Por primera vez, PJ y UCR no pelean la Capital
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Mauricio Macri, desde el voto independiente, ensayó una captura singular de los fragmentos partidarios que salieron del bing-bang de 2001. Resistió los intentos de atracción de las estructuras tradicionales -radicales, peronistas, conservadores- pero terminó quedándose con candidatos de todos ellos. Ha tenido el tino de unificarlos a todos en una sola lista de diputados nacionales, que acompaña su postulación a jefe de Gobierno junto a Horacio Rodríguez Larreta (h), lo cual le asegura en cualquier resultado una mejor performance a la nómina que encabeza el radical ex ministro duhaldista Jorge Vanossi. El abanico de apoyos se amplía en cuatro listas de candidatos a legisladores porteños, elección para la cual no hay piso para entrar en el distribuidor del sistema D'Hont; es decir que permite que no quede ninguno de los candidatos de ese reparto proporcional.
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En las últimas horas, los cuarteles de Macri han rebosado de optimismo; se creen beneficiarios del efecto negativo de la crisis Scioli para la dupla Ibarra-Kirchner que Elisa Carrió interpretó como de un autoritarismo hegemónico que prometió combatir. Eso, creen, inclina el plano en su favor en las últimas horas y descartan la interpretación contraria que hace el gobierno, cuyos analistas dicen que esa crisis ha permitido instalar el eje ideológico en la campaña. La afirmación de la autoridad, entienden, beneficia siempre al gobierno y el gobierno es Ibarra. Los dos bandos coinciden en que las expresiones críticas de Carrió pesan mucho en el electorado porteño que lee que la lucha entre el bien y el mal la tiene a ella como única protagonista e intérprete, es decir, que es la única personalidad a la que se le permiten deslices antiinstitucionales como los que ha ensayado Kirchner con el ademán antiScioli.
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El principal escollo que encontró esta chance macrista es la agresividad del resto de los candidatos que se lanzaron con saña sobre su persona. Hasta anoche seguían las pegatinas con acusaciones de «contrabandista» o «Macri = Menem» que duraban pocos minutos sobre otros carteles de propaganda. La campaña sucia la explotó mucho Zamora, el filo de cuya lengua es indirectamente proporcional a su cercanía al poder. Nadie podrá nunca decir que Macri no ha empleado voluntad y argumentos para responder a las acusaciones. Tanto que suele bromear sobre el agotamiento de la imaginación de sus adversarios para el tiempo que viene. Esa andanada sucia tradujo un dictamen que profirió hace rato el propio Kirchner: «Macri no es un adversario político, es el enemigo estratégico». Aunque Macri diga que si gana va a apoyar a Kirchner -pese a que la primera marca es Ibarra-, el Presidente cree que detrás del empresario laten Ramón Puerta, Carlos Menem, Carlos Reutemann, Rubén Marín y un arco de adversarios.
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Prosperaron contraofensivas de menor efecto porque no pudieron salir de Internet sobre otros candidatos, como las atribuciones de un pasado masserista o de una propiedad en el partido de Vicente López del reeleccionista Ibarra. Por la vía positiva, Ibarra incurrió en la curiosa promesa de hacer obras que ha tenido tiempo y dinero para encarar en los últimos cuatro años. Explotó bien el predicamento que una mezcla de manierismo y morral les ha ganado a sus funcionarios en la patria cultural, donde Jorge Telerman ha podido replicar la fama que consiguió gracias al subsidio Pacho O'Donnell en los años '80. Es difícil a esta hora pesar el efecto de la insistencia de Macri en temas de gestión, su popularidad ganada en la administración de Boca Juniors y las dos elecciones clave de la última semana: 1) declararse arrepentido de haber apoyado a Menem en 1995, algo que no gustó entre menemistas pero tampoco en no menemistas; 2) eludir la nacionalización y la ideologización de la campaña. ¿Qué hubiera pasado si se hubiera resistido a sentarse junto a Hugo Chávez en la mesa de Mirtha Legrand o si hubiera apoyado a Scioli en su puja con Kirchner? Hay quienes creen que hubiera mejorado su perfil en el voto moderado.
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Ibarra forzó tanto la asociación con el gobierno que jugó fuerte en la interna del kirchnerismo: fue en la noche del cierre de listas cuando dejó afuera de las candidaturas a los dos delegados de Daniel Scioli (Alberto Pérez y Lucía Manfrán), furioso, además, porque el Presidente le quería imponer en su lista de diputados al biógrafo Miguel Bonasso.Admitió que este discípulo del llorado Pedro Olgo Ochoa en la materia «periodismo peronista» (compartieron despachos en los '70 en la Casa de Gobierno) colgase su candidatura a su nombre pero desde otra lista, distinta a la oficial de Claudio Lozano, montada en el partido Gesta que creó el diplomático Eduardo Valdés para Rafael Bielsa. Sumó una tercera lista con algunos radicales que tienen puestos en el gobierno, como la controladora Silvana Giúdice y que representan al sector alfonsinista de Gabriela González Gass y algo del gaunismo (de Octavio Gauna) donde figura el director del registro civil Félix Pelliza. La llaman la lista «Conservar la Fuente de Trabajo» y replica una alianza entre antidelarruistas y frepasistas que ha sobrevivido al naufragio aliancista.
