Pocas ideas nuevas y hasta una autocrítica
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El trayecto que lleva desde el centro porteño hasta el MALBA, en Palermo Chico, apareció ayer con profusión de cartelería crítica hacia "Clarín". En ese museo se presentaba la biografía autorizada del CEO del monopolio, Héctor Magnetto.
Lo impuso el gobierno de la llamada Revolución Libertadora para impedir que en el futuro se recrease el sistema autoritario impuesto por el peronismo entre 1946 y 1955, que le dio al Estado todas las radios y la única TV mediante la cadena Alea, mientras que el gobierno dominaba una poderosa cadena de diarios mediante la empresa Alea en la que figuraba como accionista Eva Duarte de Perón.
Esa prohibición de las cadenas es una característica del sistema argentino que lo diferencia del resto del mundo y pretende amortiguar la manipulación de la sociedad a través de los medios audiovisuales. Este gobierno peronista de los Kirchner se compromete en este documento a perpetuar ese principio legislativo inspirado en el gobierno que derrocó a Juan Perón con el propósito de que no hubiera nuevos perones.
Menos alentadores son algunos propósitos enunciados en el documento: uno es el proyecto de que las prórrogas de licencias se hagan mediante audiencias públicas «vinculantes» que pueden llevar la metodología piqueteraa la asignación de frecuencias.Otro es que exista un períodode excepción que permita reparar «las necesidades de aquellos impedidos a acceder a una licencia por las exclusiones históricas de la Ley 22.285 y la administración arbitraria de las frecuencias por parte del Estado nacional». Leído así podría dar lugar a un jubileo de revisión de todas las licencias, un exceso promovido por un gobierno que, contra toda lógica y razón, extendió bajo el mandato de Néstor Kirchner las licencias a todos los medios audiovisuales. Nada gusta más a los autoritarios que los regímenes de excepción, que terminan muchas veces siendo un tiempo para las revanchas.
En el terreno de lo discutible está la promesa de una cuota de pantalla en medios para las películas nacionales. Ya existe esa norma para las salas y no se cumple porque ningún distribuidor quiere pasar films que el público rechaza. Ignora esa declaración también que en la Argentina los canales de TV son productores de películas y se aplican a sí mismos esa norma para sus productos, aprovechando la publicidad a costo cero que les permite ser licenciatarios de TV y radios. Para colmo, ya lograron los canales bajo el gobierno de Carlos Menem que parte del dinero de las multas que deben pagar al COMFER vaya a un fondo para producir películas, creando otra de las calesitas criollas que funcionan con dinero público en beneficio de particulares.
El remate es el absurdo de crear una «defensoría del público » de los medios con delegaciones en todo el país -seguramente pagada por el Estado- para recoger las quejas por lo que se emita
por radio y TV. Este nuevo observatorio habilita de nuevo la pregunta: ¿Quién defenderá alguna vez a los argentinos de esa nueva raza de los defensores públicos?




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