que todavía no entiende el encono del gobierno contra su persona, seguía razonando amargamente: «Esto fue una operación para ponerme de enemigo. Yo les hice votar todas las leyes, les garanticé el quórum; yo fui votado por toda la Cámara, menos por Luis Zamora, que se abstuvo». Tenga o no razón, su salida de la presidencia de la Cámara ya no tiene que ver con favores, lealtades o consensos, es un hecho decidido.




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