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Esa alianza cree cumplir con estos objetivos de fondo: 1) que Kirchner tuviera su lista de candidatos a diputados propios, adonde han ido fondos oficiales de campaña con más generosidad que para el propio Ibarra; 2) Ibarra logró que Kirchner no interceptara su lista, con lo cual acorta las posibilidades de los candidatos de la Casa de Gobierno. «Me conviene que a Néstor le vaya bien, pero no tan bien», suele repetir Aníbal cuando explica que él también tiene un proyecto presidencial; 3) poner a disposición de la fórmula Ibarra-Telerman el aparato del radicalismo de la Capital que ya logró capturar el jefe de Gobierno desde su administración. Ha sido la red política más eficaz del distrito del último medio siglo y quedó huérfano con el colapso delarruista; 4) conservar todo lo posible la relación con la declinante Elisa Carrió, que puso gente en sus listas y fue quien condicionó apoyos a que Bonasso no fuera candidato «autorizado».
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Tanto internismo suma hacia arriba para Ibarra pero debilita el proyecto de agregar diputados. Ir con muchas listas del mismo palo, sumado a la fragmentación partidaria actual, dispersa los votos. Un ejemplo para que se entienda: en 1999, la fórmula de Eduardo Duhalde presidente logró 23% de los votos, pero sus diputados se dispersaron en cuatro listas y eso posibilitó que ingresase apenas un solo diputado (Miguel Angel Toma). Pocos años antes, el triunfo de Antonio Erman González en la elección de diputados de 1993 había sido por 33% (10 puntos más) pero por llevar una sola lista le permitió al PJ ingresar nada menos que 5 diputados.
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Como Ibarra, Macri ya dedica sus esfuerzos a imagina esa otra elección que es siempre un ballottage. Siguió en el último tramo de campaña los consejos del mismo «coach» que entrenó a De la Rúa, el estadounidense Dick Morris. Este asesor, que lo fue también de Vicente Fox en México, estuvo hace dos semanas en Buenos Aires, autorizó dos cortos sobre seguridad y aconsejó no debatir, punto en que Macri no le hizo caso. Morris tiene el compromiso de estar la semana que viene de nuevo en Buenos Aires para plantear la estrategia del ballottage. Ibarra, por su lado, intensifica con el mismo propósito las conversaciones privadas con Chacho Alvarez y escucha ofertas de los asesores chilenos que entrenaron a Ricardo Lagos en su ballottage contra Joaquín Lavín. Fue uno de los resultados de la visita esta semana del número dos del partido Socialista de Chile, Jaime Gazmuri, que se entrevistó con ChachoAlvarez, Cristina Fernández de Kirchner, EduardoValdés yAlberto Fernández, entre otros.
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Difícil que los demás candidatos se vean de cara al domingo haciendo un gasto testimonial, pero se inflan para un eventual ballottage. Bullrich ha castigado tanto a Macri que proyecta más ambigüedad sobre su conducta en una segunda vuelta: como ex peronista, entiende que la política es un pez que sólo vive en las aguas del gobierno (fue la 3ª diputada en aquella lista de Erman González hace 10 años). Por eso, ha mezclado su campaña por la Jefatura de Gobierno de recuerdos de cómo enfrentó con De la Rúa a los «gordos» sindicales con gestos de amistad hacia Gustavo Béliz y rozamientos con Ibarra que, según algunos, adelantan algún apoyo en la segunda vuelta.
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El radical Cristian Caram es un tema para un teleteatro. Se quedó dentro de la jaula de la UCR gritando «que se vayan todos», quebró una próspera relación con Ibarra, con quien se enojó porque prefirió irse con Kirchner.Termina además abrazado a los espadones de la vieja política a quienes les había prometido el infierno, pero que son el recurso para que su partido siga existiendo. Hoy lo apoyan Enrique Nosigilia, Rafael Pascual, «Quique» Benedetti, José Canata, José García Arecha, Roberto Larrosa, un seleccionado de veteranos que sueñan con la vuelta resignados a mover en favor de «este muchacho» que ha perdido la llave del candado.Todos ellos aseguran un apoyo para Macri en el ballottage pero lamentan ser protagonista de una elección que los ha sacado de la cancha luego de tocar el cielo con las manos.
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Más aire tiene Zamora, que también pidió «que se vayan todos» pero encontró el atajo para quedarse y con manías de político viejo, como poner a sus familiares de candidatos. Libérrimo a la hora de expresarse, intentó volver al centro del escenario de que no era cierto que se puede tener poder sin ocupar el gobierno, al menos cuando se apagan las cámaras de TV. Huésped consuetudinario de los canales abiertos y de cable, camina como una caricatura de sí mismo pero le puede pelear votos por izquierda a Ibarra en la primera vuelta. Eso explica que lo elogiase como contendiente. Tiene que agotar esa fuerza el domingo porque el voto que logre en las urnas tiene un destino en el ballottage (Ibarra) que está más allá de su dominio porque tampoco ha tenido el ingenio de ser consecuente con lo que vendió con su retorno a la política, que pudo traducir esta vez con un llamado a la abstención.




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